domingo, 29 de diciembre de 2013

Un poco de cordura nunca está de más.


Ayer me puse a rebuscar en mi cabeza qué marcha estaba programada para hoy. Al rato caí en la cuenta de que se trataba de una ruta más propia de fin que de principio de temporada.

El día ha amanecido frío, oscuro, panzaburro. Con mucha pereza me he encaminado hacia la “autoescuela” y poco a poco hemos ido apareciendo los protagonistas de “Mad Max 3”. El camino hacia las afueras del pueblo tiene un color negro metálico y las quejas se oyen sin cesar maldiciendo el  invierno navarro.

La vieja carretera de Bilbao no me gusta para andar en bicicleta. A pocos kilómetros de la salida aguarda el repecho de Añézcar que está diseñado para alborotar el corazón y enfriar los bronquios. Unos se me escapan mientras otros se me quedan; estoy entre dos aguas y calculo con desesperación los míseros 100 metros que restan para terminar. Enseguida llegamos a la cuesta de la gasolinera y, con ella, el segundo calentón de la mañana. No se trata de que haya mejorado con respecto a la cuesta anterior, simplemente es algo menos dura y logro arribar con los gallitos. Estoy harto de estirar el cuello y jadear para cada necesidad perentoria de respiración.

Desde ayer venía maquinando un plan “b” y, a la vista de las circunstancias, he decidido ponerlo en práctica. Justo en el momento en el que atacamos las estribaciones de la cuesta de Aizcorbe, he sentido unas ganas irrefrenables de visitar los alrededores del Centro Budista y buscar con ahínco Cía y el valle de Imoz. La sorpresa agradable del día me la he llevado de la mano, nunca mejor dicho, de “El Cárnicas”, alias alikates.

El bueno de Carlos estaba hasta los “mismísimos” de aguantar las miserias que acabo de relatar y también andaba rumiando dejar para más adelante el trajinar de los “madelmanes” del club y dedicarse a otros menesteres mucho más placenteros.

El verde de la zona no es gratuito, requiere de abundante riego o, a falta de lluvia, humedad sin contemplaciones. La carretera, fina como ella sola, estaba cubierta de una capa de agua esparcida con mimo con frascos de “spray” y nos ensuciaba con cariño los cuadros de las bicicletas.

La charla nos ha distraído y, sin darnos cuenta después de atravesar Echalecu, nos ha alcanzado un tropel de profesionales del Orkuci. Enseguida hemos visto que un grupo de “jefes de fila” estaba disputando la etapa del día y que, esparcidos por el valle, todos los que habían ayudado a los “gallitos” pugnaban por no perder muchos minutos en la meta de Jaunsarás. Les hemos acompañado tomando un café mientras ellos se impacientaban con almuerzos más consistentes.

Dejando atrás Basaburua nos hemos adentrado en Ulzama. Las tentaciones de aumentar el ritmo han sido constantes y nuestra cordura se ha impuesto a la sinrazón dominguera.

A la altura de Sorauren un “hermano perro” ha salido con alegría a saludarnos por el arcén de la general y nosotros, llenos de piedad perruna, le hemos ayudado a buscar el camino de casa.

La lluvia era escasa pero constante y, aprovechando la coyuntura, el frío se ha colado en nuestras prendas de invierno sin miramiento. Hacía tiempo que no tiritaba y esto lo ha conseguido sin esfuerzo esa fina lluvia que ¡tontos de nosotros! somos tan tercos como para no ponernos los chubasqueros que venden en las tiendas del ramo para guarecernos de la… lluvia.

El amigo “Cárnicas” me ha recordado varias veces mientras atravesábamos Pamplona que  -“no esperaba haberlo pasado tan bien desde que, al principio de la mañana, plagados de frío, jadeantes y maldiciendo la ocurrencia de acudir a la cita semanal, nos habíamos puesto a pedalear”-
Yo tampoco.

Hasta pronto. Bs.

 

jueves, 12 de diciembre de 2013

Pamplona NO es Mordor


No me gustaría caer en los tópicos que últimamente se dicen sobre  mi pueblo. A Pamplona de siempre se le ha llamado así, de esto creo que algo de culpa tuvieron los romanos con Pompeyo a la cabeza. También se le conoce como Iruña y también sospecho que tienen algo que ver los tres antiguos burgos (ciudad de Navarrería, población de San Nicolás y burgo de San Cernin) que se unieron formando nuestra nueva y, a la vez, vieja ciudad.
Pues bien, de un tiempo a esta parte se le conoce con el extraño nombre de Mordor. Un país protagonista de la novela “El Señor de los Anillos” y que debe de significar La Tierra Negra y que está situada al sureste de La Tierra Media. Tengo entendido que, cuando filman las escenas de estas películas, se dirigen hacia Nueva Zelanda para localizar exteriores. ¡En fin! Un verdadero rollo para los que, como yo, nos dormimos en la butaca viendo semejante bodrio. (Perdón).
Nuestra tierra es verde, no negra. No está localizada en nuestras antípodas sino en Europa. Tiene tres zonas: Montaña, Media y Ribera. Da gusto vivir aquí y, como los de Bilbao, cuando se nos “pone”, nos cubrimos de nubes para dar un poco de ambiente a la “cosa” y descansar de tanto colorido. (Fin de la cita)
A “Los Tres de Castilla” nos habían llegado noticias de que, en cuanto saliéramos de los límites de la Cuenca, lo mismo si subíamos hacia Ulzama como si bajábamos hacia Tafalla, enseguida encontraríamos al amigo Sol. Así lo decían las aplicaciones meteorológicas y la experiencia personal del viejo amigo Carlos. ¡Equivocación, mentira o cambio de tendencia! Nada de nada, nieblas, oscuridad grisácea y temperatura oscilante en el “cero” con tendencia hacia abajo durante cuatro horas.
A las 10 de la mañana la Chimenea nos ha visto juntarnos y los camiones nos han acompañado hasta Olagüe sin descanso. Otra vez la subida de Egozcue estaba ribeteada de cercos blancos de hielo y la bajada hacia Urtasun de color marrón por el barro de las obras. En el “Gau-Txori” café y la tentación de regresar a casa por la vía rápida o, como estaba previsto, subir Erro y sentirnos ciclistas de los buenos camino de Urroz, mientras nos contábamos las novedades que hemos ido conociendo esta semana. ¿Novedades? ¡Sí! De hecho no hay otras cosas en el mundillo ciclista que novedades: nuevos cuadros, colores, frenos de disco, frenos solapados en el cuadro, cambios electrónicos, pesos cada vez más contenidos, … Además, todos los fines de semana aparece algún iluminado con su nueva bicicleta o con algún nuevo componente con el único objetivo de ponerte los dientes largos y mortificar al prójimo. La culpable de todo esto es la maldita crisis.
Prosigons, también se decía que el viento sería del Sur y han vuelto a fallar. Con semejante niebla, lógicamente, no hacia viento y la arribada hacia Iruña no ha contado con ninguna clase de ayuda; no ha importado, la velocidad ha sido elegante y el frío constante. Ninguno de los tres hemos despreciado otro café en el “Panadero”.
Nuestra ciudad prosigue envuelta en su semanal color gris y a mí me gusta.
Hasta pronto. Bs.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Carrera centroeuropea por Navarra.


