El moniko se encuentra en los
últimos días de su gestación. Seguramente nacerá de manera incontenible en los
primeros días del mes de enero. Poco a poco se muestra con ganas de darse a
conocer; hasta ahora es fácil soportar sus impertinencias.
Ayer, al revisar el registro de
salidas del año, vi que hacía justamente un mes desde la última en condiciones.
Aquel día nos acercamos a la Valdorba y guardo un buen recuerdo del desarrollo
de la marcha. Después de eso ¡nada! Bueno, sí, 195 kilómetros en un mes. No me quejo
de la decisión que tomé de no acudir como alma en pena a los visillos de las
ventanas. Los gimnasios y las piscinas merecen la pena visitarlos de vez en
cuando y eso es lo que he hecho y seguiré haciendo. Los tonos azulenkos del
cielo, sustituidos por los “panza burro”, seguro que no nos van a dejar de aquí
a entonces.
Ignacio y yo planeamos hace una
semana que hoy, hiciera lo que hiciera, íbamos a salir en bicicleta. Fue una
especie de apuesta o bravuconada, no lo sé, pero hoy a las 10 de la mañana los
que no estaban no nos han visto aparecer en nuestro banco preferido de Cizur. No
es tiempo para peregrinar.
Me he reencontrado con lo
habitual: viento, frío, ruido en las orejas, respiración agitada, una cierta
ansiedad por terminar de subir la cuesta de Subiza ¡lo de siempre! Y así,
andando con mi vieja Rossin, hemos desembocado en Campanas. Nuestra propuesta
consistía en visitar el Cerco y tomar el café en Puente la Reina pero, un
momento antes del Carrascal, Ignacio me ha advertido de que la rueda trasera
iba baja. Antes de apearnos, nos han alcanzado los de Orvina con el desertor
del trío tirando con fuerza.
No hay cosa mejor que arreglar el
obús trasero para que todas tus intenciones de visitar Artajona se vengan
abajo. –“¿Qué tal si vamos directamente a Puente e intentamos alcanzar a esa
cuadrilla de desaprensivos?”- ¡D’acord, vamos!
¡Jodé d’acord! Imposible seguir
el ritmo de Ignacio. Dos o tres relevos por aquello del “qué dirán” y olvídate
de subir la variante de Enériz. Enseguida hemos llegado a La Conrada después de
un intento fallido en la pastelería de al lado. Confraternización con los “desaprensivos”
de antes y saludos cordiales que diría el “enano de la Ser” (perdón).
Tenía una pizca de preocupación
por saber cómo iba a subir la cuesta de Artazu, el aire daba de frente y el
miedo es libre. No ha habido problema alguno en alcanzar el cruce de Orendáin y
seguir hacia Pamplona con visita previa a Paternáin.
Diría que ha sido una toma de
contacto agradable, de las que sirven para no olvidar del todo el pedaleo de
verdad, el que no tiene nada que ver con el de “conserva” encima de una
estática. No obstante, quiero hacer una confesión: esta vueltita de reencuentro
con la realidad, con apenas 75 kilómetros de recorrido, subiendo hacia el
trastero se ha manifestado en forma de dolorcillos previos a las agujetas.
Cosas de la vida.
King-Kong sigue a lo suyo y el
chavalín apenas alcanza los dos metros de ancho. No hay miedo, todavía se le
puede dominar, aún no ha visitado la calle Morgue…
Hasta la próxima. Bs.
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