Por fin han quedado atrás las
fiestas de Navidad. Todos los acontecimientos que puedan suceder durante estas
fechas tienen un antes o un después alrededor de una mesa. En “Noche Buena” nos
movilizamos para reunirnos en grupo familiar y cenar mucho más de lo que nos
conviene y estamos acostumbrados. La modorra del día de Navidad se despeja con
la continuación de la cena anterior, aderezada con nuevos productos culinarios.
Contamos con una semana para
arrepentirnos de nuestros pecados calificados de gula y comienza la conciencia
a mortificarnos con el martilleo de los kilos que hemos cogido sin apenas mover
un dedo. ¡Hay que joderse! ¡Cuánto cuesta dejar uno por las cunetas y qué fácil
echas a la mochila tres o cuatro, sin despeinarse, mirando al tendido como “El
Litri”!
Enseguida llega la “Noche Vieja”
y vamos a ver la carrera de San Silvestre para descargar nuestras
conciencias. Parece como si el ejercicio que hacen los “otros” sirviera para
practicar nosotros atletismo. Otra noche plena de alimentos preparados en una
mesa espectacular y cargados de colesterol. El día de “Año Nuevo” se alía con
un tiempo invernal y hace imposible practicar nuestro deporte, por lo que
cualquier excusa es buena para quedarse más tiempo en la cama y descansar hasta
que te das cuenta de que se acerca la hora de acudir a la invitación anual de
comer en casa de los sobrinos. En esta casa se come como Dios manda:
entremeses, consomé, primeros, segundos y, si te atreves, terceros, postres,
cafés, licores… ¡No puedo más, me retiro!
¡Ánimo chaval! Aún te queda el
último sprint; a lo lejos se divisa el día de los “Reyes Magos” que, seguro,
algo traerán. ¡Come maldito, come y calla!
Pese a todo lo anterior, el mono
disfrazado de King Kong todavía no
ha terminado de despertar de su letargo invernal. No siente la necesidad de
destrozar todo lo que encuentre a su paso camino de las primeras vueltas del
año nuevo. Por otra parte entiendo que es conveniente que se vaya “moviendo” y
saque a relucir su potencial, así que hoy el “Dúo Dinámico” aprovechando el día
primaveral que se ha colado sin que nadie se diera cuenta, se ha vuelto a
reunir en Cizur con sus bicicletas de monte retocadas con un cierto aire
“carreteril”.
En alguna otra ocasión he
comentado que el deporte del ciclismo es muy “suyo”, un tanto quisquilloso, le
gusta ser protagonista de las películas y no compartir cartel con ninguna otra
actividad, eso lo lleva muy mal. ¡Sí! Hoy tenía un poco de miedo con mi
reencuentro pues sabía de todas sus triquiñuelas. En los repechos la respiración
se alborota y yo me llego a apurar. Sé que se trata de las primeras andanadas
que te manda el susodicho como represalia por el olvido al que le has sometido,
así que lo mejor es no hacerle caso y aflojar el paso. El puerto del Perdón se
soluciona fijándote en las grietas de la vieja carretera y, sin poder “coger
pedales”, se alcanza Puente para tomar un mísero café con leche como redención
de los pecados navideños.
Decidimos volver por Artazu y
atacamos la segunda cuesta del día. Luego llegará la tercera y los de Arraiza y
Ubani no nos harán mucho caso cuando pasemos escapados de nosotros mismos.
Subiremos por el Campus de la Universidad y, al llegar al trastero, el GARMIN
señalará unos paupérrimos 63 kilómetros. Ya sé que parecen pocos, pero me han
hecho trajinar como si fueran el doble y es que, por mucho que customices la
bici de monte, sigue siendo eso, de monte, no de carretera.
El mono sigue con su siesta
diaria y ¡yo haciendo planes para mañana! veremos.
Hasta pronto. Bs.
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