Desde el momento en que he pisado la calle, me ha venido un pensamiento que, de manera recurrente, me ha acompañado a lo largo de casi toda la mañana: ¿qué cojones hago subido encima de mi Look?

Como decía uno, la noticia era el frío. Resultaba evidente que circular en bicicleta daba la razón a los pocos madrugadores “compradores del pan y el periódico” y que decían para sus adentros: ¡joder, qué venaus están estos tíos!

La ruta escogida no es habitual entre nosotros aunque sí para los “Tres de Castilla” en sus salidas semanales. No se suele tener a la Universidad a la derecha ni subir la cuesta de Cizur sin haber digerido un poco el desayuno. La Cendea de Galar estaba plena de sol y de frío, algo muy normal en el invierno. Los números del Garmin bajaban sin cesar  en el rectangulito de la “temperatura” y hacía un rato que delante de ellos había aparecido un guión que señalaba que estábamos bajo cero. Hasta -3,50º he visto ¡qué bonito!


Parecía que la cordura se había instalado en nuestras cabezas y me dejaban marcar el ritmo en las rampas de Arlegui. Alguien se ha dado cuenta de que faltaba gente y ahí el grupo ha comenzado a descomponerse: igual que decía Jorge Cafrune en su poema “Peona”, hemos empezado a ir -“uno aquí y otro allá por las estancias; pelusa’e cardo qu’esparrama el viento”-

Nuestro pelotón abarcaba desde el alto de Subiza hasta el cruce que lleva a Biurrun; y lo que es mejor, aún había otros maromos que circulaban por la N-121 con la idea de –“ajuntarnos algún día en un rancho con sol, alegre y nuevo”- (sigo con Cafrune). A la sombra de Alaiz el rosario de desarrapados circulaba en un escenario más propio de películas de la 2ª Guerra Mundial, con ciclistas albardados con ropas, gorros y bragas. La temperatura seguía a lo suyo y nosotros, cosas de la vida, empezábamos a tener calor. Habíamos recorrido 30 kilómetros y, ¡por fin!, circulábamos en “pelotón agrupado”.

En Urroz, el de Duracell me ha confesado que iba a acompañarnos apenas un par de kilómetros más y que después se volvería. ¡Mentira puñetera! Esos dos kilómetros los ha multiplicado por 10 y nos ha marcado el ritmo hasta Erro. La velocidad ha oscilado entre 28 y 33 kms/hora. No sé si daba el aire de cara o no; yo me he acurrucado entre la gente y no he asomado la cara por “si las moscas.” Mi preocupación de la cuestecilla del kilómetro 18 la he solucionado a costa de apretar los glúteos más de lo aconsejable y así hasta el café de Zubiri.

La sede de la Federación Navarra de Ciclismo estaba a reventar. El café y los minutos sin agarrar el manillar de “la flaca” me han arreglado un poco el maltrecho corpachón con el que la sabia naturaleza me ha obsequiado y hemos llegado a casa sacando pecho. A la altura de Mendillorri se me han olvidado todos los malos momentos del día recordando otros mejores con la compañía de Saúl y Luis. Buena gente, ¡sin duda!

Esto ha sido lo que ha ocurrido hoy. Un día frío de c…..s y que espero tenerlo en cuenta a la hora de decidir si salgo o no en bicicleta este otoño/invierno que nos ha tocado vivir en mi pueblo.

Hasta pronto. Bs.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Templando al "moniko"


El moniko se encuentra en los últimos días de su gestación. Seguramente nacerá de manera incontenible en los primeros días del mes de enero. Poco a poco se muestra con ganas de darse a conocer; hasta ahora es fácil soportar sus impertinencias.

Ayer, al revisar el registro de salidas del año, vi que hacía justamente un mes desde la última en condiciones. Aquel día nos acercamos a la Valdorba y guardo un buen recuerdo del desarrollo de la marcha. Después de eso ¡nada! Bueno, sí, 195 kilómetros en un mes. No me quejo de la decisión que tomé de no acudir como alma en pena a los visillos de las ventanas. Los gimnasios y las piscinas merecen la pena visitarlos de vez en cuando y eso es lo que he hecho y seguiré haciendo. Los tonos azulenkos del cielo, sustituidos por los “panza burro”, seguro que no nos van a dejar de aquí a entonces.

