domingo, 29 de diciembre de 2013

Un poco de cordura nunca está de más.


Ayer me puse a rebuscar en mi cabeza qué marcha estaba programada para hoy. Al rato caí en la cuenta de que se trataba de una ruta más propia de fin que de principio de temporada.

El día ha amanecido frío, oscuro, panzaburro. Con mucha pereza me he encaminado hacia la “autoescuela” y poco a poco hemos ido apareciendo los protagonistas de “Mad Max 3”. El camino hacia las afueras del pueblo tiene un color negro metálico y las quejas se oyen sin cesar maldiciendo el  invierno navarro.

La vieja carretera de Bilbao no me gusta para andar en bicicleta. A pocos kilómetros de la salida aguarda el repecho de Añézcar que está diseñado para alborotar el corazón y enfriar los bronquios. Unos se me escapan mientras otros se me quedan; estoy entre dos aguas y calculo con desesperación los míseros 100 metros que restan para terminar. Enseguida llegamos a la cuesta de la gasolinera y, con ella, el segundo calentón de la mañana. No se trata de que haya mejorado con respecto a la cuesta anterior, simplemente es algo menos dura y logro arribar con los gallitos. Estoy harto de estirar el cuello y jadear para cada necesidad perentoria de respiración.

Desde ayer venía maquinando un plan “b” y, a la vista de las circunstancias, he decidido ponerlo en práctica. Justo en el momento en el que atacamos las estribaciones de la cuesta de Aizcorbe, he sentido unas ganas irrefrenables de visitar los alrededores del Centro Budista y buscar con ahínco Cía y el valle de Imoz. La sorpresa agradable del día me la he llevado de la mano, nunca mejor dicho, de “El Cárnicas”, alias alikates.

El bueno de Carlos estaba hasta los “mismísimos” de aguantar las miserias que acabo de relatar y también andaba rumiando dejar para más adelante el trajinar de los “madelmanes” del club y dedicarse a otros menesteres mucho más placenteros.

El verde de la zona no es gratuito, requiere de abundante riego o, a falta de lluvia, humedad sin contemplaciones. La carretera, fina como ella sola, estaba cubierta de una capa de agua esparcida con mimo con frascos de “spray” y nos ensuciaba con cariño los cuadros de las bicicletas.

La charla nos ha distraído y, sin darnos cuenta después de atravesar Echalecu, nos ha alcanzado un tropel de profesionales del Orkuci. Enseguida hemos visto que un grupo de “jefes de fila” estaba disputando la etapa del día y que, esparcidos por el valle, todos los que habían ayudado a los “gallitos” pugnaban por no perder muchos minutos en la meta de Jaunsarás. Les hemos acompañado tomando un café mientras ellos se impacientaban con almuerzos más consistentes.

Dejando atrás Basaburua nos hemos adentrado en Ulzama. Las tentaciones de aumentar el ritmo han sido constantes y nuestra cordura se ha impuesto a la sinrazón dominguera.

A la altura de Sorauren un “hermano perro” ha salido con alegría a saludarnos por el arcén de la general y nosotros, llenos de piedad perruna, le hemos ayudado a buscar el camino de casa.

La lluvia era escasa pero constante y, aprovechando la coyuntura, el frío se ha colado en nuestras prendas de invierno sin miramiento. Hacía tiempo que no tiritaba y esto lo ha conseguido sin esfuerzo esa fina lluvia que ¡tontos de nosotros! somos tan tercos como para no ponernos los chubasqueros que venden en las tiendas del ramo para guarecernos de la… lluvia.

El amigo “Cárnicas” me ha recordado varias veces mientras atravesábamos Pamplona que  -“no esperaba haberlo pasado tan bien desde que, al principio de la mañana, plagados de frío, jadeantes y maldiciendo la ocurrencia de acudir a la cita semanal, nos habíamos puesto a pedalear”-
Yo tampoco.

Hasta pronto. Bs.

