Estoy completamente seguro de que el ciclismo no sería mi deporte preferido
si todos los días del año hiciera el viento que sopla hoy. Más aún: ni el mío
ni de nadie; no se practicaría.
Ayer ya se dejó notar; nos acompañó durante toda la mañana pero sin amargarnos
la marcha, sencillamente se presentó en plan de entrenamiento para lo que iba a
ser hoy.
Estamos en la tercera marcha del calendario y estrenamos un nuevo punto de
partida. Nos hemos incrustado en el Club Ciclista Ermitagaña y, además de otras
cuestiones que poco a poco llegarán a efecto, abandonamos la querida
“autoescuela” y nos vamos a la plaza del reloj de sol.
Los fabricantes de bicicletas están que se frotan las manos; todos los días
aparece algún maromo subido a una burra nueva, ya he perdido la cuenta de las
novedades de este año: Iñaki y la Trek
de nombre y Domane de apellido; Toño con su Specialized
calzada con tubulares; Saúl con su espectacular Specialized negra ¡madre mía, cuánto anda el pollo!; Carlos y su Willer, también negra, y las ruedas
equipadas con discos ¡sí! ha sido el primero del Club en acudir con una
bicicleta con frenos de disco ¡qué vergüenza!; luego les ha seguido Ancarrana
con una Hi Bike negra y retazos
verdes con cambio electrónico (están de moda). No sé a dónde vamos a parar
¡claro! Si queremos crecer, lo dicen los que saben (Montoro y compañía) tenemos
que consumir, mover la economía y eso es precisamente lo que se han apresurado a
hacer todos los de la nómina anterior y alguno más que se me ha escapado. ¡Que
siga la fiesta!
Mi humilde idea para hoy consistía en llegar hasta la Venta del Maño y
volver. Mi cuerpo y mi mente no estaban para excesivas alegrías y, a sabiendas
de lo que me esperaba, he cumplido con el plan.
Una vez que hemos salvado el Alto del Carrascal y con todos los puntos
magnéticos del Planeta a nuestro favor, ni por un momento se me ha pasado por
la cabeza desaprovechar la ocasión de utilizar el 52 con el 11. Por mucho que
las circunstancias sean favorables, ayer lo comentaba con Ignacio, no conviene
poner de sopetón todo el arsenal del que se dispone. Hay que hacerlo poco a
poco, como lo haría un automóvil diésel: punto 1 situar la cadena arriba, donde
pone 52; punto 2 y por el otro lado, poner la susodicha en el 16? ¡de acuerdo!
Apenas unos cien metros para acompasar la respiración y apretar para que baje
al 14; esta operación conviene hacerla de un modo paulatino con el 13 y el 12 y
sin el menor reparo en subir hacia donde se estaba anteriormente. No todo en
esta vida tiene que hacerse con el método madelman,
existen otras salidas que nos brinda la mecánica ¡perdón, la electrónica! Así
se sigue hasta que bajando la cuesta de Barasoain hay que desterrar las
contemplaciones y apretar de modo mantenido para que se sitúe en el 11. No conviene entrar en los fuegos de artificio
de otros y lo mejor es continuar machacando los Blade 2 sin aspavientos ¡ah! no
está prohibido sacar brillo al 12 ni al 13, pero recuerda que llevas un 11. El
Top se ha situado en 63 kms/hora. Esto ha sido el goce de hoy; ahora toca el
calvario de la vuelta.
Tengo por delante 30 kilómetros con “viento pelado”, ni una sola nube en el
cielo y más solo que la una (perdona Michael Robinson, ese dicho lo
copiaste en Pamplona cuando estuviste en el Osasuna). Las pedaladas no
producen; en la sombra de mi rueda puedo ver perfectamente como gira el imán del
Polar, apenas alcanzo los 11 kms/hora y cada camión que me adelanta me bambolea
de la raya blanca de la carretera al verde de la cuneta. Las pequeñas
cuestecillas son puertos de primera y llego a dudar si llegaré algún día a
casa. No quiero mirar al futuro, está muy lejos, prefiero ver la mierda de las
cunetas: todos los que terminan de beber las cervezas tiran las latas, una de
ellas me despierta cuando subo la cuestecilla de Barasoain. Papeles, plásticos,
dodotis cargados de…, los camioneros arrojan sospechosas botellas de agua
cargadas de agüita amarilla.
Estoy bajando el Carrascal y la velocidad comienza a ser más presentable,
poco más. El sillín verde quiere confraternizar conmigo, el cuello me pellizca
y yo miro con ahínco si me acerco a Noain.
Por fin me adentro en mi barrio y en la calle de Abejeras, en un paso de
cebra, cedo el paso a un jicho que recuerdo de toda mi vida. Nunca le había
oído hablar pero hoy sí: -“vete por el
carril”-
No sé si tengo razón, no sé si lo he hecho de manera irracional, pero
mañana lo volvería a hacer: -“¡vete a la
mierda, gilipollas!
Hasta otra. Bs.
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