No es cosa de andar por los
mismos lugares de siempre. Los alrededores de Pamplona, en un radio de 50
kilómetros, están tan trillados que cada uno de nosotros tenemos nuestro
correspondiente carril adquirido a lo largo de tantos años.
La grupeta se desintegra los lunes y yo me encuentro solo. Con desgana
me levanto de la cama y, como un autómata, hago el mismo ritual de todos los
días. Todavía no tengo decidida la ruta, pero observo cierta resistencia a
repetir la visita a Ultzama. Poco a poco una idea va tomando forma y
definitivamente el destino ciclista de hoy será el siguiente: echaré mano del
automóvil para adentrarme en el “tontódromo”; adelantaré a los madrugadores de
la bici y subiré Erro sin sudar; me cruzaré con andarines peregrinos en las cercanías
de Viscarret; dejaré atrás Mezquiriz, Espinal, Burguete y buscaré un lugar para
aparcar en Roncesvalles.
Estoy a la sombra de la Posada y me preparo sin prisas. Dejo un
CD sonando y una pareja de peregrinos se me acerca sonriente: -“Oye, estábamos comentando lo bonita que
nos parece esa canción que suena”-
-“Hola, ¿sí?; el cantante se llama Rodríguez, es norteamericano, pero
con ascendencia de un poco más abajo, de Méjico”-
-“Hombre, con ese nombre lo recordaremos fácilmente, muchas gracias.
-“Buen camino”-
Tengo un lunes como una casa de grande. El tramo que me separa del Alto de
Ibañeta lo hago sin prisa alguna y me parece que no fui yo quien subió el
sábado a San Miguel de Aralar por la pista de cemento.
El día es azul, luminoso; el
viento se ha levantado y viene del sur. Los primeros metros de la ascensión a
Ortzanzurieta se me hacen eternos. El suelo está a punto de la destrucción
total y el aire se empeña en inclinarme. Por fin llego al refugio del bosque y
voy recordando que por aquí, en otros tiempos, cuando todavía el ciclismo no me
quitaba tantas y tantas horas, era visita obligada casi semanal la ascensión al
“repetidor”. No importaba que la nieve llegara hasta nuestras rodillas, las de
Charly y las mías. Esta montaña tenía un poder de atracción enorme para
nosotros y semana tras semana nos imponíamos la necesidad de subir y bajar “a ritmo de mucho preocupar”.
Todas estas cosas ayudan a evadirme
de la dureza de la ascensión y, sin darme cuenta, me he quitado lo peor de la
subida: estoy en el Collado de Lepoeder. Parece que los peregrinos que han
iniciado el Camino en San Juan de Pie de Port vienen cansados; todos aprovechan
para tirarse en la sombra o para animarme mientras almuerzan con la sonrisa en
la cara. Con alguna duda reconozco el paisaje mientras termino de jadear con cariño.
He llegado. ¡El “repetidor” ha desaparecido!
de él no queda ni el más ligero rastro y, si algo hay, estará debajo de las
hierbas. Un poco más abajo las vacas pastan mientras no me hacen caso. Un
vértice geodésico se resquebraja a fuerza de resistir tantos y tantos inviernos
y aprovecho para tirar unas cuantas fotos. No quiero regresar, se está bien
aquí. Me imagino que los montañeros, los de verdad, los que hacen “ochomiles”
por doquier, sentirán lo mismo que yo al tener que abandonar lo que tanto ha
costado conseguir. Habrá que volver otro día.
La bajada hacia Ibañeta la he
hecho con desidia, sin correr, recreándome en la suerte, sorteando baches y
caminos llenitos de hierba fuerte y mullida. En el último tramo del descenso me
he fijado en los restos de lo que fue o pudieron ser los pilares de los
arrastres de una estación invernal de sky que, a mediados del siglo pasado,
llegó a funcionar o no, no lo sé.
Por un día he logrado escaparme de
la rutina ciclista. Apenas el Garmin ha señalado 15 kilómetros, ¡sí! la vuelta
de hoy en cuanto a distancia no da para más, pero en cuanto a buenos recuerdos
es la leche.
Hasta pronto. Bs.