A punto de sonar el despertador, a eso de las siete de la mañana, la
negrura del cielo invita a quedarse en la cama,
mandar al carajo las intenciones de la noche anterior y dejar para el
verano próximo las vueltas en bicicleta. Decido dar otra oportunidad al del
telón negro y desayuno tranquilo mientras leo el “diario”. Poco a poco llegan
las ocho y todo sigue igual: oscuro.
La normalidad comienza a
apoderarse de la ventana y las nubes dejan a regañadientes su color nocturno. Ignacio
no está tranquilo, me avisa de que en Esquíroz está lloviendo y sospecha que
sucede lo mismo en todo el lejano perímetro que rodea su casa. Juanjo está
valiente y no le asusta el panorama, sólo propone cambiar la bicicleta de
carretera por la de monte. A las 9,30
horas en Cizur con las “gordas”
No sé qué pasará de mañana en
adelante pero hoy la Ruta de Santiago estaba igual de transitada que siempre. No
importa que sea otoño, quiera llover o que avisen bajada de temperaturas; la edad no supone ningún obstáculo, tampoco
que estén gordos; unos llevan un bastón, otros dos y otros… ninguno. Pantalones
largos, cortos, con gorros unos y con pañuelo en la cabeza los demás. ¡Ánimo,
sólo os quedan 750 kilómetros!
Salimos camino del polideportivo
de Cizur y ascendemos hasta situarnos en el alto que domina la Cendea. Al
frente tenemos el Cabezón de Echauri y a la derecha la Cendea de Olza. El cielo
sigue a lo suyo e Ignacio ha decidido visitar, levemente, el suelo.
Bajamos hacia Gazólaz y acortamos
por el viejo camino del cementerio para pedalear rumbo a Ibero. Apenas tenemos
contacto con los humanos. Desde el pueblo de Irujo tomamos dirección hacia la
“Chopera de Asiáin”. Bordeamos las instalaciones del C.D. Pamplona y nos
metemos en el laberinto de caminos que martirizan el campo. La intuición ha
trabajado bien y llegamos a Aldaba; no se ve a nadie por las calles, si alguien
nos mira es a través de los visillos; tampoco hay perros, están en la cocina
dormitando. El frontón podría acoger a cualquier partido de postín televisado y
las casas son dignas de las revistas especializadas en pueblos elegantes.
Enfilamos hacia Zuasti y, cosa
extraña, en la empinada cuesta que comienza en el túnel se nos queda “el
escalador”. Llegamos al Area de Servicio y nos atracan: - café con leche a
1,80€; el café cortado resulta un poco más barato, sólo cobran 1,70€ ¡qué
locura!
Seguimos insistiendo por los
caminos que llevan a Añézcar y nos situamos en la antigua vía del Plazaola. Por
el pueblo de Berriozar nos introducimos en La Rochapea y miramos al GARMIN: son
las 12 del mediodía y aparecen en un recuadro pequeñito dos cifras: 45.
Los kilómetros resultan pocos
pero son como “Pancho López”: Chiquito
pero matón.
Hasta otra. Bs.
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