Se nota que las ganas van en
aumento; en la “autoescuela” nos hemos reunido un buen número de profesionales.
Por primera vez en mucho tiempo no teníamos caras compungidas, no tiritábamos
de frío y se notaba la alegría que presta el cielo sin demasiadas nubes.
A la altura de San Jorge hemos
oído que “habían pinchado”; poco a
poco la mayoría ha buscado un refugio al sol mientras que, unos pocos, hemos
decidido seguir despacio con la esperanza de que el pelotón no nos alcanzara antes
de la maldita cuestecilla de Ibero y, con un poco de suerte añadida, ¿por qué
no? podíamos subir también la de Ciriza. Con el ritmo contenido de dos
juveniles del Lizarte, Mario, Diego y yo hemos puesto manos a la obra y,
salpicando agua a la limpísima Look, también hemos metido en el zurrón de los sueños cumplidos la cuesta de Orendáin.
¡Cuántas veces tendríamos que
pagar dinero por andar en bicicleta! Desde el cruce del Puerto de Guirguillano
hasta Puente la Reina la gente se ha perdido un espectáculo de los buenos. A
esas horas no había público en las cunetas para gozar de nuestro disfrute:
cinco maromos dándole con salero a las coronas pequeñas y ya puestos a
disfrutar ¿por qué no seguir con lo bueno? Diego se ha encargado de mantener el
ritmo hasta la base de la cuesta de Mendigorría y, en ese preciso lugar, los
juveniles nos han enseñado en qué consisten los demarrages secos, esos que estamos acostumbrados a ver en la TV y
que es difícil disfrutarlos cuando el pelotón pasa por delante de nuestras
narices en la carretera. Los tres nos hemos quedado anclados en los sillines
sin posibilidad alguna de reacción. Arriba reagrupamiento y, al poco, nos ha
pasado un madelman disfrazado de
triatleta.
La sorpresa nos ha dejado
confundidos y, como la fábula de la zorra y las uvas, creo que los cinco hemos
pensado: -“déjalo, esa no es nuestra guerra”-
Lo malo de la carretera que lleva
hasta Artajona es que se divisa mucho futuro y, en ese futuro, siempre aparecía
el triatleta. Mario ha captado mis pensamientos y, sin pérdida de tiempo, nos
hemos empeñado en la caza. Han sido cinco kilómetros de persecución mantenida,
machacona. La distancia con el madelman
decrecía y en las inmediaciones del pueblo ya podíamos adivinar muchas cosas de
su bicicleta, pero ¡no! No ha podido ser. Nuestro ordenador ha calculado que, distancia hasta el bar por velocidad de uno
y de otros, daba como resultado: no ser posible coger.
Mientras tomaba el café, Carlos
me ha contado que había sido él el del pinchazo mañanero, bueno pinchazo no,
más bien ha sido un reventón por culpa de la moda de lanzar botellines de
cerveza a la calzada la noche de los sábados. Considero que esta fechoría está
muy bien para hacerse el gracioso mientras se hacen gracias. No sé quién se
reirá con esto pero prometo estudiar el caso por si me estoy perdiendo algo
bueno ¡cabrones!
Hacía tiempo que no subía la
Txapela tan a gusto. De acuerdo que íbamos hablando Diego y yo cuando nos ha
alcanzado el pelotón, pero mis sensaciones eran buenas. En Campanas hemos
desertado unos cuantos de la idea de subir hacia Subiza rumbo a Ororbia y, a
cambio, nos han visto por Otano, Cruce de Monreal y Urroz. ¡Jodé, como está la
gente! Aún hay quien no tiene suficiente con lo que cuento y ha necesitado
dirigirse hacia Erro. Por nuestra parte hemos sustituído la cuesta arriba por
el llaneo hasta Pamplona.
Me ha gustado. He tirado al cubo
de la basura las malas sensaciones que arrastro durante el invierno y, a costa
de algún pequeño enfado del amigo Iñaki (perdona), hemos vuelto a sacar el
brillo escondido de las “coronitas”.
¡Ah, se me olvidaba! El GARMIN me
lo ha chivado, han sido 110 kms de, a veces, apretada musculatura.
Hasta pronto. Bs.
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