martes, 19 de noviembre de 2013

Entre Tony Rominger y King Kong


Pensaba que lo llevaría peor pero, por ahora, no es para tanto. No me subo por las paredes, apenas miro por la ventana y tengo un mono que no es tal, diría que se trata de un moniko.

En los años 90 Miguel Induráin tuvo un hueso duro para roer, se trataba de Tony Rominger. En más de una ocasión el suizo le puso las cosas muy tiesas al bueno de Miguel. Pues bien, no se trata de recordar ahora las batallitas que mantuvieron ambos ni tampoco las veces que uno ganó al otro; ahora sólo me gustaría recordar un comentario que hizo Tony en una entrevista después de retirarse del profesionalismo: -“A partir de ahora, nunca más saldré a entrenar con lluvia”-

Si alguien sabe del ciclismo, sin duda, son los ciclistas. Si un tipo que nació en Dinamarca y tenía la nacionalidad suiza lo dijo, habrá que tenerlo en cuenta. La verdad es que para aprender todo esto no es necesario haber nacido en ningún país nórdico, con hacerlo en Navarra es suficiente pero, entre una cosa y otra, entre Rominger y Ancarrana, he llegado al pleno convencimiento de que mucho tiene que mejorar el tiempo para que mi querida Look comience a ensuciarse.

Ha habido abundantes presiones por parte de “El Escalador” para convencernos a Ignacio y a mí de que, según Maldonado o cualquier otro maldito predictor del tiempo, en la franja horaria que va desde las 10 a la una, apenas iba a llover. ¡Mira chaval, déjate de monsergas! en este tiempo lo normal es que llueva, nieve y que nos refugiemos en los gimnasios o salgamos a menear las piernas bajo un chubasquero, armados con gorra y calzados con zapatillas maratonianas. Tampoco estaría de más que nos laváramos abundantemente en las piscinas cubiertas que, a más de uno, nos hace falta.

Como decía al principio, el moniko es muy fácil de dominar y resulta placentero discurrir por Pamplona a pie, unas veces solo y otras acompañado por los “castellanos”. La garganta se resiente de tanto y tanto hablar. No hay pausa durante las tres horas de nuestra caminata y así seguiremos hasta que nuestro monito vaya creciendo y se convierta en el Fantasma de la calle Morgue. Un gorila de cerca de tres metros de ancho que haga imposible llevarlo en brazos.

En nuestra cabeza bulle la idea de mantenernos en esta línea de no quebrantarnos mirando a través de los visillos como viejas alcagüetas. Cuando amanezca un día de pleno verano en los meses de noviembre o diciembre, con veintitantos grados a la sombra, apareceré por la autoescuela con la bicicleta reluciente y las Zipp dejándose oir. Así nos plantaremos en el mes de enero y, con el año nuevo, entonces sí, el gorila será todo un señor con un síndrome de abstinencia tal que seremos capaces de mandar al carajo los pensamientos de Tony Rominger y nos convertiremos en feroces madelmanes devoradores de vueltas a Erro y vueltas a la montaña, subidores de Madoz rumbo a Lecumberri, merodeadores de Basaburua, llaneadores de la Ribera, inventores de rutas extrañas, descubridores de Benabarre y tal, y tal, y tal, etc.

No desesperemos y sigamos alimentando al primate. Bs.

1 comentario: