Pues sí, eran las 9 y cuarto de
ayer a la noche cuando el impaciente de Ignacio me recordaba que estaba “abajo”
esperando. Lo sé perfectamente porque fue entonces cuando el Madrid comenzó a meter goles en la
portería del Almería. Lo siento, no vi ninguno.
Atravesamos Pamplona con los
semáforos en verde “por poco” y nos sumergimos en Ezcaba para llegar a Oricáin
a tiempo. Había mucho movimiento en los alrededores del restaurante, se notaba
que iba a pasar algo importante en el Ezcabarte.
Nos recibió un señor de pelo
blanco al que llamaban Pepe y se
apellidaba Barruso. Dominaba la
situación: mantenía una sonrisa continua en el semblante y saludaba a todos
nosotros por el nombre.
Aquello tenía todas las pintas de
ser un acontecimiento social de alto copete.
Todas las mesas y sus comensales fueron fotografiados por los reporteros
gráficos. No venía a cuento preguntarlo y no lo hicimos; nos quedamos sin saber
en cuantas revistas de tirada nacional, tanto de las del “cuore” como de las
que se dedican estrictamente al cotilleo ciclista iban a publicar la entrega de
los famosos premios y recuerdos que anualmente el Club Ciclista Villavés
reparte entre su gente.
¡Y comenzó la cena! Aquello no
fue un menú al uso actual, más bien parecía un banquete de boda de las de
antaño con primeros, segundos y terceros, postres y licores. ¡Jodé, que no
quiero engordar! Además, no conviene comer mucho a la noche. ¡Nada, ni caso! Ande
o no ande, caballo grande.
Nos tocó compartir mesa con gente
que no conocíamos de nada. No importó, la relación fue sencilla y para nada
violenta. Giraba la cabeza y me encontraba con Miguel Induráin, un poco más
allá estaba Xabier Zandio y enfrente Koldo Gil. Un poco más allá Javier
Iriberri. Gente del mundo empresarial navarro, deportistas del club villavés,
presidentes de otros clubes… ¡Alta sociedad navarra!
Además hubo un apartado que
consistió en el sorteo de innumerables regalos entre los asistentes. Pepe y los
suyos prepararon el tinglado y en un “santiamén” todos los comensales, como
vulgares jugadores de bingo, nos
encontrábamos mirando ansiosos nuestro número respectivo esperando llevarnos
cualquiera de los premios.
El locutor del evento dijo que
íbamos a asistir al sorteo más dirigido y
apañado del mundo y doy fe de que tenía toda la razón del universo. El premio
gordo era una bicicleta Conor de montaña ¡nada! Le “tocó” a un jicho al que le
hacía falta. Múltiples lotes de café para los más cafeteros (de Villava),
aparatos de limpieza para los más “sucios”, camisetas de Osasuna y de Aspe para
los “otros deportistas”. ¡En fin! ¿Para qué seguir? ¿Cómo es posible que a
nosotros no nos tocara nada? Antes del sorteo procuramos tocar las teclas más
influyentes pero se conoce que habíamos llegado tarde, todos los premios
estaban comprometidos. Otra vez será.
Si alguno de nosotros albergaba
la más mínima esperanza de andar hoy en bicicleta, al salir hacia el
aparcamiento se nos quitó de repente. Rumbo hacia Pamplona, poco a poco, se fue
quitando la tiritera. Mientras, en un semáforo de la Baja Navarra, una chica
lamía un trozo de hielo con forma de botella que no la bebía.
Hasta otra, Bs.
Miley Cirus en Pamplona? ;-)
ResponderEliminarSí, a lomos de una bola de demolición, jajajaja
ResponderEliminar