jueves, 30 de enero de 2014

La temporada invernal es así!



Los más avispados del grupo “chimeneas” me advirtieron de que no era aconsejable hacerse ilusiones para hoy. Habían investigado en las más precisas aplicaciones meteorológicas y el vaticinio coincidía: “jueves, 30 de enero de 2014, día muito chungo”.


Tal vez por la experiencia de estos últimos días, me resistí a hacerles caso y pensé:


 -“no importa que estéis tiritando, eso es debido al frío de la tarde. Seguro que mañana entraremos por el hueco de la buena suerte y, pisando charcos, acabaremos apuntándonos 3 horas de apretada musculatura ¡cenizos!”-


No, no ha podido ser. Ha sido lo más parecido a jugar al Euromillones;  lo mejor de los juegos de azar consiste en soñar y, puestos a soñar, haciéndolo a lo grande. El resultado del sorteo de hoy ha sido cruel para los ilusos que pensábamos en fruncir el ceño por el blanco del Puerto de Erro o zigzaguear por las curvas del Valle de Imoz. ¡Nada! 


Tampoco hay que llorar si no se puede manchar la bicicleta, hay otras oportunidades para tirar por la borda los kilos que nos sobran. Vuelta a la ropa de andarín; no conviene el paraguas, mejor una gorra y a la p..ta calle.




Han sido dos horas de paseo por el pueblo sin salir a extramuros: Vuelta del Castillo, Vista Bella, Casco Viejo, desayuno en la calle Curia y nueva visita al verde de enfrente de mi casa. Andar por estos lugares me reconforta; es lo que he conocido desde siempre cuando los barrios de Pamplona eran huertas o meros atisbos de lo que vendría mucho después. Pues sí, no me he atrevido a pisar Landaben, San Jorge, La Rocha, ni la Magdalena, tampoco he tenido ganas de visitar Erripagaina, ni mucho menos Burlada, Villava o Huarte; hoy me he quedado arriba, donde se podía ver todo eso y algo más.



Seguiré insistiendo con las cosas del azar y tal vez la suerte nos deje algo, tampoco pido mucho, parafraseando una canción de Aute me conformo con dos o tres segundos (horas) de ternura.


Hasta pronto. Bs.

domingo, 26 de enero de 2014

¡Madelmanes! ¿Cuál es vuestro oficio?



Ha sonado el despertador y no tenía pinta de ser la hora que decía. La negrura era total y las esperanzas de andar en bicicleta escasas. A tientas he preparado el desayuno y, mientras ojeaba el periódico, he dejado que amaneciese. 

Al otro lado de San Cristóbal estoy seguro de que había llegado el mar Cantábrico. Desde la terraza se veía una cortina de nubes y nada más. Seguía la noche y la idea de la bicicleta estaba a la altura del suelo.

Cuando el panorama es así de negro suele ocurrir que decida dejarlo para mejor ocasión y, al tiempo, siempre me encuentro con alguno del grupo que me dice -“No nos hemos mojado nada, un poco en Campanas, nada más”- Esto me jode cantidad, así que he decidido comprobar si sería verdad o no lo que me dijera el susocicho y… ha tenido razón: no nos hemos mojado por fuera, todo ha sido por dentro. 

En la autoescuela poco a poco se ha ido formando un pelotón bastante numeroso y variado. La juventud estaba representada por el equipo del Lizarte” hasta que, subiendo paulatinos escalones, nos encontrábamos con los veteranos del club, gente que mañana cumplirá años y que llevan mucho tiempo haciéndolo.

A la vista de los acontecimientos  he decidido adoptar la postura del “aislamiento del resto del mundo", seguir la rueda del que llevo delante y, con la mirada puesta en el Carrascal, pensar en lo mal que lo iba a pasar en la de Muruarte de Reta. ¿Mal? ¡Sí!, pero la he pasado. En estos tiempos de pretemporada no tengo más que dudas, así que la próxima la he situado en el Alto de la Txapela. Algunos han puesto las suyas en la bajada de la cuestecilla y es que la velocidad, el curveo de la carretera y el recuerdo de alguna caída, hace que más de uno tome sus precauciones.

Camino de Artajona, escondido en el pelotón, tenía la impresión de que la velocidad no era alta y que los alardes anteriores habían aplacado un tanto al movimiento juvenil. Antes de alcanzar Mendigorría hemos pasado por un bache del tamaño XXXL y alguno ha pinchado en el intento; otros sólo lo han sentido en sus cubiertas mientras cerraban los ojos y encogían los hombros rogando: -“No, por favor, no, no pinches cabrona”-. En la confusión se han perdido teléfonos móviles, mi GARMIN se ha querido escapar de la potencia y el pelotón… partío en pedazos.