Ignacio y yo planeamos hace una semana que hoy, hiciera lo que hiciera, íbamos a salir en bicicleta. Fue una especie de apuesta o bravuconada, no lo sé, pero hoy a las 10 de la mañana los que no estaban no nos han visto aparecer en nuestro banco preferido de Cizur. No es tiempo para peregrinar.

Me he reencontrado con lo habitual: viento, frío, ruido en las orejas, respiración agitada, una cierta ansiedad por terminar de subir la cuesta de Subiza ¡lo de siempre! Y así, andando con mi vieja Rossin, hemos desembocado en Campanas. Nuestra propuesta consistía en visitar el Cerco y tomar el café en Puente la Reina pero, un momento antes del Carrascal, Ignacio me ha advertido de que la rueda trasera iba baja. Antes de apearnos, nos han alcanzado los de Orvina con el desertor del trío tirando con fuerza.

No hay cosa mejor que arreglar el obús trasero para que todas tus intenciones de visitar Artajona se vengan abajo. –“¿Qué tal si vamos directamente a Puente e intentamos alcanzar a esa cuadrilla de desaprensivos?”- ¡D’acord, vamos!

¡Jodé d’acord! Imposible seguir el ritmo de Ignacio. Dos o tres relevos por aquello del “qué dirán” y olvídate de subir la variante de Enériz. Enseguida hemos llegado a La Conrada después de un intento fallido en la pastelería de al lado. Confraternización con los “desaprensivos” de antes y saludos cordiales que diría el “enano de la Ser” (perdón).

Tenía una pizca de preocupación por saber cómo iba a subir la cuesta de Artazu, el aire daba de frente y el miedo es libre. No ha habido problema alguno en alcanzar el cruce de Orendáin y seguir hacia Pamplona con visita previa a Paternáin.

Diría que ha sido una toma de contacto agradable, de las que sirven para no olvidar del todo el pedaleo de verdad, el que no tiene nada que ver con el de “conserva” encima de una estática. No obstante, quiero hacer una confesión: esta vueltita de reencuentro con la realidad, con apenas 75 kilómetros de recorrido, subiendo hacia el trastero se ha manifestado en forma de dolorcillos previos a las agujetas. Cosas de la vida.

King-Kong sigue a lo suyo y el chavalín apenas alcanza los dos metros de ancho. No hay miedo, todavía se le puede dominar, aún no ha visitado la calle Morgue…

Hasta la próxima. Bs.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Club Ciclista Villavés


Pues sí, eran las 9 y cuarto de ayer a la noche cuando el impaciente de Ignacio me recordaba que estaba “abajo” esperando. Lo sé perfectamente porque fue entonces cuando el Madrid comenzó a meter goles en la portería del Almería. Lo siento, no vi ninguno.

Atravesamos Pamplona con los semáforos en verde “por poco” y nos sumergimos en Ezcaba para llegar a Oricáin a tiempo. Había mucho movimiento en los alrededores del restaurante, se notaba que iba a pasar algo importante en el Ezcabarte. Nos recibió un señor de pelo blanco al que llamaban Pepe y se apellidaba Barruso. Dominaba la situación: mantenía una sonrisa continua en el semblante y saludaba a todos nosotros por el nombre.

Aquello tenía todas las pintas de ser un acontecimiento social  de alto copete. Todas las mesas y sus comensales fueron fotografiados por los reporteros gráficos. No venía a cuento preguntarlo y no lo hicimos; nos quedamos sin saber en cuantas revistas de tirada nacional, tanto de las del “cuore” como de las que se dedican estrictamente al cotilleo ciclista iban a publicar la entrega de los famosos premios y recuerdos que anualmente el Club Ciclista Villavés reparte entre su gente.

¡Y comenzó la cena! Aquello no fue un menú al uso actual, más bien parecía un banquete de boda de las de antaño con primeros, segundos y terceros, postres y licores. ¡Jodé, que no quiero engordar! Además, no conviene comer mucho a la noche. ¡Nada, ni caso! Ande o no ande, caballo grande.

Nos tocó compartir mesa con gente que no conocíamos de nada. No importó, la relación fue sencilla y para nada violenta. Giraba la cabeza y me encontraba con Miguel Induráin, un poco más allá estaba Xabier Zandio y enfrente Koldo Gil. Un poco más allá Javier Iriberri. Gente del mundo empresarial navarro, deportistas del club villavés, presidentes de otros clubes… ¡Alta sociedad navarra!

Además hubo un apartado que consistió en el sorteo de innumerables regalos entre los asistentes. Pepe y los suyos prepararon el tinglado y en un “santiamén” todos los comensales, como vulgares jugadores de bingo, nos encontrábamos mirando ansiosos nuestro número respectivo esperando llevarnos cualquiera de los premios.

El locutor del evento dijo que íbamos a asistir al sorteo más dirigido y apañado del mundo y doy fe de que tenía toda la razón del universo. El premio gordo era una bicicleta Conor de montaña ¡nada! Le “tocó” a un jicho al que le hacía falta. Múltiples lotes de café para los más cafeteros (de Villava), aparatos de limpieza para los más “sucios”, camisetas de Osasuna y de Aspe para los “otros deportistas”. ¡En fin! ¿Para qué seguir? ¿Cómo es posible que a nosotros no nos tocara nada? Antes del sorteo procuramos tocar las teclas más influyentes pero se conoce que habíamos llegado tarde, todos los premios estaban comprometidos. Otra vez será.

Si alguno de nosotros albergaba la más mínima esperanza de andar hoy en bicicleta, al salir hacia el aparcamiento se nos quitó de repente. Rumbo hacia Pamplona, poco a poco, se fue quitando la tiritera. Mientras, en un semáforo de la Baja Navarra, una chica lamía un trozo de hielo con forma de botella que no la bebía.

