Dicen que cuando a un pollo se le corta la cabeza, éste
puede corretear durante un tiempo sin necesidad de llevarla pegada al cuerpo.
Yo no he visto semejante fenómeno en mi vida, pero como lo he oído tantas
veces, mil o más, he terminado por creerme tal mentira.
No seré yo quien se queje ante
esta noticia, al contrario, me gusta que llueva y que muestre la ciudad en su
estado natural: de color verde. Que en la Vuelta del Castillo se juegue a snooker y nadie se queje; que poco a
poco las aguas vuelvan a sus cauces y que los chubasqueros sean el pan nuestro
de cada día.
Pero tenemos muy mala memoria y
enseguida nos acostumbramos a lo “malo”. Somos capaces de maldecir a los días
nublados y emulamos sin vergüenza a los que emigran a Benidorm: ¡vivan los culottes y maillots de verano aunque estemos en noviembre!
Y así estamos estos días en los
que ha aparecido el agua, parecemos pollos a los que les hayan cortado la
cabeza: correteamos raudos a descorrer las cortinas de la sala para mirar al
Este y al Oeste, cuán cargadas vienen las nubes; si antes o después de Ezkaba
la cosa está chunga; no se divisa Alzuza; “¿qué
tal está El Perdón?”; “ni se os
ocurra ir hacia Goñi, la lluvia viene de la Barranca”… Resignados volvemos
a la butaca hasta que un ligero rayo de sol ilumine la casa de enfrente, ¡vana
ilusión! Ha sido un nubarrón al que no le ha dado tiempo de juntarse con el
anterior y, por el hueco, se ha escapado un mísero haz de luz que ha iluminado
la mojada fachada de los que, como nosotros, miran en su caso hacia el Sur.
El WhatsApp echa humo y todos nos
atrevemos a vaticinar que mañana a las nueve “deja”. El de la aplicación más
avanzada replica que “de eso nada, que
hasta las 9,30 no se podrá salir”. Como vulgares vendedores de mercadillo,
llegamos al acuerdo de juntarnos a las 9,15, “ni pa ti ni pa mí”. Todos nos vamos a la cama y, al levantarnos,
nuestra primera visita es al ventanal para ver cómo ha maniobrado la noche. La
noche no se ha aliado con nuestros deseos y, al contrario, el camión de riego
de la Mancomunidad ha hecho su trabajo, dejando las calles como si hubiera
pasado la tormenta perfecta.
Ante esta
visión no queda otra que retirarse y volver unas cuantas veces más,
correteando, a la ventana con la esperanza de que la aplicación más mísera haya
tenido razón y se pueda salir en bicicleta a las 9,45; tal vez a las 10,00, o
quizás a las 10,30.
¡Me rindo! Adiós mundo cruel
bicicletero; no he de romperme la cabeza con tanto ir y venir nunca más; una
vez tomada la decisión, prometo no volver a tocar las cortinas ¡se
acabó! Me voy a la piscina, a tomar un café, a juntarme con los del grupo, a lo
que sea, pero no quiero que nadie me confunda con un pollo.
Hasta pronto. Bs.

