Cuando
me he cruzado con mi amigo Karlos en el pueblo de Zuriáin, venía pensando en lo
poco que me “pone” el Tour de France.
La manera de correrlo no tiene nada que ver con las clásicas de primavera que algunos privilegiados hemos tenido la
suerte de ver este año.
Tampoco me gustaría que hoy en día
se corriera como en la década de los 60, ni mucho menos en la de los 50 y 40
cuando los ciclistas asaltaban los bares y las tiendas de ultramarinos diciendo
-“esto lo paga Torriani”- o cuando, alrededor de una fuente en la plaza del
pueblo, se agolpaban los gregarios y no tan gregarios para llenar el botellín
de agua y cuando, ya en la década de los 80, sancionaron a Angel Arroyo por
llevar en el Tour zapatillas de color blanco. No sería deseable enterarse de
los resultados de la etapa al día siguiente de su celebración, cuando en La Voz
de Navarra daban un resumen, más o menos teatralizado, de lo que había sucedido
el día anterior, esto pasaba en los 60.
Pese a todas las “desdichas” que
acabo de contar, creo que, si no hubieran sucedido, tampoco tendría la afición
que tengo por el ciclismo y que conste que gran parte de lo que acabo de decir
sólo lo he conocido por las fotografías que han caído en mis manos.
A partir de ahora voy a hablar en
singular, yo, primera persona del singular: en el Tour todo es previsible, todo
está controlado por unos señores de ascendencia anglosajona que, de manera
robotizada, dictaminan lo que pasa en la carrera. Los peones, descendientes de Robocop,
primos hermanos de Terminator, amigos de los que mandan en las grandes agencias
de espionaje deciden lo que tiene que pasar. Todos los días se escapan unos
pobrecillos que se hartan de pedalear durante una sarta de kilómetros hasta
que, unos maromos sentados delante de una mesa de mandos, ordenan a qué
velocidad y en qué punto exacto la maquinaria se tiene que poner en funcionamiento;
así, de manera sistemática, Mazinger y sus hermanos gemelos comenzarán a mover
los gemelos, los puños, los glúteos, los hombros, los huevos, ¡todo! hasta que,
a falta de un kilómetro y setecientos metros, los desgraciados de turno serán
cazados y devorados. Todavía habrá tiempo para una o dos caídas dentro del “último
kilómetro” y Cagüendiez ganará otra etapa y sus compañeros de equipo perderán
el culo por abrazarle y yo, asqueado, volveré a la Sexta a ver a Mamen Mendizábal.
He vuelto a casa y he pensado que mi
ciclismo no tiene nada que ver con el de los madelman: era una suerte circular
por el Paseo Fluvial, saltar a la carretera que lleva a Zubiri, regresar hasta
Huarte con el cuentakilómetros señalando 40 kms/hora y subir el costalón de Eusa.
Han sido 70 kilómetros placenteros y nadie me ha dicho que, según un tío que “decide”,
tenía que correr más para que Cagüendiez ganase la etapa y luego, encima, tener
que abrazarle.
Hasta después de “sanfermines”, me
voy. Bs.
Y que vamos a hacer sin tus comentarios, a mi me servía para entrenar un rato, aunque fuera desde casa, slds
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