Hasta otra, Bs.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Lluvia, sudor y... recuerdos.


No hay duda, estoy seguro de que “con la que está cayendo” no tendremos restricciones  el próximo año; además esto no tiene pinta de parar y, si para, vendrán nuevas avenidas que situarán los niveles en donde corresponda.

Por si alguien no se ha dado cuenta, me refiero a la lluvia que cae y cae, no hablo de política, esa también cae pero, como dicen por ahí, ahora no toca.

El programa de hoy lo teníamos previsto desde ayer, la maldita Vuelta a Aranguren “a pie” fue la elegida. ¡Por favor! Una pregunta: ¿a alguien en su sano juicio le gusta esa “vuelta” para darla en bicicleta? Una cosa es que no tengamos tiempo para otra más larga, pero la susodicha es una pestosilla que no sé cómo se las arregla para tener un trazado, en cualquiera de las dos direcciones, siempre cuesta arriba. Si resulta que alguno está leyendo esto y no opina como yo, por favor, que no se cabree.

Uno a uno, todos los miembros de “Los Tres de Castilla” han llamado para plantear las excusas más pegrinas y librarse de la lluvia que caía con garbo. ¡Allá cada cual! Si seguimos así no vamos a pintar nada en el pelotón navarro y, mucho menos, en el internacional. He maniobrado rápidamente y se me ha ocurrido amortizar el recibo de las instalaciones de Amaya.

A las 10 en punto el primer olorcillo a sudor venía a saludarme. No sabría decir cuántos maromos y titis habían tenido la misma idea que yo ¡muchos! De no haber pasado el carnet de socio por los detectores, hubiera pensado que me había equivocado de recinto. Todo era nuevo: “estáticas” para ciclistas, los del spinning pedaleaban sin cesar, los remeros a lo suyo, los del músculo al músculo, los raros con las máquinas extrañas, los exquisitos se estiraban, los clásicos llevaban meyba, los boludos camisetas sin mangas, los tatuajes asomaban por doquier, los de toda la vida iban como siempre, había “modernas” que leían en su iPad algún libro que tenían en el iBooks… y el olor a sudategui dominaba el ambiente.

Desde mi entrada hasta mi salida han transcurrido cerca de tres horas y entre ejercicio y ejercicio, paseo de descanso y lectura de las instrucciones de los aparatos, me he encontrado relajado, a gusto, con ganas de repetir y más si el acopio de reservas para el año que viene sigue como parece.

Antes de regresar al coche, no he podido resistir a la llamada de la piscina y he recordado que hace muchos años nadaba con cierto estilo. Sólo han sido 250 metros pero mañana tal vez sean 500, ya veré.

Subiendo la cuesta de Beloso me ha venido a la memoria que ayer cambié los antiguos frenos de la Flash por otros nuevos, relucientes y más precisos que los otros. Además, también he recordado que arriba en el trastero, limpia, negra y reluciente está la Look. Tranquila, todo llegará.

 

Hasta pronto. Bs.

martes, 19 de noviembre de 2013

Entre Tony Rominger y King Kong


Pensaba que lo llevaría peor pero, por ahora, no es para tanto. No me subo por las paredes, apenas miro por la ventana y tengo un mono que no es tal, diría que se trata de un moniko.

En los años 90 Miguel Induráin tuvo un hueso duro para roer, se trataba de Tony Rominger. En más de una ocasión el suizo le puso las cosas muy tiesas al bueno de Miguel. Pues bien, no se trata de recordar ahora las batallitas que mantuvieron ambos ni tampoco las veces que uno ganó al otro; ahora sólo me gustaría recordar un comentario que hizo Tony en una entrevista después de retirarse del profesionalismo: -“A partir de ahora, nunca más saldré a entrenar con lluvia”-

Si alguien sabe del ciclismo, sin duda, son los ciclistas. Si un tipo que nació en Dinamarca y tenía la nacionalidad suiza lo dijo, habrá que tenerlo en cuenta. La verdad es que para aprender todo esto no es necesario haber nacido en ningún país nórdico, con hacerlo en Navarra es suficiente pero, entre una cosa y otra, entre Rominger y Ancarrana, he llegado al pleno convencimiento de que mucho tiene que mejorar el tiempo para que mi querida Look comience a ensuciarse.

Ha habido abundantes presiones por parte de “El Escalador” para convencernos a Ignacio y a mí de que, según Maldonado o cualquier otro maldito predictor del tiempo, en la franja horaria que va desde las 10 a la una, apenas iba a llover. ¡Mira chaval, déjate de monsergas! en este tiempo lo normal es que llueva, nieve y que nos refugiemos en los gimnasios o salgamos a menear las piernas bajo un chubasquero, armados con gorra y calzados con zapatillas maratonianas. Tampoco estaría de más que nos laváramos abundantemente en las piscinas cubiertas que, a más de uno, nos hace falta.

Como decía al principio, el moniko es muy fácil de dominar y resulta placentero discurrir por Pamplona a pie, unas veces solo y otras acompañado por los “castellanos”. La garganta se resiente de tanto y tanto hablar. No hay pausa durante las tres horas de nuestra caminata y así seguiremos hasta que nuestro monito vaya creciendo y se convierta en el Fantasma de la calle Morgue. Un gorila de cerca de tres metros de ancho que haga imposible llevarlo en brazos.

En nuestra cabeza bulle la idea de mantenernos en esta línea de no quebrantarnos mirando a través de los visillos como viejas alcagüetas. Cuando amanezca un día de pleno verano en los meses de noviembre o diciembre, con veintitantos grados a la sombra, apareceré por la autoescuela con la bicicleta reluciente y las Zipp dejándose oir. Así nos plantaremos en el mes de enero y, con el año nuevo, entonces sí, el gorila será todo un señor con un síndrome de abstinencia tal que seremos capaces de mandar al carajo los pensamientos de Tony Rominger y nos convertiremos en feroces madelmanes devoradores de vueltas a Erro y vueltas a la montaña, subidores de Madoz rumbo a Lecumberri, merodeadores de Basaburua, llaneadores de la Ribera, inventores de rutas extrañas, descubridores de Benabarre y tal, y tal, y tal, etc.

