martes, 31 de mayo de 2016

El ciclismo evoluciona



Pues sí, el domingo acabó el Giro de Italia y otra vez estoy huérfano, huérfano de ciclismo. Sólo queda esperar a que lleguen las carreras que servirán para preparar el Tour de Francia, no hay más remedio.

En alguna de estas tardes en las que luchas contra el pertinaz sueño, en las que el jodido te vence y logras despertarte a unos pocos kilómetros de meta en la que el alemanazo de turno alza los brazos, enseñando los dientes reparados después de un sinfín de caídas y se dedica a abrazar a los compañeros de equipo con una forzada y fingida sonrisa. En esas otras etapas en las que los ciclistas se dedican a subir despacio para después bajar deprisa una serie de puertos que andan dispersos (poco) por los Alpes, como digo, en esas tardes de Giro de Italia mis pensamientos vienen y van hasta que se fijan machaconamente en la evolución que, sin remedio, ha tenido el ciclismo.

Hay un espacio en Teledeporte en el que dedican su tiempo al ciclismo: “Ciclismo vintage”. Es una delicia ver reportajes de las carreras de las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado y reconocer a muchos de los protagonistas de entonces y nombrarlos sin dudar: Bahamontes, Fuente, Ocaña, Fignon, Merckx, Manzaneque, Echeverría, Elorza, Van Springel, Godefroot, los hermanos Petterson, De Vlaeminck, Delgado, Arroyo, Gorospe, Hinault, Anquetil, Roche, etc. etc. etc. no quiero seguir porque esto no es una competición que sirve para poner nombres y más nombres de ciclistas legendarios; esto es una pequeña muestra de la enorme cantidad de ciclistas que tenían fisonomía, cara, aquella “pinta” por la que los locutores de la TV no tenían que echar mano de la lista de dorsales para dar con el nombre del escapado, del ganador de la “Cima Coppi” o de la etapa ¡no! En cambio en esta época en la que vivimos, yo tardo varias etapas en reconocer debajo de esa máscara igual o parecida para la totalidad del pelotón, quién va debajo de ese casco y detrás de esas gafas. Se da el caso de que termino aprendiéndome el nombre de una serie de “figuras animadas” pero que no tengo la más mínima idea de cómo es su cara. El otro día tuve el gusto de conocer a Brambilla; todavía no sé qué cara tiene Voeckler y eso que el muchacho chupa cámara como el más mientras nos saca la lengua.

Doy un salto de categoría y me centro en el cambio que ha dado el ciclismo juvenil: el domingo pasado se celebró otro año más en la Cendea de Galar el “Memorial Miguel Uriz”; en la segunda vuelta por Salinas pasó destacado un corredor del equipo Lizarte, unos segundos más tarde lo hizo el pelotón, allí no se movía nadie, todo estaba controlado por el equipo del fugado; si no fuera por la envergadura de los deportistas, se podría pensar que estaba viendo una carrera de profesionales. ¡Y pensar que hace unos pocos años en las carreras de los chavales, el pelotón más grueso lo componían dos ciclistas!

Otra de las cuestiones que me asombran del ciclismo es el paso del aldeanismo en el reparto de premios y ramos de flores en las carreras de antaño a la profesionalidad, el rito perfectamente calculado en la actualidad. Las guapas de la localidad, con su pelo cardado y su abrigo de garras de astrakan eran las que se empinaban desde sus zapatos negros de tacón bajo para dar un beso, sólo, o dos, al ganador. Ahora las encargadas de estos menesteres rondan el 1,80 ó 1,90 metros de estatura, sin tacones; pocos ciclistas las miran de arriba abajo, son ellas las que tienen que arrodillarse para estampar el rojo en cada mejilla del enano de turno. Los abrigos y cardados han dado paso a vestidos y maillots espectaculares acompañados de lacias y favorecedoras melenas.

Estoy completamente seguro de que los grandes ciclistas de antes lo serían ahora y al revés. El que es bueno lo es de acuerdo a las circunstancias que le ha tocado vivir. Digo esto porque los escaladores que he podido nombrar unos cuantos párrafos más arriba, al verlos en los reportajes, casi siempre circulan solos y dando chepazos. Cuando llegaba la montaña, los especialistas se alejaban de los llaneadores y de los sprinters sin remedio sin posibilidad de contestación… y al revés: en las etapas llanas los escaladores perdían tiempo y lo de meterse en un sprint… mejor dejarlo.