Hacía tiempo que no tomaba café en la pastelería de Puente, hemos aprovechado la ausencia de “alguien” y vuelta para casa.

En cuanto me he montado en la bici las sensaciones han sido nefastas: dolor en la parte trasera del muslo izquierdo y más dolor en la rodilla derecha, justo en donde termina la rótula y comienza el músculo. Conversando con el “Cárnicas” me he distraído de mis molestias y ya no han vuelto a aparecer hasta la cuesta de acceso al Carrascal. Me han esperado Luis (Garde) y Javi (Cabestrero) y con la ayuda posterior del “Lizarte” en pleno, hemos terminado de alcanzar al pelotón. Ignacio ¡serdo! Se notaba que tenías ganas de dejarnos atrás cuando el Canal estaba a la derecha. A todo serdo le llega su San Martín, no desesperes, ya caerás.

Esto ha sido todo por hoy. No me arrepiento de haber salido con la Rossin. Los 95 kilómetros de la marcha me han pasado factura, me duelen las piernas, ¡las siento! pero, de hoy en adelante, sólo cabe ir mejorando.

Hasta pronto. Bs.

viernes, 24 de enero de 2014

He cambiado de actividad, me voy al gimnasio


Aquí sigo, me imagino que como la mayoría salimos un día, descansamos dos y volvemos a mal andar al siguiente. Las bicicletas están colgadas del techo y hace tiempo que he desistido de limpiarlas. En otra ocasión hablaremos de la capacidad de ensuciarse que tienen estos aparatos en días de lluvia o, como recientemente, con la humedad reinante. No queda una rendija sin porquería variada; en otro orden de cosas lo compararía a los automóviles cuando los sumergen en pintura en sus fábricas y el cubrimiento es total.


Suelen decir que  -“el que no tiene otro quehacer con el culo caza moscas”- así que, entre la oferta para matar al “moniko” que presenta mi pueblo, me he inclinado por patear el Paseo Fluvial del Río Arga, el del Ultzama y el del Elorz ¡todos, no ha quedado ni uno sin tocar!


También hay otro que dice que -“no sólo de pan vive el hombre”- y tiene razón: no se puede estar todo el santo día marchando al ritmo musical que marque el iPad, hay que diversificar y  la oferta del gimnasio resulta atrayente y hoy he decidido ponerme a cubierto, dejar el paraguas y vestirme de boludo (lo digo por lo de las bolas, no por otra cosa).


Al abrir la puerta me ha venido a recibir cierto olor a… ácido ribonucleico o como se diga el olor a sudado: ¡jodé, qué tufo a sobaco y a otras cosas! Es como si fueras a rueda de un maromo que no se hubiera cambiado de maillot en una semana y fuera acumulando sudor tras sudor diariamente. Menos mal que enseguida me he habituado al lugar y hasta he contribuido sin rubor al ambiente: ¡ya era uno más del grupo!


El gimnasio tiene una cosa mala: por mucho que te muevas siempre estás en el mismo sitio. Da lo mismo que te subas a una bicicleta estática o que remes sin descanso. ¡No hay manera! A tu lado siempre estará la misma columna o el sudoroso compañero de turno. Además, parece ser que, entre aparato y aparato, siempre hay que andar: lo que más se hace es andar con cara de persona interesante, seria, concentrada, buscando otro aparato que termine de modelar la figura escultural o hercúlea que Dios te haya dado. Todos, más tarde o más temprano, acabaremos andando de aquí para allá pensando en qué cojones me subo, me estiro, me corro, me remo, me sudo… me voy.


Si alguno de vosotros no es un habitual de estos lugares, me gustaría comentar que los gimnasios de “por aquí” no son como los que acostumbran a aparecer en las películas norteamericanas frecuentados por personas rubias, altas y guapas ¡eso es mentira, no existe! ¡Ah, que conste que cuando me refiero a las personas empleo el género neutro! No hago como cierto político vasco que diferenciaba a los vascos de las vascas haciendo el discurso largo y pelma. Por cierto, reconozco que creó escuela, equivocada pero creó escuela. A lo que iba, cuando digo personas me refiero a las de uno u otro sexo, es decir a todos los que destilaban sudor. Me he confirmado en la idea de que, quitados dos o tres boludos, lo mejor es taparse cuanto más mejor y no enseñar semejantes despojos.

Me piro, hasta pronto. Bs.



jueves, 23 de enero de 2014

He cambiado de actividad, voy al gimnasio

Aquí sigo, me imagino que como la mayoría salimos un día, descansamos dos y volvemos a mal andar al siguiente. Las bicicletas están colgadas del techo y hace tiempo que he desistido de limpiarlas. En otra ocasión hablaremos de la capacidad de ensuciarse que tienen estos aparatos en días de lluvia o, como recientemente, con la humedad reinante. No queda una rendija sin porquería variada; en otro orden de cosas lo compararía a los automóviles cuando los sumergen en pintura en sus fábricas y el cubrimiento es total.

