martes, 1 de septiembre de 2015

Los conductores no nos ven (2)





¡Cómo corre el tiempo! El pasado día 24 me atropelló un vehículo negro y parece que fue ayer. Tal vez sea debido a que, desde entonces, no he dejado de repasar la película, cada vez más difusa, de lo que ocurrió. Todos los días echo mano de la memoria y comienza la proyección.

Alguien me dijo que a eso se le llama estrés postraumático y tiene toda la razón. No me resulta difícil convivir con él, pero acude todos los días a darme la tabarra y yo lo toreo como puedo. Al día siguiente del accidente acudí a la rotonda de Areta y me di una vuelta por el lugar exacto y no encontré ni rastro del barro seco que desprendió el SUV al chocar conmigo. El sábado cogí la bicicleta y abrigado por la grupetta otra vez volví al “ceda el paso” de Sarriguren: todo en orden, el barro seguía sin aparecer y nadie vino a por nosotros.

Sin embargo hay una coincidencia entre varias de las personas que han leído mi relato y que me inquieta sobre manera: -a los ciclistas no nos ven los conductores”- Sí, como suena. Me lo han confesado y yo les creo. Unos dicen que van demasiado altos en sus asientos y que el morro o lo que sea les impide vernos. Otros que, como consecuencia del marco del parabrisas, hay un “ángulo muerto” en el que desaparecemos a manera del Triángulo de las Bermudas y del que no volvemos a aparecer hasta que nos encuentran gesticulando a la altura de la ventanilla o en el suelo. Puede que sea verdad, si me lo dicen no tengo por qué desconfiar de su confesión espontánea. 

Yo tengo una versión distinta y se refiere a la discriminación que hace nuestro cerebro en cuanto a los obstáculos que podemos encontrar en las carreteras cuando conducimos un vehículo a motor. ¿Cuántos automóviles, furgonetas, taxis, villavesas, microbuses, todoterrenos, todocaminos… hasta motos circulan por Pamplona? ¡Ufffff! No sé, pongamos que son suficientes como para copar las calzadas ¿Cuántas bicicletas circulan al mismo tiempo por esos mismos lugares? ¡Cuatro pelagatos! Entonces la solución es sencilla: ¿Por qué me voy a preocupar por algo que casi no existe? Es entonces cuando nuestro cerebro comienza a buscar lo normal, lo abundante, lo común, etc. y a despreciar lo esporádico… nosotros, los ciclistas.

Tenía pensado pedir consejo, ayuda a las personas influyentes en varios órdenes de la vida, pero me he desinflado. Considero que es un error tratar de enseñar mediante campañas lo que se debe saber por sentido común, por educación. Alguien que se sienta en un automóvil con la cabeza llena de citas y problemas importantes, todo ello enmarcado en una esfera implacable de un reloj, no tiene mucho sitio en su cabecita para otra cosa que no sea sortear a su cansino compañero de ruta y dejarlo atrás sin piedad. Entonces volverá la célebre frase repetida: -“lo siento, no te he visto”-

Mis pensamientos no resultan optimistas. Sólo se me ocurre una serie de consejos: observemos  todo lo que ocurre a nuestro alrededor, respetemos todo lo que haya que respetarse y más. Tenemos que ser nosotros los que veamos a los demás, no esperemos a que sean los de los autos los que no nos vean. El tiempo que perdamos en “ver”,  lo ganaremos en no acudir a las consultas de “urgencias”, en atender a las llamadas de las aseguradoras, en visitas a médicos traumatólogos, a gabinetes de recuperación física, a masajes de los de verdad, a dejar atrás eso del estrés postraumático.

Yo lo voy a hacer; he visto muy de cerca el peligro que corremos.

Hasta pronto. Bs.

No hay comentarios:

Publicar un comentario