miércoles, 23 de septiembre de 2015

Recordar, dicen, es volver a vivir



Aquel que dijo que las bicicletas son para el verano tenía mucha razón. A la hora de levantarse todavía está el cielo negro y las nubes hacen pensar que, tal vez, nos equivocamos en hacer planes la tarde anterior. 

El aseo transcurre entre un ir y venir hacia la ventana con la esperanza de que, la mala impresión de hace un rato, se vaya transformando en un proyecto de mañana pasable. Van a dar las ocho y media y es tiempo de decidirse: ¿vamos o no? ¡vamos!

Algo bueno ha traído el atropello de hace un mes: me he vuelto mucho más cauto; no doy por buena ninguna actitud de los conductores hasta que estoy completamente seguro de que me han visto y de que van a parar. Es curioso, ayer estaba en Azpilagaña esperando a Ignacio, subido en la acera y cerca del “carril-bici”, sin intención alguna de cruzar la calle y, bien, no me acuerdo cuántos conductores pararon sus automóviles y me hicieron una señal con la mano animándome a que cruzase ¿Veis cómo todavía quedan buenas personas en este mundo y, lo que es mejor, ¡nos ven!? 

Bueno, a lo nuestro. La vuelta que dimos no tiene nada de particular. Ya se sabe, se enfila por la carretera de Urroz para tomar rumbo hacia Campanas. En el Carrascal girar hacia la derecha para, después de 13 kilómetros, llegar a Puente la Reina tras hartarnos de jugar a profesionales del pedal.

La terraza de La Conrada estaba a rebosar de ciclistas. Parecía como si todos hubiéramos leído la misma predicción del tiempo y nos hubiésemos convencido de que lo bueno estaba en Valdizarbe. Todos sin excepción participábamos en la categoría de Master 60 (perdón, creo recordar que uno todavía entraba en la de 50 y, algún otro que se escabulló buscando el urgente alivio del retrete, participaba con los de 70).


Me imagino que con el ciclismo ocurre lo mismo que en otros deportes: no tengo ninguna duda de que más de un internacional del fútbol, recordará a los compañeros que tuvo cuando jugaba en la primera concentración con la selección sub-16. Lo mismo que pasa con los compañeros del colegio o de la “mili”; no se sabe qué ocurre en nuestro cerebro, pero son caras con sus respectivos nombres que quedan grabados y, con alguna duda, los recordamos aunque su aspecto no tenga nada que ver con la de entonces. Lo mismo que la canción de “Penélope” de Juan Manuel Serrat pero al revés: Penélope esperaba a su joven amor y quien regresó fue un vejestorio a quien no recordaba de nada.

¿Sabéis por qué hablo de fútbol, de la mili, del colegio y de Serrat? Es que ayer, en la susodicha terraza, estaban almorzando tres hermanos Urtasun: A Mari no le veía desde antes del accidente que tuvo y de esto han pasado entre 20 y 30 años; a Fermín algo menos pero también un montón y a Javier otro tanto. A todos se nos removió el resorte del anecdotario y, de no ser porque había que regresar, todavía estaríamos hablando de lo bueno que éramos entonces, de lo bien que subíamos tal o cual puerto y de las bicis tan bonitas que teníamos.

¡Fuimos unos verdaderos madelmanes! unos adelantados a nuestro tiempo y que, sin querer, marcamos el camino de lo que se llamó la madelmanía.

Hasta pronto. Bs.

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