Suelen decir que  -“el que no tiene otro quehacer con el culo caza moscas”- así que, entre la oferta para matar al “moniko” que presenta mi pueblo, me he inclinado por patear el Paseo Fluvial del Río Arga, el del Ultzama y el del Elorz ¡todos, no ha quedado ni uno sin tocar!

También hay otro que dice que -“no sólo de pan vive el hombre”- y tiene razón: no se puede estar todo el santo día marchando al ritmo musical que marque el iPad, hay que diversificar y  la oferta del gimnasio resulta atrayente y hoy he decidido ponerme a cubierto, dejar el paraguas y vestirme de boludo (lo digo por lo de las bolas, no por otra cosa).

Al abrir la puerta me ha venido a recibir cierto olor a… ácido ribonucleico o como se diga el olor a sudado: ¡jodé, qué tufo a sobaco y a otras cosas! Es como si fueras a rueda de un maromo que no se hubiera cambiado de maillot en una semana y fuera acumulando sudor tras sudor diariamente. Menos mal que enseguida me he habituado al lugar y hasta he contribuido sin rubor al ambiente: ¡ya era uno más del grupo!

El gimnasio tiene una cosa mala: por mucho que te muevas siempre estás en el mismo sitio. Da lo mismo que te subas a una bicicleta estática o que remes sin descanso. ¡No hay manera! A tu lado siempre estará la misma columna o el sudoroso compañero de turno. Además, parece ser que, entre aparato y aparato, siempre hay que andar: lo que más se hace es andar con cara de persona interesante, seria, concentrada, buscando otro aparato que termine de modelar la figura escultural o hercúlea que Dios te haya dado. Todos, más tarde o más temprano, acabaremos andando de aquí para allá pensando en qué cojones me subo, me estiro, me corro, me remo, me sudo… me voy.

Si alguno de vosotros no es un habitual de estos lugares, me gustaría comentar que los gimnasios de “por aquí” no son como los que acostumbran a aparecer en las películas norteamericanas frecuentados por personas rubias, altas y guapas ¡eso es mentira, no existe! ¡Ah, que conste que cuando me refiero a las personas empleo el género neutro! No hago como cierto político vasco que diferenciaba a los vascos de las vascas haciendo el discurso largo y pelma. Por cierto, reconozco que creó escuela, equivocada pero creó escuela. A lo que iba, cuando digo personas me refiero a las de uno u otro sexo, es decir a todos los que destilaban sudor. Me he confirmado en la idea de que, quitados dos o tres boludos, lo mejor es taparse cuanto más mejor y no enseñar semejantes despojos.

Me piro, hasta pronto. Bs.

domingo, 12 de enero de 2014

Obviando el día de invierno


Está visto que el frío es algo subjetivo y relativo. Cada uno de nosotros tenemos una visión particular del asunto y lo que para unos es un “frío de cojones” para otros “no es para tanto”. Luego, ya metidos en harina, cuando se lleva una temporada soportando temperaturas por debajo de 0º grados, cualquier día que amanece por encima de los 5º decimos que “hase caló por la carretera”.

Bien, a lo que iba. El termómetro señalaba 7 grados positivos, el cielo grisáceo y la niebla asomando por los límites del pueblo. Ante esto ¿qué diríamos para definir el día que nos ha tocado en suerte? Yo, a riesgo de quedar con el culo al aire, digo que hacía frío, que todos íbamos forrados hasta las cejas, que daba mucha pereza moverse y que el suelo de la carretera  había tomado la apariencia del típico color de los sobacos de los grillos: negro brillante.

Cuando todas estas cuestiones se juntan, tiendo a adoptar la postura del “ovillo” y espero a que, poco a poco, la respiración se normalice, los gallos galleen, las cuestas se terminen y que de lo que menos me acuerde es del frío que estoy pasando. No hace falta mirar a la cara para saber quién está en el lado derecho, a quién pertenece esa bici negra que adelanta por la izquierda o quién es ese “maromo” que necesita más espacio que el resto de “jichos” y que llevas delante de tu rueda delantera. Tampoco es necesario echar mano del GPS para determinar la situación exacta del pelotón; todos sabemos cuánto nos falta para acabar este repecho y si el próximo lo subiremos decentemente.

El camino de aproximación a Izagaondoa se ha cubierto con todos los ingredientes que acabo de exponer y en la subida a Artaiz se ha visto lo que resulta normal en todas las carreras de profesionales: a unos les parece insuficiente el ritmo de carrera y otros opinan que, a estas alturas de la temporada, no es bueno atosigar a los bronquios con respiraciones alocadas, por lo que resulta conveniente y hasta imprescindible tener a mano(*) una solución para dar respuesta a tanto loco que anda suelto(*).

