jueves, 5 de diciembre de 2013

Templando al "moniko"


El moniko se encuentra en los últimos días de su gestación. Seguramente nacerá de manera incontenible en los primeros días del mes de enero. Poco a poco se muestra con ganas de darse a conocer; hasta ahora es fácil soportar sus impertinencias.

Ayer, al revisar el registro de salidas del año, vi que hacía justamente un mes desde la última en condiciones. Aquel día nos acercamos a la Valdorba y guardo un buen recuerdo del desarrollo de la marcha. Después de eso ¡nada! Bueno, sí, 195 kilómetros en un mes. No me quejo de la decisión que tomé de no acudir como alma en pena a los visillos de las ventanas. Los gimnasios y las piscinas merecen la pena visitarlos de vez en cuando y eso es lo que he hecho y seguiré haciendo. Los tonos azulenkos del cielo, sustituidos por los “panza burro”, seguro que no nos van a dejar de aquí a entonces.

Ignacio y yo planeamos hace una semana que hoy, hiciera lo que hiciera, íbamos a salir en bicicleta. Fue una especie de apuesta o bravuconada, no lo sé, pero hoy a las 10 de la mañana los que no estaban no nos han visto aparecer en nuestro banco preferido de Cizur. No es tiempo para peregrinar.

Me he reencontrado con lo habitual: viento, frío, ruido en las orejas, respiración agitada, una cierta ansiedad por terminar de subir la cuesta de Subiza ¡lo de siempre! Y así, andando con mi vieja Rossin, hemos desembocado en Campanas. Nuestra propuesta consistía en visitar el Cerco y tomar el café en Puente la Reina pero, un momento antes del Carrascal, Ignacio me ha advertido de que la rueda trasera iba baja. Antes de apearnos, nos han alcanzado los de Orvina con el desertor del trío tirando con fuerza.

No hay cosa mejor que arreglar el obús trasero para que todas tus intenciones de visitar Artajona se vengan abajo. –“¿Qué tal si vamos directamente a Puente e intentamos alcanzar a esa cuadrilla de desaprensivos?”- ¡D’acord, vamos!

¡Jodé d’acord! Imposible seguir el ritmo de Ignacio. Dos o tres relevos por aquello del “qué dirán” y olvídate de subir la variante de Enériz. Enseguida hemos llegado a La Conrada después de un intento fallido en la pastelería de al lado. Confraternización con los “desaprensivos” de antes y saludos cordiales que diría el “enano de la Ser” (perdón).

Tenía una pizca de preocupación por saber cómo iba a subir la cuesta de Artazu, el aire daba de frente y el miedo es libre. No ha habido problema alguno en alcanzar el cruce de Orendáin y seguir hacia Pamplona con visita previa a Paternáin.

Diría que ha sido una toma de contacto agradable, de las que sirven para no olvidar del todo el pedaleo de verdad, el que no tiene nada que ver con el de “conserva” encima de una estática. No obstante, quiero hacer una confesión: esta vueltita de reencuentro con la realidad, con apenas 75 kilómetros de recorrido, subiendo hacia el trastero se ha manifestado en forma de dolorcillos previos a las agujetas. Cosas de la vida.

King-Kong sigue a lo suyo y el chavalín apenas alcanza los dos metros de ancho. No hay miedo, todavía se le puede dominar, aún no ha visitado la calle Morgue…

Hasta la próxima. Bs.

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