 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Pamplona NO es Mordor


No me gustaría caer en los tópicos que últimamente se dicen sobre  mi pueblo. A Pamplona de siempre se le ha llamado así, de esto creo que algo de culpa tuvieron los romanos con Pompeyo a la cabeza. También se le conoce como Iruña y también sospecho que tienen algo que ver los tres antiguos burgos (ciudad de Navarrería, población de San Nicolás y burgo de San Cernin) que se unieron formando nuestra nueva y, a la vez, vieja ciudad.
Pues bien, de un tiempo a esta parte se le conoce con el extraño nombre de Mordor. Un país protagonista de la novela “El Señor de los Anillos” y que debe de significar La Tierra Negra y que está situada al sureste de La Tierra Media. Tengo entendido que, cuando filman las escenas de estas películas, se dirigen hacia Nueva Zelanda para localizar exteriores. ¡En fin! Un verdadero rollo para los que, como yo, nos dormimos en la butaca viendo semejante bodrio. (Perdón).
Nuestra tierra es verde, no negra. No está localizada en nuestras antípodas sino en Europa. Tiene tres zonas: Montaña, Media y Ribera. Da gusto vivir aquí y, como los de Bilbao, cuando se nos “pone”, nos cubrimos de nubes para dar un poco de ambiente a la “cosa” y descansar de tanto colorido. (Fin de la cita)
A “Los Tres de Castilla” nos habían llegado noticias de que, en cuanto saliéramos de los límites de la Cuenca, lo mismo si subíamos hacia Ulzama como si bajábamos hacia Tafalla, enseguida encontraríamos al amigo Sol. Así lo decían las aplicaciones meteorológicas y la experiencia personal del viejo amigo Carlos. ¡Equivocación, mentira o cambio de tendencia! Nada de nada, nieblas, oscuridad grisácea y temperatura oscilante en el “cero” con tendencia hacia abajo durante cuatro horas.
A las 10 de la mañana la Chimenea nos ha visto juntarnos y los camiones nos han acompañado hasta Olagüe sin descanso. Otra vez la subida de Egozcue estaba ribeteada de cercos blancos de hielo y la bajada hacia Urtasun de color marrón por el barro de las obras. En el “Gau-Txori” café y la tentación de regresar a casa por la vía rápida o, como estaba previsto, subir Erro y sentirnos ciclistas de los buenos camino de Urroz, mientras nos contábamos las novedades que hemos ido conociendo esta semana. ¿Novedades? ¡Sí! De hecho no hay otras cosas en el mundillo ciclista que novedades: nuevos cuadros, colores, frenos de disco, frenos solapados en el cuadro, cambios electrónicos, pesos cada vez más contenidos, … Además, todos los fines de semana aparece algún iluminado con su nueva bicicleta o con algún nuevo componente con el único objetivo de ponerte los dientes largos y mortificar al prójimo. La culpable de todo esto es la maldita crisis.
Prosigons, también se decía que el viento sería del Sur y han vuelto a fallar. Con semejante niebla, lógicamente, no hacia viento y la arribada hacia Iruña no ha contado con ninguna clase de ayuda; no ha importado, la velocidad ha sido elegante y el frío constante. Ninguno de los tres hemos despreciado otro café en el “Panadero”.
Nuestra ciudad prosigue envuelta en su semanal color gris y a mí me gusta.
Hasta pronto. Bs.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Carrera centroeuropea por Navarra.


Desde el momento en que he pisado la calle, me ha venido un pensamiento que, de manera recurrente, me ha acompañado a lo largo de casi toda la mañana: ¿qué cojones hago subido encima de mi Look?

Como decía uno, la noticia era el frío. Resultaba evidente que circular en bicicleta daba la razón a los pocos madrugadores “compradores del pan y el periódico” y que decían para sus adentros: ¡joder, qué venaus están estos tíos!

La ruta escogida no es habitual entre nosotros aunque sí para los “Tres de Castilla” en sus salidas semanales. No se suele tener a la Universidad a la derecha ni subir la cuesta de Cizur sin haber digerido un poco el desayuno. La Cendea de Galar estaba plena de sol y de frío, algo muy normal en el invierno. Los números del Garmin bajaban sin cesar  en el rectangulito de la “temperatura” y hacía un rato que delante de ellos había aparecido un guión que señalaba que estábamos bajo cero. Hasta -3,50º he visto ¡qué bonito!


Parecía que la cordura se había instalado en nuestras cabezas y me dejaban marcar el ritmo en las rampas de Arlegui. Alguien se ha dado cuenta de que faltaba gente y ahí el grupo ha comenzado a descomponerse: igual que decía Jorge Cafrune en su poema “Peona”, hemos empezado a ir -“uno aquí y otro allá por las estancias; pelusa’e cardo qu’esparrama el viento”-

Nuestro pelotón abarcaba desde el alto de Subiza hasta el cruce que lleva a Biurrun; y lo que es mejor, aún había otros maromos que circulaban por la N-121 con la idea de –“ajuntarnos algún día en un rancho con sol, alegre y nuevo”- (sigo con Cafrune). A la sombra de Alaiz el rosario de desarrapados circulaba en un escenario más propio de películas de la 2ª Guerra Mundial, con ciclistas albardados con ropas, gorros y bragas. La temperatura seguía a lo suyo y nosotros, cosas de la vida, empezábamos a tener calor. Habíamos recorrido 30 kilómetros y, ¡por fin!, circulábamos en “pelotón agrupado”.