No desesperemos y sigamos alimentando al primate. Bs.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Desde la óptica del ciclista urbano.


Llevamos mucho tiempo con la misma monserga; raro es el día que, desde alguna de las secciones de “cartas al director”, no aparezca algún escrito poniendo en mal lugar a los ciclistas. Normalmente las críticas se vierten hacia los urbanos, aún cuando también molestamos en la carretera.

Esto  no quiere decir que el ciclismo sea una diana preferida por los escritores, simplemente es… otra diana. Existen grandes motivos para escribir a los diarios: la porquería acumulada en las calles y ríos, los políticos y la política, el gran abanico de posibilidades que dan los perros, consejos “a quien corresponda” para mejorar tal o cual cosa, temas de actualidad, agradecimientos por las atenciones recibidas en el Complejo Hospitalario de Navarra, críticas a los que están al frente de los servicios públicos por su mal hacer, etc.

Hoy Los Tres de Castilla nos hemos integrado en el grupo de “Orvina” y, lógicamente, he tenido que atravesar Pamplona para situarme en la Chantrea. Nada más poner la Look en la calle ha empezado la lucha por el sitio. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, todo consiste en situarse al otro “lado del mostrador” de los peatones, automovilistas, repartidores y “villaveseros” para tener una óptica radicalmente opuesta a lo que se lee en los periódicos sobre nosotros.

Si partimos de que la mayoría de los carril-bici no tienen un destino o, por lo menos, un final lógico, tarde o temprano tendremos que circular por las aceras. Los peatones, por mucho cuidado que se tenga, al percatarse de nuestra presencia nos mirarán con cara de asustados y retirarán a su pareja para que no la atropellemos. Creo que sólo se trata de la cara que se tiene a eso de las 9 de la mañana, pero nos miran con desconfianza y cierto rictus de asco. Por fin bajaremos a la calzada y habrá que hacer equilibrios entre los vehículos que te han adelantado como si no existiéramos: si se llega a un semáforo, son capaces de ponerse a tu lado ocupando tu lugar o aproximándose demasiado, cuestión que no harían si, verdaderamente, fuésemos un vehículo como dicen.

Espantado de lo que he contado, atravesando el Paseo de Sarasate, me he plantado en Carlos III y, aprovechando que los semáforos estaban en rojo, he logrado situarme detrás de una “villavesa” y me ha abierto el camino hasta la bajada del Labrit. Ningún automóvil se ha atrevido a adelantarme y tenía su cosilla bajar a 50 kms/hora sabiendo que llevaba un currela o una mamá pegada a mi culo, igual que en las grandes carreras ciclistas pero en peor. Camino de la Magdalena he tenido un momento de respiro pues los semáforos estaban todos de mi parte y los “directores de equipo” me habían abandonado hacía rato.

La Chantrea no tiene nada que envidiar a otros barrios de la ciudad en cuestión de llevar a los niños al colegio. Conforme me acercaba a la Avda. de Villava de todas las calles salían papás llevando a los nenes a clase y yo, con “cara del que sabe”, imponiendo mi criterio.

Por fin he terminado de andar mis primeros 4 kilómetros del día. Han resultado intensos y difíciles. Hay que rebuscar en el zurrón de la experiencia para salir triunfante de semejante fauna. ¡Ah! Si hubiera sido un fiel fiel observante de la legalidad: circular como Dios manda, unas veces por el carril-bici, otras por las aceras, parar en los semáforos, no adelantar a los muermos… ¡en fin! Un angelico, todavía estaría por el centro de la ciudad. Yo, que queréis que os diga, considero que es muy difícil andar en bicicleta en solitario. Me viene a la memoria una frase de Paco Martínez Soria que decía: -“La ciudad no es pa mí, ¡quita, quita!”-

Esta es la visión que tengo de la circulación cuando me visto de profesional, soy un verdadero estorbo y vosotros… también.

Hasta pronto. Bs.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Ciclismo del bueno ¡puro goce!


El domingo es el día soñado por los profesionales del ciclismo. La mayoría de nosotros dejamos nuestros grupúsculos y desde todos los puntos de la ciudad, como hormiguitas obedientes a la llamada, acudimos a la “autoescuela” para integrarnos en el grupo de UCN, el nuestro, no queremos otro. Con nuestras rarezas, nuestros alardes milimétricos, nuestras cabezonerías, nuestra buena gente, el nuestro, Unión Ciclista Navarra.

Alguien tuvo la buena idea de organizar un calendario de marchas para el invierno y hoy tocaba ir a la Valdorba. Me parece un recorrido estupendo y además no es frecuente acudir por esos lugares. Mientras pretendo escribir de ciclismo, comienzo a recordar con insistencia la primera vez que llegué hasta Sabaiza, así que, para calmar el pensamiento recurrente, lo voy a contar:

Entonces estaban de moda Los Bravos, habían actuado en Pamplona, seguramente en el Club Natación, y todos habíamos cantado el “Black is Black”. A mí no me gustaba nada la canción pero era lo que se llevaba. Al día siguiente toda mi cuadrilla de amigos montamos en un autobús y, mientras leíamos el “Diario”, nos subió los 15 kilómetros que separan Barasoain de Sabaiza. La familia de mis amigos Javier y Luis era originaria de la Valdorba y una vez al año tenían por costumbre reunirse en el Valle de Orba junto con una gran cantidad de gente como ellos. De aquel día recuerdo el susto que nos entró a todos los amigos cuando descubrimos que estábamos nadando en una charca en la que nosotros éramos minoría frente a un ejército de culebras.

