Está visto que el frío es algo
subjetivo y relativo. Cada uno de nosotros tenemos una visión particular del
asunto y lo que para unos es un “frío de cojones” para otros “no es para tanto”.
Luego, ya metidos en harina, cuando se lleva una temporada soportando
temperaturas por debajo de 0º grados, cualquier día que amanece por encima de
los 5º decimos que “hase caló por la carretera”.
Bien, a lo que iba. El termómetro
señalaba 7 grados positivos, el cielo grisáceo y la niebla asomando por los
límites del pueblo. Ante esto ¿qué diríamos para definir el día que nos ha
tocado en suerte? Yo, a riesgo de quedar con el culo al aire, digo que hacía
frío, que todos íbamos forrados hasta las cejas, que daba mucha pereza moverse
y que el suelo de la carretera había
tomado la apariencia del típico color de los sobacos de los grillos: negro
brillante.
Cuando todas estas cuestiones se
juntan, tiendo a adoptar la postura del “ovillo” y espero a que, poco a poco,
la respiración se normalice, los gallos galleen, las cuestas se terminen y que
de lo que menos me acuerde es del frío que estoy pasando. No hace falta mirar a
la cara para saber quién está en el lado derecho, a quién pertenece esa bici
negra que adelanta por la izquierda o quién es ese “maromo” que necesita más
espacio que el resto de “jichos” y que llevas delante de tu rueda delantera. Tampoco
es necesario echar mano del GPS para determinar la situación exacta del
pelotón; todos sabemos cuánto nos falta para acabar este repecho y si el
próximo lo subiremos decentemente.
El camino de aproximación a
Izagaondoa se ha cubierto con todos los ingredientes que acabo de exponer y en
la subida a Artaiz se ha visto lo que resulta normal en todas las carreras de
profesionales: a unos les parece insuficiente el ritmo de carrera y otros
opinan que, a estas alturas de la temporada, no es bueno atosigar a los
bronquios con respiraciones alocadas, por lo que resulta conveniente y hasta imprescindible tener a mano(*) una solución
para dar respuesta a tanto loco que anda
suelto(*).
El segundo grupo también ha llegado a Lumbier y, a partir
de entonces, ha empezado el día de descanso para Ignacio y para mí. Hemos
subido Loiti contándonos nuestras aventuras. Las rotondas, lugar fatídico para
tantos profesionales de la medicina, las hemos solucionado con una mano en el
manillar y la otra acariciando las costuras del Attaque. Por lo demás, la antigua carretera de Sangüesa se ha
convertido en el refugio preferido para un gran número de ciclistas y,
sobretodo, para patinadores. Me asombra ver la velocidad que alcanzan y con
aparente poco trabajo ¡una maravilla!
Así, sin esfuerzo, hemos llegado
a casa con el tiempo suficiente para tomarnos un café en Esquíroz y repasar
todo y más.
Hasta pronto. Bs.
(*) Tomado prestado a J.M.
Serrat.
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