En Urroz, el de Duracell me ha confesado que iba a acompañarnos apenas un par de kilómetros más y que después se volvería. ¡Mentira puñetera! Esos dos kilómetros los ha multiplicado por 10 y nos ha marcado el ritmo hasta Erro. La velocidad ha oscilado entre 28 y 33 kms/hora. No sé si daba el aire de cara o no; yo me he acurrucado entre la gente y no he asomado la cara por “si las moscas.” Mi preocupación de la cuestecilla del kilómetro 18 la he solucionado a costa de apretar los glúteos más de lo aconsejable y así hasta el café de Zubiri.

La sede de la Federación Navarra de Ciclismo estaba a reventar. El café y los minutos sin agarrar el manillar de “la flaca” me han arreglado un poco el maltrecho corpachón con el que la sabia naturaleza me ha obsequiado y hemos llegado a casa sacando pecho. A la altura de Mendillorri se me han olvidado todos los malos momentos del día recordando otros mejores con la compañía de Saúl y Luis. Buena gente, ¡sin duda!

Esto ha sido lo que ha ocurrido hoy. Un día frío de c…..s y que espero tenerlo en cuenta a la hora de decidir si salgo o no en bicicleta este otoño/invierno que nos ha tocado vivir en mi pueblo.

Hasta pronto. Bs.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Templando al "moniko"


El moniko se encuentra en los últimos días de su gestación. Seguramente nacerá de manera incontenible en los primeros días del mes de enero. Poco a poco se muestra con ganas de darse a conocer; hasta ahora es fácil soportar sus impertinencias.

Ayer, al revisar el registro de salidas del año, vi que hacía justamente un mes desde la última en condiciones. Aquel día nos acercamos a la Valdorba y guardo un buen recuerdo del desarrollo de la marcha. Después de eso ¡nada! Bueno, sí, 195 kilómetros en un mes. No me quejo de la decisión que tomé de no acudir como alma en pena a los visillos de las ventanas. Los gimnasios y las piscinas merecen la pena visitarlos de vez en cuando y eso es lo que he hecho y seguiré haciendo. Los tonos azulenkos del cielo, sustituidos por los “panza burro”, seguro que no nos van a dejar de aquí a entonces.

Ignacio y yo planeamos hace una semana que hoy, hiciera lo que hiciera, íbamos a salir en bicicleta. Fue una especie de apuesta o bravuconada, no lo sé, pero hoy a las 10 de la mañana los que no estaban no nos han visto aparecer en nuestro banco preferido de Cizur. No es tiempo para peregrinar.

Me he reencontrado con lo habitual: viento, frío, ruido en las orejas, respiración agitada, una cierta ansiedad por terminar de subir la cuesta de Subiza ¡lo de siempre! Y así, andando con mi vieja Rossin, hemos desembocado en Campanas. Nuestra propuesta consistía en visitar el Cerco y tomar el café en Puente la Reina pero, un momento antes del Carrascal, Ignacio me ha advertido de que la rueda trasera iba baja. Antes de apearnos, nos han alcanzado los de Orvina con el desertor del trío tirando con fuerza.

No hay cosa mejor que arreglar el obús trasero para que todas tus intenciones de visitar Artajona se vengan abajo. –“¿Qué tal si vamos directamente a Puente e intentamos alcanzar a esa cuadrilla de desaprensivos?”- ¡D’acord, vamos!

¡Jodé d’acord! Imposible seguir el ritmo de Ignacio. Dos o tres relevos por aquello del “qué dirán” y olvídate de subir la variante de Enériz. Enseguida hemos llegado a La Conrada después de un intento fallido en la pastelería de al lado. Confraternización con los “desaprensivos” de antes y saludos cordiales que diría el “enano de la Ser” (perdón).

Tenía una pizca de preocupación por saber cómo iba a subir la cuesta de Artazu, el aire daba de frente y el miedo es libre. No ha habido problema alguno en alcanzar el cruce de Orendáin y seguir hacia Pamplona con visita previa a Paternáin.

Diría que ha sido una toma de contacto agradable, de las que sirven para no olvidar del todo el pedaleo de verdad, el que no tiene nada que ver con el de “conserva” encima de una estática. No obstante, quiero hacer una confesión: esta vueltita de reencuentro con la realidad, con apenas 75 kilómetros de recorrido, subiendo hacia el trastero se ha manifestado en forma de dolorcillos previos a las agujetas. Cosas de la vida.

King-Kong sigue a lo suyo y el chavalín apenas alcanza los dos metros de ancho. No hay miedo, todavía se le puede dominar, aún no ha visitado la calle Morgue…

Hasta la próxima. Bs.