Calculo que en bicicleta me habré acercado hasta la verja que cierra el paso a la finca una decena de veces. El recorrido lo tenía totalmente olvidado y reconozco que hoy tenía un cierto grado de canguelo ante el hecho de subir por una carretera que señala arriba el kilómetro 15.

El viento pegaba a favor, venía de arriba y nosotros íbamos hacia abajo ¡buena cosa, si señor! No ha sido difícil acercarnos y subir la cuestecilla de El Carrascal, rodar con garbo y ascender el repecho de Mendívil. Hemos bajado la curvatura de la Tierra y nos hemos plantado en Barasoain.

Cuando llevábamos recorridos un par de kilómetros, supongo que habremos dejado a nuestra derecha la Ermita del Santo Cristo de Cataláin, yo no la he visto pero sé que ahí se enclava la Ermita que digo, monumento emblemático del románico del Valle. Hoy no tenía tiempo para visitas turísticas y culturales, mis miras las tenía puestas en otras metas más prosaicas y, a veces, más placenteras: no soltar al grupo, ese grupo tan nuestro y que tanto se esforzaba en dejarme.

De vez en cuando la cuesta se empinaba algo más de lo conveniente y, detrás del bosque de cullottes de invierno, veía con agradable frecuencia como las cifras en los mojones de los kilómetros iban aumentando: 4, me quedan 11; 6, me quedan 9; ¡jodé! 10, me quedan 5. No recuerdo el nombre del pueblo donde he visto que la cuestecilla era más pendiente de lo que empezaba a ser costumbre y me he acojonado. Lo cierto es que se ha acabado la susodicha y habían desaparecido del mapa Andrés y Carlos. Yo ahí seguía y los goterones de sudor caían del casco de forma parecida a cuando comienza una tormenta; 12, me quedan 3 y 14, me queda 1. En realidad el destino de la marcha era Uzquita pero ha habido división de pareceres: unos a la izquierda (repechón de Sabaiza) otros a la derecha (¿repechón de Uzquita? No lo sé, no he ido nunca). El nuevo manillar ha girado hacia la izquierda y, socavón tras socavón, he llegado a donde quería: ¡arriba! Mi camiseta térmica parecía recién lavada, presta para tender ¡qué barbaridad, qué aguazón llevaba encima!

La bajada hacia Barasoain ha sido para enmarcar, puro goce, velocidad mínima 45 kms/hora en los llanos y de ahí para arriba en las cuestas abajo. Carlos me ha llamado kamikaze. ¡Puro goce!

Reagrupamiento, cafés y… vuelta al tajo. Ligeros aceleramientos contra el viento y cada vez más cerca de casa. El GARMIN me ha dicho que había hecho una vueltita de 96 kilómetros y que la gente estaba contenta.

Hasta pronto. Bs.

 

 

 

lunes, 28 de octubre de 2013

Comienza la temporada invernal


Sabía que se trataba de un espejismo y, aún así, seguí creyendo en él. Todos íbamos vestidos con nuestras mejores galas de piel de cordero; Felipe nos acompañaba con una “gorda” impresentable y nadie se lo recriminaba; resultaba fácil seguir el ritmo de los primeros y aprovechábamos la ocasión para hablar. Andrés llegó a creer que sus entrenamientos con bicicleta de spinning y que sus huidizas salidas de fin de semana por el monte daban sus frutos. ¡Todos éramos muy felices!

Acaso fue un presentimiento o una leve sensación, pero me pareció que, en cuanto dejábamos atrás Urroz, hubo un ligero movimiento hacia arriba en la velocidad de crucero y, otra vez, miraba a las grietas del camino con más insistencia que a cualquier otra cosa. Giramos hacia Artaiz y estoy seguro de que el pensamiento de todos nosotros coincidía en que teníamos que solucionar un problema:

-          1ª estación.- Subidita hasta el kilómetro 4 adornada de cortísimas bajadas e inapreciables territorios llanos. Algunos no dejamos que bajase la cadena del plato grande. Todos poníamos mucho interés en que la próxima cuestecilla fuese la última pero era inútil: si no has llegado al kilómetro 4, todavía tendrás que subir alguna que otra chorradita y, como digo, en plato grande y a “tutta la oxtia”.

-          2ª estación.- Una vez superado ese hito, los “gigantes de la ruta” sienten unas ganas tremendas de demostrar su poderío y nos acercan hasta Iriso. Este pueblito tiene una pequeña trampa en forma de falso llano. Esto significa que el llano es muy falso, es decir, que tienes que subir una cuesta rápidamente. Alguno sé que lo pasó bastante mal aunque después cazó al grupo en la cuesta abajo.

-          3ª estación.- Llegamos a un tramo en el que es fácil rodar, no tiene ninguna dificultad. Por mucho que se esfuercen los de cabeza nadie se queda, al contrario, todos tenemos ganas de asomar el morro. Recuerdo que José Antonio me dio una idea para alardear en la crónica cuando me dijo: -“luego pondrás que has ido todo el rato tirando a costa de estos metros que has ido el primero”- ¡Qué cabrito el Arambillet, cómo me conoce! De todas las maneras, tengo que reconocer que, desde que formo parte del cuarto poder, observo un cierto interés en el personal en salir bien parado en las marcianas crónicas.

