lunes, 22 de junio de 2015

Desde Roncesvalles a Ortzanzurieta y vuelta.




No es cosa de andar por los mismos lugares de siempre. Los alrededores de Pamplona, en un radio de 50 kilómetros, están tan trillados que cada uno de nosotros tenemos nuestro correspondiente carril adquirido a lo largo de tantos años. 

La grupeta se desintegra los lunes y yo me encuentro solo. Con desgana me levanto de la cama y, como un autómata, hago el mismo ritual de todos los días. Todavía no tengo decidida la ruta, pero observo cierta resistencia a repetir la visita a Ultzama. Poco a poco una idea va tomando forma y definitivamente el destino ciclista de hoy será el siguiente: echaré mano del automóvil para adentrarme en el “tontódromo”; adelantaré a los madrugadores de la bici y subiré Erro sin sudar; me cruzaré con andarines peregrinos en las cercanías de Viscarret; dejaré atrás Mezquiriz, Espinal, Burguete y buscaré un lugar para aparcar en Roncesvalles.


Estoy a la sombra de la Posada y me preparo sin prisas. Dejo un CD sonando y una pareja de peregrinos se me acerca sonriente: -“Oye, estábamos comentando lo bonita que nos parece esa canción que suena”-
-“Hola, ¿sí?; el cantante se llama Rodríguez, es norteamericano, pero con ascendencia de un poco más abajo, de Méjico”-
-“Hombre, con ese nombre lo recordaremos fácilmente, muchas gracias.
-“Buen camino”-




Tengo un lunes como una casa de grande. El tramo que me separa del Alto de Ibañeta lo hago sin prisa alguna y me parece que no fui yo quien subió el sábado a San Miguel de Aralar por la pista de cemento. 


El día es azul, luminoso; el viento se ha levantado y viene del sur. Los primeros metros de la ascensión a Ortzanzurieta se me hacen eternos. El suelo está a punto de la destrucción total y el aire se empeña en inclinarme. Por fin llego al refugio del bosque y voy recordando que por aquí, en otros tiempos, cuando todavía el ciclismo no me quitaba tantas y tantas horas, era visita obligada casi semanal la ascensión al “repetidor”. No importaba que la nieve llegara hasta nuestras rodillas, las de Charly y las mías. Esta montaña tenía un poder de atracción enorme para nosotros y semana tras semana nos imponíamos la necesidad de subir y bajar “a ritmo de mucho preocupar”. 

Todas estas cosas ayudan a evadirme de la dureza de la ascensión y, sin darme cuenta, me he quitado lo peor de la subida: estoy en el Collado de Lepoeder. Parece que los peregrinos que han iniciado el Camino en San Juan de Pie de Port vienen cansados; todos aprovechan para tirarse en la sombra o para animarme mientras almuerzan con la sonrisa en la cara. Con alguna duda reconozco el paisaje mientras termino de jadear con cariño.



He llegado. ¡El “repetidor” ha desaparecido! de él no queda ni el más ligero rastro y, si algo hay, estará debajo de las hierbas. Un poco más abajo las vacas pastan mientras no me hacen caso. Un vértice geodésico se resquebraja a fuerza de resistir tantos y tantos inviernos y aprovecho para tirar unas cuantas fotos. No quiero regresar, se está bien aquí. Me imagino que los montañeros, los de verdad, los que hacen “ochomiles” por doquier, sentirán lo mismo que yo al tener que abandonar lo que tanto ha costado conseguir. Habrá que volver otro día.

La bajada hacia Ibañeta la he hecho con desidia, sin correr, recreándome en la suerte, sorteando baches y caminos llenitos de hierba fuerte y mullida. En el último tramo del descenso me he fijado en los restos de lo que fue o pudieron ser los pilares de los arrastres de una estación invernal de sky que, a mediados del siglo pasado, llegó a funcionar o no, no lo sé.


Por un día he logrado escaparme de la rutina ciclista. Apenas el Garmin ha señalado 15 kilómetros, ¡sí! la vuelta de hoy en cuanto a distancia no da para más, pero en cuanto a buenos recuerdos es la leche.

Hasta pronto. Bs.

sábado, 13 de junio de 2015

Hoy toca una vuelta extraña



No, no es que los lugares sean desconocidos, lo que ocurre es que juntarlos todos en un día no es muy frecuente. 

