Son las tres y pico de la tarde y
dejo con mucho gusto a mi bicicleta colgada del techo. El Garmin me dice que he
estado seis horas y 20 minutos sentado en un pequeño triángulo negro. El culo
no me duele ¡menos mal! pero no hay que preocuparse: las manos, los hombros y
el muslo derecho están duros como la piedra.
Todas las mañanas cuando inicio
la marcha del día, me pregunto cómo llegaré unas horas más tarde; por más que
advierta que mi estado de forma comienza a ser bastante presentable, no es
bueno creérselo demasiado y prefiero ser prudente, así, si llego como hoy,
contento, la alegría es múltiple.
Mientras veo los últimos
kilómetros de la etapa del “Giro de Italia”, mi mente se escapa continuamente a
nuestra etapa personal del día y por
mi cerebro danzan las imágenes de Gilbert, Contador, Carlos, Landa, Karlos,
Hesjedal, Ricardo, Ignacio, el Astana, el Cannondale, las azafatas, el maillot
rosa, las Wilier, la HaiBike, la Cannondale… un verdadero batiburrillo de idas
y venidas maravilloso.
Ellos han tenido una etapa corta
de apenas 170 kilómetros y nosotros otra larga de 160. No es comparable una
cosa con la otra, de ahí la disparidad de adjetivar a una más corta como larga
y a la otra más larga como corta. Ellos son profesionales del ciclismo y a
nosotros nos gusta el ciclismo. En el “Giro” son los reyes de la carretera y en
nuestras marchas somos los estorbos de los automovilistas. Por mucho que el
código de circulación nos permita ir de dos en dos, siempre iremos lamiendo la
parte más desechable de la calzada: la que está llena de gravilla y de
cristalitos que, después de algún accidente automovilístico, la lluvia habrá
ido arrinconando hacia el lugar que la gravedad les señale, el nuestro.
Hemos llegado a Alsasua después
de dejar atrás La Barranca con sus petachos de brea mal tirada, sin apisonar, y
con el viento en la cara. Lo siento, a partir de aquí ninguno de nosotros somos
expertos en dirigirnos hacia Cegama y tenemos que preguntar. Apenas estorbamos
a alguien, casi solos hemos llegado al Alto de Otzaurte y nos hemos enterado de
que lo verdaderamente interesante estaba en la otra vertiente, en la de la
comarca del Goierri. He sentido una inmensa alegría cuando lo he bajado ¡Mucho
más veloz, oye! Segura, Idiazábal, Olaberría y Ataun. Almuerzo en el mismo bar
que hace 15 días y el pueblo más largo de Guipuzcoa nos ha llevado hasta la
misma base del Puerto de Lizarrusti. Se trata de una amable subida de seis
kilómetros de longitud; apenas tiene rectas, se zigzaguea debajo del túnel
verde y se sospecha que por encima de los árboles hace sol.
Desde la muga con Navarra hasta
casa tenemos que dar cuenta de 55 kilómetros. Recuerdo que hace unas horas el
viento era un pelmazo y espero que ahora sea nuestro amigo. El pedaleo lo hacemos fácil y es que las ganas de terminar
con todo esto, sospecho que nos pone alas. No, no tomamos Red Bull, sólo tortilla y algo de agua con polvos de limón.
Seguimos con nuestra labor de
aproximación subiendo a Urrizola y copiando a holandeses, belgas, británicos y
a toda la Centroeuropa que se tercie, subimos por San Jorge.
¡Qué pena no ser un ciclista espigado,
alto, moreno y tal y tal! Llevar detrás a 50 automóviles repletos de bicicletas
de repuesto con sus directores, mecánicos, masajistas, los del Jurado Técnico,
etc. sentir el aplauso de los tifosi, arrojarles
los bidones que estorban y llegar a la meta sudoroso para recibir el beso de
las jamelgas y regar con champagne a tutto il mondo. ¡Qué pena!
Nosotros seguimos como siempre:
disputando el sitio a los currelas de los polígonos que entran a trabajar;
colándonos por las rendijas hacia los semáforos; midiendo mentalmente la
distancia que el coche rojo ha dejado entre la puerta del copiloto y mi pierna
izquierda y, al esperar al ascensor, ceder muy gustoso la plaza a la vecina que
viene cargada con las bolsas de la compra después de haber trabajado en la
oficina.
Sí, estoy contento.
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