Estamos en otra época y pasa mucho tiempo hasta que el pelotón termina de adelgazar cuando sube un puerto de primera: ahora suben todos siempre y cuando el equipo lo necesite. La tranca ha dejado paso al molinillo y eso se nota.

Podría seguir hablando de las bicicletas: las actuales recuerdan algo a las antiguas porque todas tienen lo mismo… pero todo distinto en diseño, materiales, adelantos mecánicos, etc.

¿Alimentación? ¿Vestimenta? ¿Zapatillas? ¿Alguien se ha fijado en las carreteras? ¡Sí! ya sé que ahora se está poniendo de moda eso de meter a los ciclistas por caminos de tierra y que nos asombramos cuando los franceses, belgas y holandeses organizan carreras por caminos que, qué queréis que os diga, si se organizaran por aquí saldríamos en las páginas de “El Caso” por intento de asesinato.

No quiero seguir dando la murga con esto de la evolución del ciclismo, pero es que ya no lo reconoce ni el Tato y alguno critica tanta revolución. Otro día podríamos hablar de los “pinganillos”, de la suspensión de carreras a causa de la nieve, de las motos, del inglés que lo domina todo…

Hasta pronto. Bs.

martes, 10 de mayo de 2016

Al final todo resulta normal. Nada nuevo bajo el sol.



Suena el despertador, son las 7 de la mañana. Para la liturgia que sigue no hay prisa: desayuno, periódico, aseo y vestirme de “torero”. A las ocho y media ya estoy en el trastero y la HaiBike está dispuesta. Comparto ascensor con un vecino del tercero y comienza el Garmin a contar.

En la calle Abejeras hay poco tráfico y pedaleo con ganas. Ahora no tengo una imagen nítida de lo que me ha ocurrido; cada vez lo veo más difuso, la fotografía más clara, única en mi memoria, es la de una puerta que se ha abierto sin permiso delante de mí. Una puerta que, con el tiempo mísero para reaccionar, he logrado esquivar por el lado derecho. No recuerdo qué he gritado; me imagino algo parecido a los vencedores de las carreras ciclistas cuando pasan en primera posición por la línea de meta: no se me ocurre adivinar qué es lo que dicen, ¿echarán un grito “sin sentido”? ¿tal vez será un corriente y moliente “bieeeeen”? ¿un Wow? Pues bien, seguramente yo habré dicho un sonoro ¡eeeeeeeeeeeeeh! a la madre de dos niños que ha aparcado su coche negro en una esquina de la calle Abejeras.

Conforme esquivaba su maniobra y me alejaba, he oído algo así como -“mejor si fueras por el “carril-bici”- ¡Lo siento, no he podido reprimirme! He dado media vuelta y me he dirigido hacia mi avasalladora y desconocedora de las reglas de tráfico. Me ha recibido con un parlamento rápido y decidido y yo le he contestado que –“bajo mi punto de vista, no tenía ninguna obligación de circular por el ”carril-bici” y que ella, en cambio, había hecho todo mal”- La gladiadora del volante ha maniobrado rápidamente y me ha afeado mi conducta por el espectáculo que estaba dando delante de sus dos hijos. Esto último ha sido un golpe bajo. No tengo ninguna duda de que para un hijo tiene que ser muy violento ver y oír a su madre discutir con otra persona. No importa quién tenga la razón; el niño sólo vé una situación violenta en la que está inmersa su madre, la persona a la que más quiere en este mundo. Media vuelta y hacia Azpilagaña.

