viernes, 24 de junio de 2016

Vuelta ciclista a la Montaña



¿Cuántas veces habré dado la Vuelta a la Montaña? No lo sé, muchas. Esta ruta que, en otros tiempos, imponía respeto a sus visitantes, poco a poco fue perdiendo su status de marcha importante y ahora le han colgado el rango de “poco más que la Vuelta a Ultzama”.  


En esta tierra que nos ha tocado vivir, no existen términos medios: tal vez hoy nos azote el viento o el frío nos paralice el gesto y nos impida el habla; igual todo lo contrario y el calor inmisericorde nos hinche las venas mientras las gotas de sudor esquiven la punta de las zapatillas. Esto último es lo que ahora se lleva por aquí sin apenas transición. ¡Qué horror!


Dicen los expertos que, con el viento sur, esta vuelta venida a menos hay que encararla por Erro y, en Espinal, parar a tomar un café. Pues no, pese a la bronca de Juanjo, la hemos iniciado por donde casi siempre: Aoiz. 


Ya tenemos aquí, en la cara, en el cuerpo entero a nuestro querido acompañante de los últimos tiempos: el viento caliente del sur. Al principio estaba escondido, no ordenaba moverse a los chopos ni a los trigos. Cuando ha creído conveniente aparecer, cuando ha sentido que estábamos metidos en la “encerrona”, entonces, ha llegado nuestro arrepentimiento de no haber hecho caso a los expertos, esos que nunca fallan, esos que están esperando para decir: ¿Ves? ¡Ya lo decía yo!


Bueno, ¿¡qué vamos a hacer!? Aguanta, Víctor, y sube la cuesta de Ecay que ya has dejado atrás no sé cuántas. Enseguida estábamos camino del primer túnel. ¡No! Esta vez no quiero decir cuánto odio este repecho de diseño moderno adaptado a los automóviles; es que, cuando salvas la rotonda, se adivina una interminable recta sin referencia alguna, bueno sí, hay una inalcanzable referencia: la boca del túnel. No importa cuántas pedaladas des: ¿cien, doscientas, tal vez más? El túnel habrá copiado la estrategia del Arco Iris y esquivará, hasta que se canse, nuestra llegada.


Hace unos pocos años la ruta era otra: se atravesaba el pueblo de Aoiz y jugábamos a ciclistas de los buenos subiendo una cuesta de dos kilómetros camino de la que, años más tarde, sería la pared de la presa del pantano de Itoiz.


Dejémonos de nostalgias y vayamos a la realidad. El río Urrobi sigue donde siempre, en su sitio; ahora lo alcanzamos por otro lado pero él no se ha movido. El Garmin apenas señala porcentajes superiores al 1, 2 ó 3 por ciento y hace un rato que hemos dejado atrás el mojón del kilómetro 16. Así seguiremos, con alguna incursión en momentos más comprometidos, hasta que, próximos a arrojar la toalla después de abusar del plato grande, alcanzamos el kilómetro 30 justo en el Camping.


Pocos pueblos habrá en Navarra más cuidados como Espinal. La estrecha carretera general, con casas adornadas hasta el insulto, está acostumbrada a ver nuestra cara de bobos admirando su sencilla arquitectura. Por el lado norte el Puerto de Mezquíriz no puntúa y sirve para coger impulso en la bajada. Cruce de Sorogain, Viscarret, Linzoain… llenos de peregrinaje hacia Santiago. Si no fuera porque me gusta tanto la bicicleta, a gusto me cambiaría por cualquiera de vosotros.



Yo creía que me tocaba subir otra vez el Puerto de Erro, pero ¡no! alguien propuso otra cosa y toca visitar Urroz. El viento no ha cesado en toda la mañana, viene de abajo y nosotros vamos hacia ahí, así que gozamos cuando giramos hacia la derecha camino del pueblo, de Pamplona. 


Entre una cosa y otra, estoy en casa. El Garmin ha ido sumando a lo largo de la mañana y el resultado ha dado la cifra de 105 kilómetros. Esta vuelta no ha tenido nada que ver con la que hayamos podido hacer uno o dos meses atrás. Entonces iríamos vestidos con ropa de invierno, ahora de rabioso verano. Entonces buscando, sin éxito, algún rayo de sol, hoy huyendo de él y bendiciendo la sombra protectora del Urrobi. El caso es que, la vueltita de la Montaña, pese a quien le pese, sigue siendo un camino serio, con sus apestosos repechos camino de los túneles, el frío o el calor acechantes, los 14 kilómetros siempre “cara p’arriba” a la vera del Urrobi, la elegante bajada del puerto de Mezquíriz y los puntos prestos al alarde en cualquiera de sus alternativas.


Me encanta esta vuelta y ahora no sabría decir en cuál de sus vertientes me gusta más: si en la de verano o en la de invierno ¿Tal vez en la de invierno? ¿Seré capaz de decir lo mismo cuando el invierno haya llegado? ¡Yo qué sé!


Hasta pronto. Bs.