El segundo grupo también ha llegado a Lumbier y, a partir de entonces, ha empezado el día de descanso para Ignacio y para mí. Hemos subido Loiti contándonos nuestras aventuras. Las rotondas, lugar fatídico para tantos profesionales de la medicina, las hemos solucionado con una mano en el manillar y la otra acariciando las costuras del Attaque. Por lo demás, la antigua carretera de Sangüesa se ha convertido en el refugio preferido para un gran número de ciclistas y, sobretodo, para patinadores. Me asombra ver la velocidad que alcanzan y con aparente poco trabajo ¡una maravilla!

Así, sin esfuerzo, hemos llegado a casa con el tiempo suficiente para tomarnos un café en Esquíroz y repasar todo y más.

Hasta pronto. Bs.

 

(*) Tomado prestado a J.M. Serrat.

 

martes, 7 de enero de 2014

Redimiendo nuestros pecados de gula.


Por fin han quedado atrás las fiestas de Navidad. Todos los acontecimientos que puedan suceder durante estas fechas tienen un antes o un después alrededor de una mesa. En “Noche Buena” nos movilizamos para reunirnos en grupo familiar y cenar mucho más de lo que nos conviene y estamos acostumbrados. La modorra del día de Navidad se despeja con la continuación de la cena anterior, aderezada con nuevos productos culinarios.

Contamos con una semana para arrepentirnos de nuestros pecados calificados de gula y comienza la conciencia a mortificarnos con el martilleo de los kilos que hemos cogido sin apenas mover un dedo. ¡Hay que joderse! ¡Cuánto cuesta dejar uno por las cunetas y qué fácil echas a la mochila tres o cuatro, sin despeinarse, mirando al tendido como “El Litri”!

Enseguida llega la “Noche Vieja” y vamos a ver la carrera de San Silvestre para descargar nuestras conciencias. Parece como si el ejercicio que hacen los “otros” sirviera para practicar nosotros atletismo. Otra noche plena de alimentos preparados en una mesa espectacular y cargados de colesterol. El día de “Año Nuevo” se alía con un tiempo invernal y hace imposible practicar nuestro deporte, por lo que cualquier excusa es buena para quedarse más tiempo en la cama y descansar hasta que te das cuenta de que se acerca la hora de acudir a la invitación anual de comer en casa de los sobrinos. En esta casa se come como Dios manda: entremeses, consomé, primeros, segundos y, si te atreves, terceros, postres, cafés, licores… ¡No puedo más, me retiro!
 

¡Ánimo chaval! Aún te queda el último sprint; a lo lejos se divisa el día de los “Reyes Magos” que, seguro, algo traerán. ¡Come maldito, come y calla!



Pese a todo lo anterior, el mono disfrazado de King Kong todavía no ha terminado de despertar de su letargo invernal. No siente la necesidad de destrozar todo lo que encuentre a su paso camino de las primeras vueltas del año nuevo. Por otra parte entiendo que es conveniente que se vaya “moviendo” y saque a relucir su potencial, así que hoy el “Dúo Dinámico” aprovechando el día primaveral que se ha colado sin que nadie se diera cuenta, se ha vuelto a reunir en Cizur con sus bicicletas de monte retocadas con un cierto aire “carreteril”.



En alguna otra ocasión he comentado que el deporte del ciclismo es muy “suyo”, un tanto quisquilloso, le gusta ser protagonista de las películas y no compartir cartel con ninguna otra actividad, eso lo lleva muy mal. ¡Sí! Hoy tenía un poco de miedo con mi reencuentro pues sabía de todas sus triquiñuelas. En los repechos la respiración se alborota y yo me llego a apurar. Sé que se trata de las primeras andanadas que te manda el susodicho como represalia por el olvido al que le has sometido, así que lo mejor es no hacerle caso y aflojar el paso. El puerto del Perdón se soluciona fijándote en las grietas de la vieja carretera y, sin poder “coger pedales”, se alcanza Puente para tomar un mísero café con leche como redención de los pecados navideños.

Decidimos volver por Artazu y atacamos la segunda cuesta del día. Luego llegará la tercera y los de Arraiza y Ubani no nos harán mucho caso cuando pasemos escapados de nosotros mismos. Subiremos por el Campus de la Universidad y, al llegar al trastero, el GARMIN señalará unos paupérrimos 63 kilómetros. Ya sé que parecen pocos, pero me han hecho trajinar como si fueran el doble y es que, por mucho que customices la bici de monte, sigue siendo eso, de monte, no de carretera.

El mono sigue con su siesta diaria y ¡yo haciendo planes para mañana! veremos.

Hasta pronto. Bs.