Discurro por el viejo y sucio “carril-bici” que lleva al nuevo parque del Sadar y veo que un vehículo negro me adelanta y que ocupa un poco más adelante mi destartalado “carril”. Me paro y ¡sorpresa! Aparece la querida y vieja amiga de hace un momento, la mamá de sus hijos, la fiel guardadora de todas las reglas de circulación que afectan a los demás y se pasa por el forro las suyas. La señora de las gafas negras me afea el disgusto que les he dado a sus hijos y armándome de paciencia le contesto: -“Hace unos pocos años, en la calle Gayarre, una ciclista murió por algo parecido a lo que acabas de hacer. Me ha parecido una despreocupación tremenda la tuya aparcando tu coche en el lugar que te ha venido en gana y luego abriendo la puerta de tu vehículo con el mayor de los desprecios hacia el resto del mundo, sólo tenías una idea en tu cabeza: dejar a tus niños en el colegio y seguir con la solución de tus problemas”- La contestación de mi vieja colega mañanera no ha dejado lugar a dudas de su talante mental: -“seguramente no llevaría casco”- Como podéis comprender, ante tal duda, no he sabido qué responder. No, no tengo argumentos para rebatir si mi recordada fallecida de la calle Gayarre llevaba o no casco el día de su fatal accidente; sólo sé que un conductor abrió la puerta de su automóvil y la pobre mujer, sin tocarla para nada, en su intento de esquivar la maldita e inesperada puerta, cayó al suelo y se mató.

Me he sentido desarmado, he mirado el reloj y me he excusado diciendo que no tenía tiempo para hablar más del asunto, llegaba tarde a la Chimenea: -“Adios, guapa”- Sé que esto le ha sentado mal (machista).

Con este inicio del día, ¿cómo puedo tener una marcha por la Montaña que resulte medianamente placentera? Pues sí, la he tenido: nos ha soplado el aire del sur, hemos subido cuestas, hemos discutido, hemos rodado con ganas, almorzado en Espinal y el camino hasta casa ha sido la envidia de las gentes que se agolpaban en las cunetas.

Hasta pronto. Bs.

lunes, 2 de mayo de 2016

Preparativos para la Sierra Madrileña



A mediados de este mes nos trasladaremos a Madrid, en concreto a la sierra madrileña. Serán cuatro días distintos a los que pudiéramos pasar en nuestra tierra. Dejaremos de saber qué nos espera a la terminación de ese repecho o a la vuelta de esa curva. No sabremos si, resistiendo apenas un poco más, esta cuesta que se pone tan terca es fácilmente vencible o no. Sencillamente, una buena porción del Grupo Chimeneas habremos cogido la furgoneta y… ¡tararí, tararí, a Madrid!


Los nombres de lugares por los que andaremos me suenan desde que era un enano: bien por haberlos oído en las retransmisiones de la “Vuelta” o como referencias de las nevadas que se producen año tras año por el centro peninsular. El Escorial, Navacerrada, Guadarrama, Canencia, Cotos, Navafría, La Granja,… ¡Jodé, cuánto me gustan! Tienen empaque, solera; ¡qué inspiración tuvieron los que los pusieron! Que conste que mi admiración por la sonoridad o acierto de los nombres de estos lugares, la puedo ampliar a los de la capital de España, me encanta oír y pronunciar sitios como Atocha, Fuencarral, Chamberí, Chamartín, Manzanares, El Retiro, La Casa de Campo, El Prado, El Pardo, Carretas, Puerta del Sol, Preciados, Cuchilleros, Recoletos,… ¡Hay para hartarse! Espero que no me harten.




Bien, por culpa de todos esos lugares tan sonoros y tan “de toda la vida”, los de este país pequeñito situado aquí arriba, que diría un meacolonias cualquiera, estamos afinando nuestra puesta a punto con vistas a no hacer excesivo ridículo cuando empujemos nuestros culos rotundos de rodador camino de lo desconocido.


Durante este pasado invierno y primavera hemos luchado contra el viento sur que ha soplado sin cesar, diría que desde siempre; nos hemos ingeniado para regresar a casa con el “viento de cola”, aunque algunas veces no ha habido más remedio que enfrentarnos a su glotona panza como único remedio para llegar a nuestro destino. También hemos desoído los sabios consejos de Tony Rominger respecto de no salir nunca a andar en bicicleta cuando esté lloviendo. Lo siento Tony, más que otra cosa porque tienes toda la razón y nos lo habías advertido, pero el hombre es cabezón y tropieza todas las veces que sean necesarias en la misma piedra hasta que se da cuenta de su terrible torpeza y… tropieza en otra.


