domingo, 26 de febrero de 2017

Gente de mal vivir al volante



Fue el pasado jueves, salimos a dar una vuelta en bicicleta un poco más tarde de lo habitual y, como quien no quiere la cosa, llegamos hasta Liédena. La antigua carretera de Sangüesa no tiene apenas tráfico y podemos circular por ella sin sobresaltos. Resulta un poco pestosilla porque su diseño hasta el Alto de Loiti tiende hacia arriba y la gravedad hacia abajo, así que los culogordos anhelamos lanzarnos sin contemplaciones hasta la Venta de Lumbier y aliviar el músculo.

Por el camino alguien nos recordó que “el código de circulación nos permite circular por el arcén y si lo hacemos por fuera de él, tendrá que ser lo más próximo posible a la raya blanca”. Las cosas son como son y esto no tiene vuelta de hoja: si vas por una carretera solitaria montado en una bicicleta, “tendrás que circular por el arcen o… etc.” En este caso no es que lo hiciéramos por el desierto del Sahara, pero estábamos bastante cerca en cuanto a la densidad de la circulación: un solo automóvil a lo largo del camino.

Prosigons aunque lo que sigue no tiene mayor interés para el paciente lector, ya se sabe: un pintxo en Liédena, desandar el camino esta vez por el Romanzado y aparecer en Pamplona a la hora en que los currelas van al trabajo. Lo de siempre: la tranquilidad de la ruta poco a poco se va diluyendo en una punta de flecha que se introduce por rotondas, autovías, súper rotondas, peatones con prisa que pulsan el botón de los semáforos, obedientes ante su sola presencia, ¡En fin! La pequeña gran marabunta de nuestra ciudad.

Es el camino que nos lleva a Pamplona por el lado Este del pueblo; estamos subiendo la cuesta de Mendillorri y, para colmo de la pulcritud ciclista, vamos José y yo uno detrás de otro haciendo una “fila india” de dos tíos. A la altura de nuestra querida Chimenea, nos adelanta una furgoneta blanca, rechoncha, más ancha que alta y a punto está de mandarnos a tomarporsaco con el espejo de su lado derecho. Un poco más adelante escala con salero Juanjo, y la furgoneta blanca, rechoncha, más ancha que alta, es decir, la misma que unos segundos antes, hace exactamente igual: lo adelanta del mismo modo.

Estos días me he preparado para estas situaciones y me he mentalizado para no perder el tiempo gesticulando y acordándome de todos los familiares de estos asesinos. Aunque dudo de la validez de recordar los datos de las máquinas de matar, tengo que memorizar la matrícula del vehículo que ha estado jugando con nuestras vidas, sí, nuestras vidas, no exagero ni un milímetro. Unos asesinos emplean pistolas o bombas para asesinar, otros emplean furgonetas, automóviles, camiones, autobuses y parece ser que es bastante menos traumático para ellos que hacerlo con un arma convencional.

No voy a extenderme mucho más con este asunto, a lo sumo y antes de que se me olvide, me gustaría imprimir en esta mísera crónica el número de la matrícula de esa siniestra furgoneta blanca, rechoncha, más ancha que alta: 4232 HGG. Tened cuidado con ella, a su conductor le gusta divertirse batiendo records de adelantar a los ciclistas que vuelven a casa a la hora de comer, cuanto más cerca mejor.

¡Qué pena que los artículos del código de circulación sirvan para recordarnos cómo debemos  circular por carreteras desiertas y, en cambio, no haya otros que se preocupen de cómo adelantan a los ciclistas los asesinos de las dos de la tarde!

Hasta pronto. Bs.

domingo, 12 de febrero de 2017

Estrés postraumático



¿Qué podría decir de nuevo de una vuelta que hemos dado mil veces? Estoy seguro de que, si sacáramos a relucir nuestros recuerdos cuando enfilamos hacia Urroz, a todos nos fastidiarían los mismos repechos, los mismos tochos de barro que dejan los aldeanos al salir del campo con el tractor; nos acordaríamos de que en la cuesta de Lérruz se le rompió la biela a Andrés; de un día que… ¡en fin, batallitas! batallitas que hacen más soportables las rectas que llevan hasta Erro.

El día lo habían pintado los “hombres y mujeres del tiempo” de color negro, con lluvia y viento. Nos la jugamos metiéndonos por un hueco que se divisaba desde la Chimenea y la apuesta nos salió bien; quitando algún que otro pinchazo, no hubo más inconvenientes para llegar a Viscarret. El bar, pequeño, estaba lleno y, al llegar nosotros, todos se fueron, pero seguía siendo pequeño: 11 cafés y un carajillo.


Por el camino de vuelta, mientras jugábamos a bajar como los profesionales, decidimos que sería bueno regresar por el mismo camino que a la ida. Formamos dos hileras y cada uno de nosotros teníamos nuestro compañero: a mí me tocó Javi y a él yo. 

De vez en cuando miraba hacia adelante y siempre veía el grupo de la misma manera, no cambiaba. Cada una de las parejas contaba sus cosas y José se había vuelto a casa harto de tanto pinchazo.

