Pues sí, el domingo acabó el Giro
de Italia y otra vez estoy huérfano, huérfano de ciclismo. Sólo queda esperar a
que lleguen las carreras que servirán para preparar el Tour de Francia, no hay
más remedio.
En alguna de estas tardes en las
que luchas contra el pertinaz sueño, en las que el jodido te vence y logras despertarte
a unos pocos kilómetros de meta en la que el alemanazo de turno alza los
brazos, enseñando los dientes reparados después de un sinfín de caídas y se
dedica a abrazar a los compañeros de equipo con una forzada y fingida sonrisa. En esas otras etapas en las que los
ciclistas se dedican a subir despacio para después bajar deprisa una serie de
puertos que andan dispersos (poco) por los Alpes, como digo, en esas tardes de
Giro de Italia mis pensamientos vienen y van hasta que se fijan machaconamente
en la evolución que, sin remedio, ha tenido el ciclismo.
Hay un espacio en Teledeporte en
el que dedican su tiempo al ciclismo: “Ciclismo vintage”. Es una delicia ver
reportajes de las carreras de las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado y
reconocer a muchos de los protagonistas de entonces y nombrarlos sin dudar:
Bahamontes, Fuente, Ocaña, Fignon, Merckx, Manzaneque, Echeverría, Elorza, Van
Springel, Godefroot, los hermanos Petterson, De Vlaeminck, Delgado, Arroyo, Gorospe,
Hinault, Anquetil, Roche, etc. etc. etc. no quiero seguir porque esto no es una
competición que sirve para poner nombres y más nombres de ciclistas legendarios;
esto es una pequeña muestra de la enorme cantidad de ciclistas que tenían
fisonomía, cara, aquella “pinta” por la que los locutores de la TV no tenían
que echar mano de la lista de dorsales para dar con el nombre del escapado, del
ganador de la “Cima Coppi” o de la etapa ¡no! En cambio en esta época en la que
vivimos, yo tardo varias etapas en reconocer debajo de esa máscara igual o
parecida para la totalidad del pelotón, quién va debajo de ese casco y detrás
de esas gafas. Se da el caso de que termino aprendiéndome el nombre de una
serie de “figuras animadas” pero que no tengo la más mínima idea de cómo es su
cara. El otro día tuve el gusto de conocer a Brambilla; todavía no sé qué cara
tiene Voeckler y eso que el muchacho chupa cámara como el más mientras nos saca
la lengua.
Doy un salto de categoría y me
centro en el cambio que ha dado el ciclismo juvenil: el domingo pasado se
celebró otro año más en la Cendea de Galar el “Memorial Miguel Uriz”; en la
segunda vuelta por Salinas pasó destacado un corredor del equipo Lizarte,
unos segundos más tarde lo hizo el pelotón, allí no se movía nadie, todo estaba
controlado por el equipo del fugado; si no fuera por la envergadura de los
deportistas, se podría pensar que estaba viendo una carrera de profesionales.
¡Y pensar que hace unos pocos años en las carreras de los chavales, el pelotón
más grueso lo componían dos ciclistas!
Otra de las cuestiones que me
asombran del ciclismo es el paso del aldeanismo en el reparto de premios y
ramos de flores en las carreras de antaño a la profesionalidad, el rito
perfectamente calculado en la actualidad. Las guapas de la localidad, con su
pelo cardado y su abrigo de garras de astrakan eran las que se empinaban desde
sus zapatos negros de tacón bajo para dar un beso, sólo, o dos, al ganador. Ahora las encargadas de estos
menesteres rondan el 1,80 ó 1,90 metros de estatura, sin tacones; pocos
ciclistas las miran de arriba abajo, son ellas las que tienen que arrodillarse
para estampar el rojo en cada mejilla del enano de turno. Los abrigos y
cardados han dado paso a vestidos y maillots
espectaculares acompañados de lacias y favorecedoras melenas.
Estoy completamente seguro de que
los grandes ciclistas de antes lo serían ahora y al revés. El que es bueno lo
es de acuerdo a las circunstancias que le ha tocado vivir. Digo esto porque los
escaladores que he podido nombrar unos cuantos párrafos más arriba, al verlos
en los reportajes, casi siempre circulan solos y dando chepazos. Cuando llegaba
la montaña, los especialistas se alejaban de los llaneadores y de los sprinters
sin remedio sin posibilidad de contestación… y al revés: en las etapas llanas
los escaladores perdían tiempo y lo de meterse en un sprint… mejor dejarlo.
Estamos en otra época y pasa
mucho tiempo hasta que el pelotón termina de adelgazar cuando sube un puerto de
primera: ahora suben todos siempre y cuando el equipo lo necesite. La tranca ha
dejado paso al molinillo y eso se nota.
Podría seguir hablando de las
bicicletas: las actuales recuerdan algo a las antiguas porque todas tienen lo
mismo… pero todo distinto en diseño, materiales, adelantos mecánicos, etc.
¿Alimentación? ¿Vestimenta?
¿Zapatillas? ¿Alguien se ha fijado en las carreteras? ¡Sí! ya sé que ahora se
está poniendo de moda eso de meter a los ciclistas por caminos de tierra y que
nos asombramos cuando los franceses, belgas y holandeses organizan carreras por
caminos que, qué queréis que os diga, si se organizaran por aquí saldríamos en
las páginas de “El Caso” por intento de asesinato.
No quiero seguir dando la murga
con esto de la evolución del ciclismo, pero es que ya no lo reconoce ni el
Tato y alguno critica tanta revolución. Otro día podríamos hablar de los
“pinganillos”, de la suspensión de carreras a causa de la nieve, de las motos,
del inglés que lo domina todo…
Hasta pronto. Bs.
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