martes, 25 de abril de 2017

Ser o no ser, esa es la cuestión



Llevo cuatro años escribiendo las Crónicas Marcianas Ciclistas. Empecé un día que jugamos a ser ciclistas y, con la amenaza de la lluvia, apretamos el pedaleo. Aquel día patentamos el invento del ritmo centroeuropeo.
 
Los que leían aquellas primeras crónicas decían que les gustaba verse reflejados en lo que escribía y reconocer las aventurillas que relataba. Hubo uno, un ultrafondista por más señas, el que me dijo que, cuando más le gustaban mis escritos, era cuando no hablaba de ciclismo. No dejé caer en saco roto aquel comentario y procuré salpicar la bicicleta con otros asuntos. Encontré un filón con la crítica a los profesionales del motor y al movimiento de los que tienen la suerte de acudir diariamente al trabajo. ¡Ah!  Los padres que llevan a sus hijos al colegio también tuvieron y tienen cabida en mi corazón.

Cada vez espacío un poco más las crónicas y es que no me encuentro inspirado. De vez en cuando hago un “examen de conciencia” y siempre llego a la misma conclusión: el riesgo de practicar el ciclismo me tiene acojonado. En esta situación ¡cómo voy a estar inspirado para escribir! 

El ciclismo desde siempre me tiene enamorado; no tengo ninguna duda de que la ilusión de sentirme un Balaverde la cogí cuando era un niño de siete años y todavía no se ha ido atomarporsaco. Cuando salgo con la grupetta sé que tarde o temprano la gozaré, me reiré, sufriré, volaré, seré el mejor, el peor, el rey del mambo, de reojo miraré en los ventanales de los concesionarios de automóviles y veré pasar al sucesor de Induráin… 

Bien, entonces ¿por qué estoy acojonado? lo he dicho un poco más arriba: nuestro compañero el tráfico, el que está a nuestro lado en cuanto salimos a la calle ha conseguido que mi otro acompañante diario sea el miedo. Tengo mucho miedo a coger la bicicleta para gozar encima de ella ¡qué cosas! Miedo a sentirme libre, a reír, a sufrir, a ser el mejor y el peor.


En mi cabeza hay un alboroto de noticias: todos los días los periódicos hablan de atropellos a peatones y ciclistas; las calles no son seguras ni para unos ni para otros; en este asunto no hay distinción entre los profesionales y los globerillos, todos entramos en el mismo saco y corremos el mismo riesgo. Las carreteras cada vez están más estropeadas y en lugar de aquellos arreglos maravillosos de los que alardeábamos antaño, ahora lucimos petachos realizados con desgana y poco gusto; el tráfico pesado se escapa de las vías de pago y se refugia en carreteras que tenían que ser nuestras y del aldeano del pueblo ¡de nadie más! ¿Qué pintan camiones de gran tonelaje, diseñados para las rutas internacionales, circulando por carreteras comarcales con el fin de evitarse pagar un peaje? 

Dicen que cada uno de nosotros “comenta la feria según le va en ella”, pues mi feria es el ciclismo, un deporte maravilloso sometido a la tiranía del tráfico y de los que teniendo en su mano la posibilidad de hacer algo ¡algo por él! no hacen nada.

Todo esto que escribo no tiene otra salida que el cesto de los papeles, el mundo va a seguir igual por mucho que yo ¡pobre de mí! escriba esta crónica. Descerebrados, distraídos, asesinos, drogadictos y borrachos pueblan las carreteras y nosotros con ellos, así que no me creo que una “campaña de concienciación” pueda arreglar el asunto. Un slogan al estilo de aquel “hacienda somos todos” no le veo ningún futuro; una mujer estupenda en ropa interior, colocada debajo de un termómetro en el cruce de una avenida y recordando a los automovilistas que tenemos que ser respetuosos con los ciclistas, tampoco; siempre habrá algún parabrisas lleno de polvo con el sol en los ojos que nos impida ver a un madrugador vestido de torero; más de una vez no nos verán y lo sentirán ¡vaya que lo sentirán!

Creo que no tenemos escapatoria, solo hay dos soluciones: tener mucha suerte y librarnos por los pelos o… dejarlo.

Ser o no ser, esa la cuestión.

Hasta pronto. Bs.