Así discurría el último cuarto de la mañana cuando levanté la cabeza alarmado por el ruido de los cuerpos y de las bicis al caer. No importa que los cuadros sean de acero, aluminio o carbono, las bicicletas suenan de manera estrepitosa mientras arañan el asfalto y los cuerpos rebotan como si de sacos de patatas se trataran. En las siguientes décimas de segundo comienza a trabajar el instinto de conservación y todo el afán del resto se centra en no hacer lo mismo que los anteriores: no caerse. 

El recuerdo es muy confuso: yo me acercaba muy rápido a un cuerpo que estaba en el suelo, justo delante de mí y en las siguientes milésimas de segundo supe que no me iba a caer. Poco a poco la caída se transformó en gritos: Juanjo se quejaba de cada una de las partes de su cuerpo y Pedro callaba. Apartamos las bicicletas de la carretera y los dos seguían en el mismo sitio. Todos ayudábamos en una situación angustiosa. Ignacio no encontraba cobertura telefónica y nos apañábamos como buenamente podíamos. Al cabo de unos minutos, aunque el dolor persistía, todo fue tomando un tono de asunción de la realidad de tal manera que, magullados, sangrantes y con la ropa destrozada terminaron el camino de regreso a casa.

Las caídas son “el pan nuestro de cada día” en nuestro deporte pero, pese a eso, es algo a lo que nunca llegaremos a acostumbrarnos. Quien no haya tenido estas experiencias, quizás no logre entenderlo y yo me alegraré muchísimo de que nunca tenga la ocasión de comprobar la angustia que se vive en esos breves instantes en los que se lucha para salvarse.

Parece que están bien.

Hasta pronto. Bs.

jueves, 9 de febrero de 2017

Velódromo "Miguel Indurain" en Tafalla (Navarra)




En el país de Mordor habían apagado las pocas luces que quedaban encendidas. El color gris sucedía al negro de la noche y se prestaba a ser el dueño del rácano día. 


Elegí la nueva, la Wilier. La introduje con sumo cuidado entre los asientos del auto y, sin hacer ruido, dentro del plumífero invernal, fui hacia el Sur. Me resultó agradable el viaje; seguramente era uno de los pocos usuarios de la autopista que no tenía otra finalidad que acercarse hasta el velódromo de Tafalla para ver de qué iba el asunto.


De reojo vi una matrícula y supe que mi amigo Ignacio aparcaba un momento antes que yo.  Los trámites de entrada fueron rápidos y sencillos, adornados con la sonrisa de la recepcionista que nos atendió. Después de un pequeño laberinto, nos introdujimos en la pelouse del velódromo.


¡Pues sí! ya estamos dentro. Hace frío, ha sido un acierto vestirnos de “invierno”. Tenemos muy presentes las obligaciones del uso de la pista y somos fieles observadores de todas las recomendaciones que nos han dado.


La pista es pequeña: todavía no he acabado con el anterior peralte y ya se acerca el siguiente. Tengo dudas de pasar a otro desocupado y, por fin, me decido a hacerlo en la recta de contra meta. Aquí no hay viento de cara, pero sopla. El suelo es de cemento y la bicicleta, a su manera, salta más de lo que me gustaría. Recuerdo las normas de uso: no tengo que “dejar de pedalear”, ni tengo que subir “más arriba de la línea roja”.


En esas estábamos cuando apareció un ciclista vestido con el uniforme del Movistar. Se imponía una revisión del sujeto y que fuera lo más discreta posible. Lo mismo podía tratarse de un vulgar cicloturista, como nosotros, que un profesional del mejor equipo del mundo. El tío tenía trazas de ser bueno; era menudo y bien proporcionado; montaba una “cabra de contrarreloj” con rueda lenticular trasera; sus manos eran casi tan negras como mis guantes y, pronto, Ignacio me aclaró que se trataba de Quintana, Nairo Quintana. “-¡Ah, Nairo! El colombiano residente en Pamplona desde hace tantos años-” “-¡No! Ahora es residente (por asuntos fiscales) en Mónaco-“.


Pues nada, a callar. Nunca sabré que hubiera hecho yo de verme en su situación: si hubiera seguido cotizando en mi, de siempre, Comunidad Navarra o me hubiese ido con mis trastos al Principado de Estefanía y compañía. ¡Una pena!


Perdón por esta pequeña interferencia, habrán sido las ondas extrañas. Estábamos en que circulábamos por el suelo ondulado del velódromo de Tafalla y que, poco a poco, habíamos aumentado el número de ciclistas: ya no éramos cuatro (un tafallés, Nairo, Ignacio y yo) ahora sumábamos siete, dos de Pamplona y un ribero, Juan Peralta, componente del equipo olímpico de España en las recientes Olimpiadas de Río de Janeiro. 


Cada uno de nosotros íbamos a lo nuestro: el de Tafalla no se metía con nadie; los de Pamplona corrían bastante; Nairo trepaba por los peraltes, bajaba sin contemplaciones y nos pasaba en las rectas sin apenas mover otra cosa que las piernas ¡daba gusto verle!; Peralta y su hermano se dedicaban a afinar su enorme máquina (el muchacho puede jugar de ala-pivot en cualquier equipo de baloncesto); nosotros aprendiendo y viendo las dos horas pasar a buena velocidad.


¿Fue bonita la experiencia? ¿La repetiríamos? Esa fueron las dudas que, al terminar, teníamos en la cabeza. Conforme pasan los días, recuerdo la mañana del pasado martes con agrado. ¡Sí! creo que repetiré.


Hasta pronto, bs.