Es lo que tiene el otoño: prisas
para que llegue el invierno. Todavía falta un mes para el cambio de estación y
esto no tiene remedio; estamos buscando los windstopper
más gordos del armario, los cubrezapatillas
manchados de barro desde el invierno pasado, los gorros más favorecedores,
los guantes sin medias tintas y, algunos, los embozos más sombríos. Nos
resistimos a mandar a tomarporsaco la
bicicleta y es que la cordura no tiene mucho que ver con el ciclismo. Esta es
la canción de todos los años, así que no tenemos motivo de queja, sencillamente
somos así: masoquistas en busca de unos minutos de placer.
Un vecino que se dedica a las
cosas de la investigación me decía que -“el
cuerpo humano es materia orgánica en descomposición”- . Sí, no hace falta
morirse para comprobarlo: los humanos olemos muy mal a nada que nos relajemos
un poco. El otro día, cuando todavía tenía el firme propósito de hacer caso al
sentido común y olvidarme de la idea de andar en bicicleta en días de frío, me
refugié en el gimnasio. Son pensamientos olvidados y que cuando estamos
asustados, muertos de frío, solemos acordarnos de ellos sin caer en cuenta de
los riesgos que acarrean.
Hacer deporte en habitaciones
cerradas no tiene que ser bueno. Son remedios caseros de países próximos al
Polo Norte donde no tienen más alternativas que salir al campo raso o… ¡morir
de mal olor!
Así estaba yo este fin de semana:
mirando como las viejas detrás de los visillos, con los montes de la Cuenca llenitos
de oscuridad, lloviendo, medio nevando. Con la gente tiritando por las aceras
mientras encaraban el viento con las manos amoratadas sosteniendo potentes
paraguas. ¡Joder, cómo me ha quedado esta última frase!
¡Pues sí! Me acordé de los
pestilentes gimnasios y me fui al mío. Todo estaba como lo dejé: el
aparcamiento llenito de coches; los gimnastas miraban con cara de sorpresa al
último visitante; las filas de aparatos repletas de gentes alocadas encima de
charcos de sudor; vigoréxicos rindiendo culto al vigor; culturistas mirándose
al espejo mientras observan sus potentes brazos surcados por mangueras de
sangre; amigables ancianitas leyendo un manoseado “suplemento semanal”;
tranquilos jubilados resistiéndose a su presbicia; unas con su cinturita y otros
queriendo recuperar la suya; en resumen: todos emanando olor: echando fuera su
amarga descomposición.
Hoy podía haber sido el tercer
día de mi refugio en el gym, pero
¡no! Me resisto y he encontrado mi windstopper
más gordo, aquel que tenía arrinconado en el fondo de mi armario; he bajado
mis cubrezapatillas llenitas de barro
del curso anterior; mi gorro azul ha vuelto a airear su pompom por las rendijas del casco y los guantes han vuelto a casa
llenitos de mocos (perdón, es lo que hay). Mientras que esto no siga en
aumento, no quiero contribuir con mi descomposición a darle la razón a mi
vecino; quiero disimularla en el campo, he dicho.
Hasta pronto. Bs.
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