Ayer a la noche hacía fresco, me recordaba a esos días previos al otoño en los que nos resistimos a ponernos ropa de abrigo y desafiamos al catarro saliendo a la calle como lo haríamos una esplendorosa tarde de verano.
En el Chumi tomamos un café y proponíamos de qué manera disfrazarnos para la vuelta ciclista de hoy. En la maleta sólo tengo maillots de verano y era sencillo vaticinar que hoy íbamos a sentir frío. Una vez en casa, dimos con las zamarras del equipo ciclista del pueblo y, al verlas, me negué en redondo a salir con semejantes "fábricas de escalofríos": al tocarlas se me erizaron los pelos de los brazos y todo el frío que pretendía evitar, se me adelantó en la sala de estar. Adiviné que iría como los profesionales de la Vuelta Ciclista a Burgos: luciendo tipo de verano.
Hemos atacado el monte que protege del norte desde una ruta nueva. Se trataba de bordear la Muela por su parte derecha con la esperanza de que el camino no acabase en una nogalera sin salida. Todas las preocupaciones del día anterior han desaparecido como por encanto: el suelo estaba salpicado de pinchos que convenía evitar; a cada bandazo del manillar, las ramas cargadas de agua por la tormenta de la tarde nos mojaban los brazos y piernas, limpiando ese arañazo con el que el enebro nos había saludado. Conforme más ascendíamos, más complicada era la solución, hasta que ha llegado lo que tanto temíamos: el camino terminaba en un campo removido por los hocicos de los jabalíes. Media vuelta y a por otra.
Estábamos a punto de llegar a las primeras casas del pueblo y hemos cedido a la tentación de tomar la de la derecha. Otra vez han desbrozado una antigua senda, dejándola convertida en la envidia de cualquier carretera comarcal. La pendiente del 13% no presentaba problema para ascenderla a no ser por la monotonía que enseña el tener el futuro tan despejado. De la misma manera que había empezado, ha terminado; la comarcal se ha convertido en lo que siempre ha sido: un camino estrecho, empinado, agradeciendo haberte puesto el casco pues las ramas de las encinas tocan el tambor en el que se ha convertido la cabeza. Un paisano con su perro nos ha reconfortado con la noticia de que estábamos a punto de terminar con el suplicio.
Al salir del atolladero nos hemos encaminado hacia la Ermita de la Virgen de Mamblas y allí decidir que suerte teníamos que tomar. Por culpa de papeleos que no acabo de entender, hemos resuelto volver a casa por la vía más rápida y, en coche, acercarnos hasta Lerma para rendir pleitesía a la burocracia: gestionar la Tarjeta Sanitaria de Desplazado. ¡Asco!
Si el GARMIN no miente, los kilómetros de hoy ascienden a la asombrosa cifra de 13, de los que 5 han sido de bajada; esta hazaña nos ha costado una hora y diez minutos, saliendo una media de 11,1 kms/hora.
No esbocéis ninguna sonrisa en vuestras caras pues solamente demostraréis desconocimiento de la actividad en el monte con bicicleta.
Hasta pronto. Bs.
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