jueves, 9 de febrero de 2017

Velódromo "Miguel Indurain" en Tafalla (Navarra)




En el país de Mordor habían apagado las pocas luces que quedaban encendidas. El color gris sucedía al negro de la noche y se prestaba a ser el dueño del rácano día. 


Elegí la nueva, la Wilier. La introduje con sumo cuidado entre los asientos del auto y, sin hacer ruido, dentro del plumífero invernal, fui hacia el Sur. Me resultó agradable el viaje; seguramente era uno de los pocos usuarios de la autopista que no tenía otra finalidad que acercarse hasta el velódromo de Tafalla para ver de qué iba el asunto.


De reojo vi una matrícula y supe que mi amigo Ignacio aparcaba un momento antes que yo.  Los trámites de entrada fueron rápidos y sencillos, adornados con la sonrisa de la recepcionista que nos atendió. Después de un pequeño laberinto, nos introdujimos en la pelouse del velódromo.


¡Pues sí! ya estamos dentro. Hace frío, ha sido un acierto vestirnos de “invierno”. Tenemos muy presentes las obligaciones del uso de la pista y somos fieles observadores de todas las recomendaciones que nos han dado.


La pista es pequeña: todavía no he acabado con el anterior peralte y ya se acerca el siguiente. Tengo dudas de pasar a otro desocupado y, por fin, me decido a hacerlo en la recta de contra meta. Aquí no hay viento de cara, pero sopla. El suelo es de cemento y la bicicleta, a su manera, salta más de lo que me gustaría. Recuerdo las normas de uso: no tengo que “dejar de pedalear”, ni tengo que subir “más arriba de la línea roja”.


En esas estábamos cuando apareció un ciclista vestido con el uniforme del Movistar. Se imponía una revisión del sujeto y que fuera lo más discreta posible. Lo mismo podía tratarse de un vulgar cicloturista, como nosotros, que un profesional del mejor equipo del mundo. El tío tenía trazas de ser bueno; era menudo y bien proporcionado; montaba una “cabra de contrarreloj” con rueda lenticular trasera; sus manos eran casi tan negras como mis guantes y, pronto, Ignacio me aclaró que se trataba de Quintana, Nairo Quintana. “-¡Ah, Nairo! El colombiano residente en Pamplona desde hace tantos años-” “-¡No! Ahora es residente (por asuntos fiscales) en Mónaco-“.


Pues nada, a callar. Nunca sabré que hubiera hecho yo de verme en su situación: si hubiera seguido cotizando en mi, de siempre, Comunidad Navarra o me hubiese ido con mis trastos al Principado de Estefanía y compañía. ¡Una pena!


Perdón por esta pequeña interferencia, habrán sido las ondas extrañas. Estábamos en que circulábamos por el suelo ondulado del velódromo de Tafalla y que, poco a poco, habíamos aumentado el número de ciclistas: ya no éramos cuatro (un tafallés, Nairo, Ignacio y yo) ahora sumábamos siete, dos de Pamplona y un ribero, Juan Peralta, componente del equipo olímpico de España en las recientes Olimpiadas de Río de Janeiro. 


Cada uno de nosotros íbamos a lo nuestro: el de Tafalla no se metía con nadie; los de Pamplona corrían bastante; Nairo trepaba por los peraltes, bajaba sin contemplaciones y nos pasaba en las rectas sin apenas mover otra cosa que las piernas ¡daba gusto verle!; Peralta y su hermano se dedicaban a afinar su enorme máquina (el muchacho puede jugar de ala-pivot en cualquier equipo de baloncesto); nosotros aprendiendo y viendo las dos horas pasar a buena velocidad.


¿Fue bonita la experiencia? ¿La repetiríamos? Esa fueron las dudas que, al terminar, teníamos en la cabeza. Conforme pasan los días, recuerdo la mañana del pasado martes con agrado. ¡Sí! creo que repetiré.


Hasta pronto, bs.




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