¡Cómo corre el tiempo! El pasado
día 24 me atropelló un vehículo negro y parece que fue ayer. Tal vez sea debido
a que, desde entonces, no he dejado de repasar la película, cada vez más
difusa, de lo que ocurrió. Todos los días echo mano de la memoria y comienza la proyección.
Alguien me dijo que a eso se le
llama estrés postraumático y tiene toda la razón. No me resulta difícil
convivir con él, pero acude todos los días a darme la tabarra y yo lo toreo como
puedo. Al día siguiente del accidente acudí a la rotonda de Areta y me di una
vuelta por el lugar exacto y no encontré ni rastro del barro seco que desprendió el SUV al chocar conmigo. El sábado cogí la bicicleta y abrigado
por la grupetta otra vez volví al “ceda
el paso” de Sarriguren: todo en orden, el barro seguía sin aparecer y nadie
vino a por nosotros.
Sin embargo hay una coincidencia
entre varias de las personas que han leído mi relato y que me inquieta sobre
manera: -a los ciclistas no nos ven los conductores”- Sí, como suena. Me
lo han confesado y yo les creo. Unos dicen que van demasiado altos en sus
asientos y que el morro o lo que sea les impide vernos. Otros que, como
consecuencia del marco del parabrisas, hay un “ángulo muerto” en el que
desaparecemos a manera del Triángulo de las Bermudas y del que no volvemos a
aparecer hasta que nos encuentran gesticulando a la altura de la ventanilla o
en el suelo. Puede que sea verdad, si me lo dicen no tengo por qué desconfiar
de su confesión espontánea.
Yo tengo una versión distinta y
se refiere a la discriminación que hace nuestro cerebro en cuanto a los obstáculos
que podemos encontrar en las carreteras cuando conducimos un vehículo a motor.
¿Cuántos automóviles, furgonetas, taxis, villavesas, microbuses, todoterrenos,
todocaminos… hasta motos circulan por Pamplona? ¡Ufffff! No sé, pongamos que
son suficientes como para copar las calzadas ¿Cuántas bicicletas circulan al
mismo tiempo por esos mismos lugares? ¡Cuatro pelagatos! Entonces la solución
es sencilla: ¿Por qué me voy a preocupar por algo que casi no existe? Es
entonces cuando nuestro cerebro comienza a buscar lo normal, lo abundante, lo
común, etc. y a despreciar lo esporádico… nosotros, los ciclistas.
Tenía pensado pedir consejo,
ayuda a las personas influyentes en varios órdenes de la vida, pero me he
desinflado. Considero que es un error tratar de enseñar mediante campañas lo
que se debe saber por sentido común, por educación. Alguien que se sienta en un
automóvil con la cabeza llena de citas y problemas importantes, todo ello
enmarcado en una esfera implacable de un reloj, no tiene mucho sitio en su cabecita
para otra cosa que no sea sortear a su cansino compañero de ruta y dejarlo
atrás sin piedad. Entonces volverá la célebre frase repetida: -“lo siento, no te he visto”-
Mis pensamientos no resultan
optimistas. Sólo se me ocurre una serie de consejos: observemos todo lo que ocurre a nuestro alrededor,
respetemos todo lo que haya que respetarse y más. Tenemos que ser nosotros los
que veamos a los demás, no esperemos a que sean los de los autos los que no nos vean. El tiempo que perdamos en “ver”,
lo ganaremos en no acudir a las
consultas de “urgencias”, en atender a las llamadas de las aseguradoras, en
visitas a médicos traumatólogos, a gabinetes de recuperación física, a masajes
de los de verdad, a dejar atrás eso del estrés postraumático.
Yo lo voy a hacer; he visto muy
de cerca el peligro que corremos.
Hasta pronto. Bs.
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