¿Alguien se acuerda de un torero
que se apodaba “El Litri”? Yo, que no
entiendo de toros ni toreros, lo recuerdo únicamente porque acostumbraba a dar “pases”
mirando al tendido. Me imagino que era un verdadero maestro en el arte de mirar
de reojo.
Para evitar problemas con el tráfico,
de un tiempo a esta parte, acostumbro a acercarme hasta “la chimenea” dando un
rodeo por las afueras de Pamplona, utilizando cuantos más “carriles-bici”
mejor. El caso es que este asunto se está poniendo cada día peor: ahora
sustituyo las malas caras de los automovilistas por la de los viandantes y
hasta de algún ciclista que otro.
El caso es que me he incorporado
al “carril” de la calle Abejeras y, a la altura del antiguo asador “Inaxio”, me
ha parecido adivinar a un admirador de “El Litri” que quería atravesar la
calzada como su maestro: mirando al tendido. El chirrido de las pastillas de
los frenos de disco, sustituto perfecto de los timbres, le han avisado y se ha
parado mientras iniciaba un “pase de pecho”; -“pasa, pasa”- me ha ordenado y ha dejado para otro día el “perdona,
ando más despistado que un torero al otro lado del telón de acero”.
Bajaba hacia la Universidad
Pública, sí la que está enfrente del Sadar, y me he cruzado con algún que otro
trabajador que terminaba de repasar su programa diario mientras miraba
distraídamente el color rojizo de otro “carril”. Cuando dejaba atrás la University
me las he visto canutas con dos estudiantes que habían oído por la radio lo
bueno que resulta para el asunto de la polución atmosférica desplazarse en
bicicleta. Lo malo es que llegaban tarde a clase y han tomado uno de los “carriles”
del Soto de Lezkairu recortando la trazada por mi sitio. ¡Nada! Todo lo han
resuelto con una cierta mirada de desprecio mientras pensaban: -“imbécil”-
Todo esto sirve para que me
olvide del frío que estoy pasando y del color “panza burro” que tiene mi pueblo
durante estos últimos meses y llegue a la famosa “chimenea” echando humo.
Cada vez entiendo menos a los que
se arriesgan a circular por mi ciudad en bicicleta. Quien más quien menos ha
tenido algún rifirrafe con los de las “villavesas”, los taxistas, los madres de
los niños que estudian, los repartidores y los trabajadores que van a… trabajar.
¡Pues bien! Si huyes de toda esa jauría y te refugias en los “carriles-bici”,
no estarás a salvo de toreros, pensadores y estudiantes con retraso ¡no! Sencillamente
cambiarás a enero por febrero; correrás otra serie de peligros, tal vez más
livianos que los anteriores, pero que te harán poner a prueba tu pericia para
no visitar el tan temido suelo de color gris.
Ahora que lo
pienso, este mundo es un lugar plagado de incomprendidos. No tenemos más que
leer la sección de “cartas al director” o ver algún reportaje en la televisión
para comprobar que los culpables somos nosotros, los de la bicicleta. Todo el
mundo nos pone a parir y, claro, nosotros, que tenemos toda la razón del mundo,
creemos todo lo contrario.
¡En fin! ¿Quién arregla este
bochinche? Mientras alguien aporte alguna solución, vuelvo a insistir en que no
nos fiemos de nadie: si se aproxima un automóvil a una rotonda, no la
crucemos hasta que tengamos la completa seguridad de que nos ha visto y va a
cedernos el paso; echemos mano de prendas vistosas “fosforitas” olvidándonos de
las favorecedoras de color negro (algún equipo profesional ha sustituido su
tradicional negritud por maillots de
color azul claro para salir a entrenar); lo mejor que nos puede suceder en las
rotondas es no frecuentarlas, es algo parecido a lo de la comida: la única que
no engorda es la que se queda en el plato.
Desde hace tres meses no tengo el
menor inconveniente en salir hacia la carretera por los poco “profesionales” “bide-gorri”
que encuentro a mi paso; ya sé que eso no es propio de un “madelmán” que se
precie, mas me da lo mismo, prefiero los peligros de esta mañana que
enfrentarme con los bichos de cuatro ruedas.
Hasta pronto. Bs.