Jueves. De un tiempo a esta parte
hemos decidido que el jueves sea un buen día para dar una vuelta en bicicleta
con fundamento. Atrás ha quedado la otra cita importante del fin de semana y la
del martes está bien, pero no, no, nada que ver con la de hoy; además está
todavía lejos de la del week end próximo
y hay días entre medio para recuperar.
Pues bien, con el presagio del
calor a cuestas he salido a la calle y un vecino de la casa de al lado me ha dejado
atrás sin contemplaciones. El sujeto tenía prisa, ha sorteado a los pocos
peatones de la acera y ha cruzado con el semáforo en rojo. No me ha tentado
seguirle y he ido tranquilo. Le he alcanzado en Abejeras y se ha vuelto a
escabullir por el “carril-bici”. Le he perdido de vista sin remisión cuando,
otra vez, nos ha dejado a todos plantados en el semáforo de la Plaza de los
Fueros. Se nota que es un experto: en pocos metros y tiempo se ha saltado todos
los semáforos en rojo que ha encontrado
a su paso y los que le quedaban.
Como el tío en cuestión es
conocido por el resto del grupo, les he contado lo que acabo de escribir y lo
he ampliado comentando un par de videos que recientemente han editado en Facebook: en el primero alguien instaló
una cámara en un cruce protegido por su bosque de semáforos y, a lo largo de
dos horas, se puede ver que la inmensa mayoría de los ciclistas se pasan (nos
pasamos) por el forro la indicación de una luz de color rojo. Unos más deprisa
que otros; algunos temerosos como el que hace algo malo; los hay
despreocupados; maleducados; prepotentes. No creo que la película estuviera
trucada, pero en mi recuerdo estoy por decir que no era la mayoría, sino todos
los que cruzaron por ahi sin parar. Bueno, no hay que exagerar, hubo un buen número
de ellos que lo hicieron bien: aquellos que pasaron cuando la bombillita estaba
en “verde”. Al César lo que es del César.
El otro vídeo reflejaba que en
todas las partes del mundo cuecen habas o al menos en Gran Bretaña. Ya se sabe,
la clásica carreterita con su “carril bici” al lado y todos, como buenos
ingleses, circulando por la izquierda. El “carril-bici” vacío y la carretera
llenita de colorido: ciclistas, coches y motociclistas. En eso un energúmeno
con furgoneta arrincona a un ciclista con “gopro” y claro… cisko al canto. No
importa que estuviéramos en la Gran Bretaña, se decían lo mismo que si hubieran
estado en la Avda. de Galicia: hijoputa, cabrón, gordo de mierda,
mecagüentuputamadre, te voy a matar, etc. ¡para qué seguir si todos sabemos lo
que se dice en estas ocasiones! Estoy por borrarlo porque es un poco
reiterativo ¡en fin! Lo voy a dejar, pero que conste que los de la “flema”
dicen las mismas barbaridades que los de Pamplona, en inglés, pero igualito.
Se me había olvidado que, a todo
esto, nosotros estábamos andando en bicicleta y que, entre una cosa y otra, ya
habíamos dejando atrás el Valle de Ultzama y que la tranquilidad del valle había
pasado a mejor vida, ahora estábamos disputando el sitio a los profesionales de
la N-121-A, ya se sabe: murcianos, almerienses, portugueses, búlgaros, polacos,
algún despistado de Navarra y… nosotros, cinco chavales navarros dispuestos a
subir por la parte sur el majestuoso Puerto de Velate. ¡Y pensar que por esta
calzada llena de socavones circula el apabullante tráfico cada vez que en los túneles
hay una gotera más gorda que la otra! Hoy sólo hemos bajado nosotros, por
cierto bastante rápido, camino del almuerzo en Santesteban.
Son 23 los kilómetros que separan
el bar del alto de Oroquieta. Yo creo que los hemos cubierto de una manera muy
decente. Hemos mantenido un ritmo elegante en las rampas facilonas, hemos
apretado el culo en los costalones y nos hemos empecinado en no quedarnos
cuando el tufillo de la “meta de la montaña” acariciaba nuestras narices.
Ya se sabe que la zona que
discurre por Basaburua, Ultzama, Odieta y Ezcabarte está diseñada para el
lucimiento personal de los ciclistas y nadie que se precie la desprecia. El
calor comenzaba a fastidiar, las piernas se quejaban y algunos llevaban las manos dormidas; lo de
siempre, esto suele suceder cuando el Garmin señala 125 kilómetros y se procura
emular a los pross.
Esto es todo por hoy. Ya sabéis:
nada nuevo bajo el sol. Los ciclistas somos una especie que nos creemos más
protegidos cuando nos pasamos un semáforo en rojo (tal vez sea debido a que
circulamos a una altura similar a los de los 4x4, tal vez) y tanto los
ingleses, franceses, españoles, argentinos, italianos, etc. sabemos decir, en
nuestros correspondientes idiomas, las mismas barbaridades.
Hasta pronto. Bs.
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