¿Quién ha subido el Puerto de Echauri? Los ciclistas de la Comarca de Pamplona, los de Tierra Estella, los de Tafalla, Los de La Barranca y cualquiera que se precie de ser un madelman… todos. Pues bien, hoy hemos ido otra vez al señorón Puerto de Echauri. Sigue como siempre: terco en los dos primeros kilómetros, monótono hasta el 17, encantador hasta la curva del 18, parecido hasta el 19 y con ganas de meter prisa cuando se divisa el mirador en la recta que lleva hasta el 20. Lo malo viene cuando me entero del tiempo que hemos hecho ¡qué mala idea! ¿Para qué sirven los cronómetros? ¡¿Para decirte lo que ya sabes?! Mejor dejarlo como está, ha sido una bonita ascensión y, como se dice ahora, con muy agradables sensaciones.

Prosingons. Cuando apenas  llevábamos un kilómetro de bajada, que nadie se sorprenda si le digo que nos hemos metido en el cruce de Muniain. Carretera estrecha y con el cielo negro zumbón. La memoria nos decía que si volvíamos a dejarnos querer por otro cruce a la derecha, subiríamos un costalón de mucho respeto. La cosa no ha sido para tanto; una de dos: o subimos mucho o la memoria cada vez la tenemos más frágil. Yo diría que era un haya gigantesca la que nos ha mirado cuando estábamos a punto de terminar con la cuestecica. Había muchas más y de todas las clases y familias. Por la otra vertiente la carreterita nos pedía a gritos una bici de monte, pero no podía ser, hoy las flacas eran las reinas, como siempre. Barro y baches hasta la carretera de Azanza.

Andrés ha tomado las riendas del asunto y hemos ascendido el repecho sur del Puerto de Ulzurrun a tuta la oxtia, como debe de ser. Siempre que bajo hacia Anoz, me doy cuenta de la pendiente que tiene este jodido. Ya estamos en la carretera que lleva a Irurzun y comunico a la agradable compañía que hoy no, hoy toca subir al pueblo de Atondo, famoso por su criminal repecho en forma de Muro de Huy. Menos mal que cuando el personal comienza a apurarse, se da cuenta que no hay que ir “por ahí”, sino un poco antes hay que girar a la derecha, justamente detrás del camión de la basura que nos ha adelantado a comunicar cosas interesantes a los “escapados”, digo: a descargar los contenedores que estaban 50 metros más adelante y que ahora nos impiden adelantarles. Lo hacemos pisando la hierba y los dejamos atrás, tanto al camión como a los contenedores. El muy cabrón se nota que está entrenado y viene a por nosotros con ahínco; Ricardo se queda haciendo una maniobra de ayuda a los jefes de fila y el mastodonte no puede adelantarle en la mísera carretera que lleva a Erice de Iza.

Desembocamos en la que yo suelo llamar “carretera de Bilbao” y nos vamos deprisa hacia el cruce de Gulina; sí, el mismo, el que lleva al altillo de Cía y luego a Oskoz, Echalecu y Jaunsarás. Aquí suelen dar pincho de tortilla y hoy había, así que parada y charla. Poco a poco se va a convertir el lugar en la “txirrindularitza” de la zona.

Ahora viene lo bueno, se acabaron las cuestas y todo llano hasta Pamplona. Llevaba mucho tiempo sin levantar apenas la vista del suelo y he sentido curiosidad por saber qué teníamos encima de nuestras cabezas: nubes con el color tradicional de los chaquetones de los capitanes de barco, azul marino. En el cruce de Elzaburu nos hemos puesto los chubasqueros y es que ¿para qué queremos llevar el “plástico” en el bolsillo cuando llueve con garbo? Ahí ha sido cuando nos han pasado dos madelmanes y, al rato, nosotros a ellos… y al de más allá también. Una vez metidos en estos menesteres y, más aún, cuando deja de llover, hay que repetir la maniobra anterior en sentido inverso: hay que quitarse las susodichas prendas e intentar atrapar a los escapados. En esas estábamos cuando otra nube, también vestida de capitán de barco, nos ha alcanzado y ha dejado la carretera parecida al pantano de Yesa: llena de agua. Otra vez… ¿lo repito? ¡Sí, lo del chubasquero! Yo me rindo, haga lo que haga no me lo voy a quitar, al fin y al cabo estamos a 15 kilómetros de terminar de mojarnos.

Esto ha sido todo por hoy. 105 kilómetros recorriendo lugares de uso más o menos cotidiano, salvo el trayecto del cruce de Muniain al de Azanza, pero que no es muy frecuente juntarlos a todos en la menestra que hoy nos ha dado por cocinar.

Hasta pronto. Bs.