miércoles, 10 de febrero de 2016

¡Cómo evoluciona el ciclismo!



Cuando era un chaval, mi padre me llevaba a las carreras del “Circuito de Pamplona” y “Trofeo del Sprint” que se celebraban en Pamplona. Todos los años, al terminar la “Semana Santa”, en el “Domingo de Resurección” y “Lunes de Pascua” no había mayor y mejor espectáculo que esas dos carreras ciclistas. 

Entonces no había tantos deportes como ahora y la “Semana Santa” no era un tiempo de vacaciones; en mi memoria hay un momento de negrura en el que no se podía cantar ni chorradas por el estilo, sólo visitar iglesias, ver, helado de frío, la procesión de rigor y esperar a que todo ello acabara el domingo.

-“¡Papá, me llevas a la “carrera”! “- Sospecho que mi padre estaba con las mismas ganas que yo de escaparse de tanta sotana y de tanta oxtia, así que me agarraba de la mano y… ¡zas! Un año tocaba ver a los ciclistas en la Rochapea, otro en la cuesta de San Lorenzo, en Beloso. Cuando había algo de suerte en la tribuna de meta. Me asombraban las piernas musculadas de Musitu; la fortaleza de Galdeano; la machaconería de Otaño; la honradez de Barrutia; el aspecto africano de Bahamontes; el anonimato de los hermanos Urrestarazu; los mediterráneos Poblet, Iturat, Bover y Marigil; el aragonés Bertrán; los del Kas y Carlos Echeverría, el reiterativo Perurena; ¡en fin! La releche en bicicleta.

Pues sí, ahí estábamos mi padre y yo; estoy seguro que no habré seguido con tanta atención ninguna otra cosa a lo largo de mi vida… bueno, tal vez el “Trofeo del Sprint” en la avenida de Carlos III: la gente mayor y con recursos en las terrazas de la Plaza del Castillo, los demás estábamos copando las aceras del circuito con varias hileras de grosor. A los enanos siempre nos hacían un hueco y podíamos ver a Miguel Poblet con su maillot amarillo del equipo IGNIS ganar, ganar y ganar y volver a ganar. ¿Qué queréis que os diga? Estoy seguro de que Poblet fue el ciclista que más caló en las conversaciones de los pamploneses que tuvimos la suerte de conocerle.

Voy a dar un salto en el tiempo hasta situarme en los años 80 del siglo XX. Para entonces ya existía en Navarra un equipo de aficionados que se llamaba Reynolds y patrocinaba al club de Irurzun Irurzungo. Yo andaba metido de lleno en la práctica del ciclismo en la categoría de “cicloturista” y, otra vez, no me perdía ni una carrera de juveniles, aficionados o profesionales que cayeran en mis manos. Por aquí hablábamos sin cesar de los Acha, Segura, Otín y Ocaña aunque hubiera otros en el equipo. Eran nuestros ídolos y, lo que era mejor, en más de una ocasión nos acompañaron en nuestras marchas de los domingos como unos más del grupo. Me maravillaba la facilidad con la que subían las cuestas y los puertos de la zona mientras contaban las anécdotas de la carrera del día anterior. Yo a oír, ver, callar y sufrir.

Aquel equipo se fue haciendo más grande e importante y a mis paisanos se les fueron uniendo gente de otros lados pero igual de majos: Laguía, Greciano, Rondán, López del Alamo, Arnaud. Aquello funcionaba y llegaron dos verdaderas figuras al equipo: Arroyo y Delgado. ¡Oye! ¿Y Gorospe? Perdón, Gorospe.

Aquello funcionaba y lo mejor era que en la recámara estaba Induráin. El equipo navarro, como le llamaba aquel esperpéntico señor bajito al que sólo le faltaba el buzo de los butaneros, cambió de nombre y ahora se llamaba Banesto.

Comenzó una época de oro en el ciclismo español sin ningún género de dudas y sin fallos: Miguel era un verdadero “tiro fijo”. Con él no había que esperar la genialidad de Delgado; Induráin llegaba, ganaba y a por otra. Hay que reconocer que el equipo Banesto no era sólo Induráin; si repasamos la plantilla de los años 90, tal vez debido a que la memoria tiende a magnificar los recuerdos, es de asombrar los ciclistas que, si no llegaron a alcanzar el grado de súper figuras, tenían un empaque y categoría fuera de toda duda. Aquí tengo que nombrar a Abraham Olano, por cierto Campeón Mundial de Fondo en Carretera en Colombia, año 1995, segundo Induráin.

Otra vez la estructura cambió el nombre: a Banesto se le unió Illes Balears y más tarde el equipo sonaba a francés: Caisse D’Epargne. Aquello no había quien lo parase ni falta que hacía. Cuando el patrocinio francés dejó paso a Movistar ocurrió como en los grandes equipos de fútbol de la actualidad: los mejores nacionales rodeados de figuras francesas, italianas, portuguesas, costarricenses, rusas. Pienso que para ser el mejor equipo del mundo ¡por delante del Sky!  las cosas se están haciendo muy bien; no basta con tener al mejor corredor del mundo, Alejandro Valverde, y otro al que no sé cómo catalogarlo, Nairo Quintana; se necesita una base consistente que apoye a los dos mejores.

¡Ah! Todo esto nació a partir de una panda de aldeanillos navarros que, cuando empecé a andar en bicicleta, nos maravillaban por su sencillez y categoría profesional y humana, igual que los que, cuando era un chaval y en compañía de mi padre, alegraron mis finales de la “Semana Santa”.

Hasta pronto. Bs.

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