lunes, 23 de noviembre de 2015

Materia orgánica en descomposición



Es lo que tiene el otoño: prisas para que llegue el invierno. Todavía falta un mes para el cambio de estación y esto no tiene remedio; estamos buscando los windstopper más gordos del armario, los cubrezapatillas manchados de barro desde el invierno pasado, los gorros más favorecedores, los guantes sin medias tintas y, algunos, los embozos más sombríos. Nos resistimos a mandar a tomarporsaco la bicicleta y es que la cordura no tiene mucho que ver con el ciclismo. Esta es la canción de todos los años, así que no tenemos motivo de queja, sencillamente somos así: masoquistas en busca de unos minutos de placer. 

Un vecino que se dedica a las cosas de la investigación me decía que -“el cuerpo humano es materia orgánica en descomposición”- . Sí, no hace falta morirse para comprobarlo: los humanos olemos muy mal a nada que nos relajemos un poco. El otro día, cuando todavía tenía el firme propósito de hacer caso al sentido común y olvidarme de la idea de andar en bicicleta en días de frío, me refugié en el gimnasio. Son pensamientos olvidados y que cuando estamos asustados, muertos de frío, solemos acordarnos de ellos sin caer en cuenta de los riesgos que acarrean.

Hacer deporte en habitaciones cerradas no tiene que ser bueno. Son remedios caseros de países próximos al Polo Norte donde no tienen más alternativas que salir al campo raso o… ¡morir de mal olor! 

Así estaba yo este fin de semana: mirando como las viejas detrás de los visillos, con los montes de la Cuenca llenitos de oscuridad, lloviendo, medio nevando. Con la gente tiritando por las aceras mientras encaraban el viento con las manos amoratadas sosteniendo potentes paraguas. ¡Joder, cómo me ha quedado esta última frase!

¡Pues sí! Me acordé de los pestilentes gimnasios y me fui al mío. Todo estaba como lo dejé: el aparcamiento llenito de coches; los gimnastas miraban con cara de sorpresa al último visitante; las filas de aparatos repletas de gentes alocadas encima de charcos de sudor; vigoréxicos rindiendo culto al vigor; culturistas mirándose al espejo mientras observan sus potentes brazos surcados por mangueras de sangre; amigables ancianitas leyendo un manoseado “suplemento semanal”; tranquilos jubilados resistiéndose a su presbicia; unas con su cinturita y otros queriendo recuperar la suya; en resumen: todos emanando olor: echando fuera su amarga descomposición.

Hoy podía haber sido el tercer día de mi refugio en el gym, pero ¡no! Me resisto y he encontrado mi windstopper más gordo, aquel que tenía arrinconado en el fondo de mi armario; he bajado mis cubrezapatillas llenitas de barro del curso anterior; mi gorro azul ha vuelto a airear su pompom por las rendijas del casco y los guantes han vuelto a casa llenitos de mocos (perdón, es lo que hay). Mientras que esto no siga en aumento, no quiero contribuir con mi descomposición a darle la razón a mi vecino; quiero disimularla en el campo, he dicho.

Hasta pronto. Bs.


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