-          4ª estación.- Cuanto más corramos, antes llegaremos al inicio de la cuesta de Tabar y esto significa otro sofocón si quieres no perder comba. Se trata de un repecho de alrededor de un kilómetro. Desde el helicóptero de TV se observaba que todos queríamos tomar una buena posición para empezar el calvario con garantías. Se formó un pequeño tapón al ocupar todo el ancho de la carretera y yo hice un pequeño alarde que no era tal, sencillamente no quería frenar y perder la velocidad que traía. Desde el lado izquierdo crucé al derecho y ahí estaba la susodicha. Como decía hace mucho tiempo, el peligro de la bala lo acarrea su velocidad. El peligro de la cuesta lo trae la velocidad con la que se sube y el engaño de pensar que al final del tramo que se ve desde abajo, se acaba; no, no se acaba, sigue doscientos o trescientos metros más y esto suele resultar fatídico para más de un olvidadizo.

-          5ª estación.- Bajamos hacia Lumbier sin contemplaciones. El 11, el 12 y unos pocos el 13 se sacan a relucir y ya no se quitan. Los pájaros a motor se animan a competir con nosotros y, al cabo de un rato, veo que llevamos a un maromo metiendo ruido a nuestra izquierda con la misma pinta que llevaría otro jicho montado en una lambretta pretendiendo poner la postura más aerodinámica posible y pasarnos. Al final logró remontarnos por encima de las cabezas. En ese punto José Antonio dio un ataque seco, pensé que sería el definitivo porque se llevó detrás a dos rodadores de los buenos y tres son muchos para lo poco que queda para el café. Opté por mantener la velocidad, al fin y al cabo no corren en el Movistar y si tu equipo no es el número uno mundial, no eres tan bueno. Si mantengo la velocidad os cogeremos. Así fue, con una pequeña trampa de por medio, llegué el primero al Irubide.

-          6ª estación.- En cuanto hube acabado de repostar, noté como sendas contracturas, una por cada pierna, se apoderaban de mis muslos. ¡Qué bien! ¡Vais a ver cómo subo el puerto de Loiti! Una maravilla con Luis y Pedro, buen ritmo y las contracturas que comienzan a evaporarse.

-          7ª estación.- Ponemos rumbo a Pamplona. Carretera sin obstáculos, viento de sillín y cantidad de voluntarios para “tirar del carro”. Las rotondas son una buena excusa para comprobar el agarre de los neumáticos a la carretera y así seguimos hasta que nos entró la célebre cordura navarra y atemperamos la velocidad un poco.

-          8ª estación. Toma de decisión: ¿ampliamos la vuelta por Aranguren o vamos hacia casa? Pues eso, unos para la derecha y otros para la izquierda, ¡natural!

-          9ª estación.- Andrés y yo decidimos bebernos a cada cerveza en la terraza del “Tip Top”. ¡Muy buena idea, oye!

-          10ª estación.- Se llega a casa y el GARMIN apenas señala  90 kilómetros.

Amén. Hasta pronto. Bs.

 

sábado, 26 de octubre de 2013

¡Viva el consumismo!





Hace pocos días, no recuerdo en donde, vi una fotografía de un antepasado nuestro; muy bien podría tratarse de un familiar de cualquiera de nosotros, pongamos que de un abuelo. De él recuerdo dos cosas: tenía la cara y las manos de cuero arrugado; su ropaje, apenas pantalón y camisa, tenía muy poco de su versión primitiva;  la mayor parte de su superficie original había desaparecido o servía de entramado para soportar los sucesivos petachos que a lo largo de los años habían sido añadidos.
En tan poco espacio de tiempo, apenas 50 años, se han ido apoderando de nosotros unas necesidades de consumir que, como diría aquel, no nos conoce ni la madre que nos parió. El comercio es el rey del cotarro, el asunto se sustenta en el consumo y, en cuanto has consumido, ya no eres interesante, las miradas se fijan en el siguiente.
Durante mi vida laboral ocupé gran parte de mi tiempo en implantar nuevos y sucesivos métodos de trabajo que duraban apenas un año. Enseguida se acababa el ciclo y comenzaba otro nuevo que mejoraba el anterior. Los compañeros de trabajo se quejaban en cuanto me veían aparecer por la puerta de entrada a las oficinas; justamente cuando empezaban a dominar el viejo sistema, yo traía otro bajo el brazo mejorando lo inmejorable.
¿Os habéis fijado que vivimos bajo el yugo del consumismo ciclista? Enumeremos, por favor:
-          Bicicletas montadas desde la fábrica.
-          Normalmente no estamos conformes con el equipamiento que traen y procuramos adecuarlo a nuestro gusto.
-          Sucesivas mejoras a lo largo del tiempo hasta que compramos otra bicicleta.
-          Zapatillas.
-          Vestimenta adecuada a la moda que marcan las tendencias. Ahora se lleva el color negro, muy propio para soportar los rigores del verano y para pasar desapercibido en la carretera.
-          Cascos. Elementos muy útiles para cuando te caes de cabeza pero inútiles en muchísimas otras ocasiones, por ejemplo cuando te caes con la cadera, de rodillas, con las manos por delante, de morros. No importa, ahora los hacen de kevlar, muy resistentes y sus diseños cada vez más modernos. Este año se han empezado a ver en las grandes pruebas unos muy parecidos a los orinales, sin apenas aireación  pero que van muy bien para los sprints.
-          Prendas antifrío, antiviento (windstopper), antiagua.
-          Gafas.
-          Aparatos de medición de velocidad, revoluciones, temperatura, localización.
¿Sabéis una cosa? Todo esto no nos sirve para nada, bueno, para nada no, acaso para calmar nuestras “ganicas” insaciables, alimentadas por el boca a boca de nosotros. Insisto ¡para nada! Todo lo que compremos hoy, será superado mañana o esta misma tarde. La bicicleta nueva mañana es vieja y lo cojonudo es que, tanto la “vieja” como la “nueva”, son igual de buenas: responden a la primera, pesan nada y corren todas mucho (o poco, según).
¿Os imagináis a nuestro abuelo, el del primer párrafo de esta crónica, siguiendo los dictados de la moda? ¡En fin! No me hagáis caso, si no de qué iban a vivir tantos fabricantes y currelas del automóvil, por ejemplo, si siguiéramos utilizando el primer coche que tuvimos y que tanto humo echaba.
Lo dicho: ¡sigamos consumiendo!
 

jueves, 24 de octubre de 2013

¿Nos aliamos con el viento?