Sin ir más lejos, el pasado sábado amaneció un día feo, con el cielo plagado de nubes rápidas vestidas de color azul marino de capitán de barco, que descargaban gotas poco a poco, tal vez como estrategia para que nos confiáramos y nos adentráramos en lo irremediable sin darnos cuenta. Aunque el viento soplaba del Norte, no ayudaba demasiado en nuestro camino hacia Puente la Reina, pues tenía una tendencia del Oeste, es decir NNO (creo). La pestosa “Cuesta de Mañeru” nos desafiaba con sus apenas tres kilómetros de longitud, sabedora de que llegaríamos a la rotonda de arriba con la respiración alborotada y el corazón a punto de salirse. La carretera ondulante nos acercó a Cirauqui y, tras los repechos de Lorca y Villatuerta, alcanzamos Estella. Buscamos la carretera de Vitoria y ahora nos esperaban unos 20 kilómetros hasta Acedo con el viento de medio frente. Pensé que era el momento oportuno para evadirme de tanta monotonía y me dediqué a reconocer los alrededores de la vía verde del “Vasco-Navarro”. No hace mucho tiempo, mi amigo Ignacio y yo, nos perdimos una mañana con las bicicletas de monte y aparecimos en Santa Cruz de Campezo después de dejar atrás a Murieta, Mendilíbarri, Ancín y Acedo.


Volvemos a la realidad y la verdad nos dice que, desde Acedo hasta Los Arcos, el viento ¿NNO? nos va a ayudar con todas sus fuerzas y que éstas son poco menos que infinitas: ¡qué maravilla!  no es andar en bici, esto es volar con una bicicleta entre las piernas. Si esto fuera eterno, todo el mundo tendría uno de estos trastos de carbono. Los pocos repechos se subían a más de 50 kms/hora, el llano estaba hecho para galopar y, si se descendía, se volaba.


El pueblo de Los Arcos estaba tomado por los peregrinos de la Ruta de Santiago y compartimos lugar en el estrecho bar de la plaza de la parroquia de Santa María. Parecía que no había tiempo que perder y se notaba la prisa por comprobar cómo andaríamos de fuerzas para el camino de regreso.


No hay duda de que el Circuito automovilístico de Los Arcos está atrayendo a la gente del volante y, hasta el cruce de Urbiola, fuimos acompañados por verdaderos camiones 4x4: el tamaño de estos vehículos está fuera de lo normal, lo mismo que la anchura de sus neumáticos y los desafiantes tubos de escape que asoman por encima de sus cabinas. No estoy capacitado para calcular los litros de combustible que consumirán estos energúmenos, así que me callo. 


Atravesamos otra vez Estella y parece que los repechos que ¡vaya usted a saber! tal vez acaben en Puente la Reina, los resolvemos con cierta soltura. El día continúa con el mismo tono que nos recibió al principio de la jornada y los chubascos caen disimuladamente lo justo como para no tener que abrigarse con el chubasquero.


En el último tramo de regreso a casa hubo disparidad de criterios a la hora de afrontarlo y yo decidí hacerlo por Campanas en lugar de subir El Perdón. A estas alturas de la marcha estaba completamente desorientado de la dirección que traía el viento: lo mismo me ayudaba que me golpeaba por todos los lugares. En el Carrascal me zarandeaba como una hoja de papel y por la carretera general llovía con salero y yo con el chubasquero en el bolsillo trasero. Si miraba al futuro, veía el cielo raso de Noain, aunque un poco más atrás venía lo que algunos dicen “la mundial”. 


Los domingueros que aprovechan el sábado para hacer las compras en los centros comerciales me miraban con conmiseración y pensaban: -"¿qué hará este jicho por aquí, rodeado de automóviles, lloviendo, hecho un pordiosero, lleno de barro y nosotros tan rícamente en nuestro SUV?"- Llegué a mi casa medio a escondidas,-"que no me vea nadie, no vayan a pensar que estoy medio loco por no hacerle caso a Tony y recorrer 155 kilómetros con frío, viento y lluvia para andar un poco más decorosamente en la Sierra Pobre Madrileña"-


Hasta pronto. Bs.