Aquel que dijo que las bicicletas
son para el verano tenía mucha razón. A la hora de levantarse todavía está el
cielo negro y las nubes hacen pensar que, tal vez, nos equivocamos en hacer
planes la tarde anterior.
El aseo transcurre entre un ir y
venir hacia la ventana con la esperanza de que, la mala impresión de hace un
rato, se vaya transformando en un proyecto de mañana pasable. Van a dar las
ocho y media y es tiempo de decidirse: ¿vamos o no? ¡vamos!
Bueno, a lo nuestro. La vuelta
que dimos no tiene nada de particular. Ya se sabe, se enfila por la carretera
de Urroz para tomar rumbo hacia Campanas. En el Carrascal girar hacia la
derecha para, después de 13 kilómetros, llegar a Puente la Reina tras hartarnos
de jugar a profesionales del pedal.
La terraza de La Conrada estaba a
rebosar de ciclistas. Parecía como si todos hubiéramos leído la misma predicción
del tiempo y nos hubiésemos convencido de que lo bueno estaba en Valdizarbe.
Todos sin excepción participábamos en la categoría de Master 60 (perdón, creo
recordar que uno todavía entraba en la de 50 y, algún otro que se escabulló
buscando el urgente alivio del retrete, participaba con los de 70).
Me imagino que con el ciclismo
ocurre lo mismo que en otros deportes: no tengo ninguna duda de que más de un
internacional del fútbol, recordará a los compañeros que tuvo cuando jugaba en
la primera concentración con la selección sub-16. Lo mismo que pasa con los
compañeros del colegio o de la “mili”; no se sabe qué ocurre en nuestro
cerebro, pero son caras con sus respectivos nombres que quedan grabados y, con
alguna duda, los recordamos aunque su aspecto no tenga nada que ver con la de
entonces. Lo mismo que la canción de “Penélope” de Juan Manuel Serrat pero al
revés: Penélope esperaba a su joven amor y quien regresó fue un vejestorio a
quien no recordaba de nada.
¿Sabéis por qué hablo de fútbol, de la mili, del
colegio y de Serrat? Es que ayer, en la susodicha terraza, estaban almorzando
tres hermanos Urtasun: A Mari no le veía desde antes del accidente que tuvo y
de esto han pasado entre 20 y 30 años; a Fermín algo menos pero también un
montón y a Javier otro tanto. A todos se nos removió el resorte del anecdotario
y, de no ser porque había que regresar, todavía estaríamos hablando de lo bueno
que éramos entonces, de lo bien que subíamos tal o cual puerto y de las bicis
tan bonitas que teníamos.
¡Fuimos unos verdaderos madelmanes! unos adelantados
a nuestro tiempo y que, sin querer, marcamos el camino de lo que se llamó la madelmanía.
Hasta pronto. Bs.
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