Ya está aquí. Desde hace una
semana está dándome la murga. El chaval está creciendo y, como todos los años,
se hace “grande” a ojos vista.
Por si alguien no se ha dado cuenta,
estoy hablando de un mono: de King-Kong. ¡Sí! Coincidiendo con el mal tiempo perpetuo del
invierno de mi pueblo, y pese a las escapadas al Paseo Fluvial y al gimnasio, mi primate favorito engorda todos los días un plátano, por lo menos, y
se convierte en un auténtico pelmazo. Así que, ante el menor atisbo de sol o
algo por el estilo, hoy he sacado a pasear al moniko.
La vuelta ciclista que hemos dado
no tiene nada de particular. Ya se sabe: Urroz, Campanas, Puente, Artazu, las
bodegas de Otazu y hemos llegado a casa pasando por Cizur. La clásica vuelta de
95 kilómetros escapando de las amenazantes nubes y con el viento por compañero.
Nada de particular. Como dice el amigo Ignacio, se trata de ir cogiendo
“volumen”, de congraciarse con el sillín, de acostumbrar a las muñecas a no
quejarse después de agarrar el manillar durante cuatro horas y tal y tal.
Lo verdaderamente importante de
la tourné ha sido que, después de los
16 años desde su compra, hoy he vuelto a estrenar mi bicicleta Rossin.
Con el paso del tiempo la pobre había quedado un tanto arrinconada; ya
se sabe, las modas cambian y las compañías son nefastas pues, día tras día, se empeñan en tenerte al corriente
de todas las novedades del mercado ciclista y eso termina siendo una tentación
en la que, tarde o temprano, caes sin remedio.
El caso es que apenas he
utilizado estos últimos años mi bicicleta blanca con motivos en color rojo sobre
el fondo negro de ruedas y manillar; sólo la he usado en alguna que otra salida
ciclista para salvaguardar la Look y la HaiBike. Había pensado en
regalarla a alguna ONG o ¡véte a saber qué! cuando el otro día decidí que una
buena idea podía ser actualizarla, darle un poco de lustre, llevarla a la
peluquería y, como ella sigue siendo una buenísima máquina, volver a recordar
quién fue y… quién es.
Dicho y hecho. Para estas
cuestiones de reparar bicicletas en lugar de sustituir sus elementos, el sitio
ideal, sin menospreciar a otros, resulta el taller de Javier, Xabigo. En su
bajera del Soto de Lezkairu el tiempo se ha estancado en otra época. Allí no
hay lugar para exquisiteces, no encontraremos derroche de luz ni vestuarios con
espejos favorecedores a nuestra estampa. Tampoco existen expositores con
bicicletas de marcas americanas ni belgas; no hay italianas, no busquéis
españolas. En todo caso habrá algunas de su marca XABIGO y una cantidad
interminable de bicis de toda marca y condición, reparadas como Dios manda. Como la mía que,
sin disponer de un robot japonés de ocho agujas, Javier es capaz de recomponer
la maneta del cambio con la punta de un radio. ¡Qué fenómeno! En cuando
comienzas a explicarle algo, a la vuelta de 10 segundos ya sabe del asunto más
que tú.
Lo dicho, ha dejado mi Rossin
hecha una chavala y, según dice el
maestro, si no fuera por el asunto de las modas pasajeras, considera esta
bicicleta tan buena o mejor que cualquiera de las actuales. ¡A callar!
Hasta pronto. Bs.