Después de unos días revueltos con el viento muy presente y la lluvia a la vuelta de la próxima curva, ayer, los “tres” enseguida nos pusimos de acuerdo. No fue necesario quitar muchos minutos al partido de la jornada.

Las App’s  pronosticadoras del tiempo, los maldonados, los florenci rey, todos decían lo mismo: -“temperaturas suaves propiciadas por el aire recalentado procedente del SE”-

Si queremos volver con el aire pegando con fuerza en el sillín, la solución es muy sencilla, sólo tenemos que orientarnos hacia cualquiera de los “sures” de Pamplona. Al principio nos preguntaremos de quién fue la idea de airearnos tanto y cuanto, pero después, todos nos apuntaremos a levantar el dedo diciendo: ¡yo! ¡yo! ¡yo he sido el listo! cuando disfrutemos de los platos gordos y las coronas pequeñas y se nos acerquen las imágenes de Iruña por cualquiera de los accesos de “abajo”.

Bien, la cita, para no perder la costumbre, en Cizur. Se nota que el año camina hacia el invierno y nuestros eternos amigos los peregrinos de Santiago ya no son tantos; apenas dos orientales y tres o cuatro desparramados de producción nacional. Sin duda que hemos aprendido a introducirnos en la bocanada del viento y, tras unas cuantas miradas al negro del pavimento y a las escolleras de potasa, nos hemos encaramado en el alto de Subiza. En Campanas hemos tenido que compartir ruta con los habituales de la general, ya se sabe: camiones, furgonetas y automóviles haciendo “el calamar”. Luego dicen que es malo fumar ¡peor resultan los tubos de escape que, sin descanso, acompañan hasta el cruce de Artajona!

El viejo campamento del Carrascal casi ni mirar; el culpable era el viento: ya no nos pegaba de cara o de costado, empezaba a acariciarnos el jopo y, con su suave roce, hacía que por Olcoz se adivinase que la subidita siguiente iba a ser movida. Así, con alguna que otra bronca de algún que otro “bocas”, hemos bajado la Txapela y ya en Artajona el aire era un amigo del alma, un querido amigo de los de toda la vida, un amigo como Dios manda.

En Puente la Reina, justo en La Conrada, la Federación Navarra de Ciclismo acaba de abrir otra delegación para atender a los numerosos ciclistas que se acercan a comer los pintxos que, tan amablemente, te sirven en la terraza del bar.

 

Desde el pueblo de mi padre, subiendo a Orendáin, nos dirigimos a casa. Resulta una ruta muy amistosa, abrigada y con la justa medida para dejar pasar el airecillo necesario para que mires con orgullo el GARMIN y veas que los dígitos de la velocidad serían la envidia de Míkel Azparren en su Camino de Santiago del pasado mes de Agosto.

Hemos intentado subir la cuesta de Arguiñáriz pero, cuando apenas llevábamos un kilómetro de carretera descarnada y un rebaño numeroso de ovejas a nuestro lado, ha empezado a lloviznar: amiguitos ¿nos piramos de aquí?

No ha hecho falta preguntar otra vez, hemos vuelto a nuestra velocidad de crucero y, por el Oeste (Mendebaldea) nos han visto entrar los aficionados al ciclismo, los otros ¡no!, esos no nos han hecho mucho caso.

¡Oye, buena vuelta! 85 kilómetros dan mucho para contar pero ahí queda resumido.

Hasta pronto. Bs.

 

 

domingo, 20 de octubre de 2013

Y llegó la última.


Tenía la esperanza de que hoy haríamos la marcha a ritmo tranquilo. Se trataba de la última oficial del año y, de la misma manera que en las “grandes vueltas”, la dernier etapa sirve  para conocer la cara sonriente de los compañeros de profesión. Hoy acudía a la “autoescuela” con esa inocente ilusión.

En la Avda. de Bayona hemos parado en el semáforo que puso Maya para ayudar a cruzar la calzada a los bailarines del Marengo: -“esto marcha, he pensado, sólo nos falta la copa de Mainegra para parecernos al bueno de Horner”-

La cosa se ha empezado a poner seria cuando circulábamos por la variante east: Luis (Garde) llevaba a su lado a Jesús (el Maestro) y se contaban sus cosas. Ninguno de los dos se daba cuenta de la situación porque son unos fenómenos, pero los círculos magnéticos de Navarra comenzaban a manifestarse y por la Papelera del Carmen, camino de la cuesta de Mendióroz, pensaba en “¿¡quién coño me ha mandado venir aquí, a esta etapa tranquila de fin de temporada, con lo bien que estaba en la piltra!?”

Siempre sucede lo mismo, en cuanto dejamos atrás la cuestecilla, se sienten unas ganas irreprimibles de comprobar si el plato grande funciona. A los demás les ocurre igual pues enseguida te sientes acompañado, arropado, al menos en espíritu, para acercarte a la cuesta de Lerruz.
 Camino de Urroz ya todos, o casi todos, hemos probado la “gracia de dios” y nos sentimos los reyes del mambo.

Del tramo de Izagaondoa que nos sube la cuesta de Unciti no me preguntéis muchas cosas. Normalmente lo hago como puedo, mirando al suelo y con la vana esperanza de terminarlo sin contratiempos. Creo que podría describir mucho mejor los baches y las grietas de la calzada que los cultivos de los campos de Artaiz. Al llegar arriba me ha parecido que la velocidad tendía a apaciguarse y eso, queridos amigos, no está bien: las cuestas arriba hay que subirlas despacio y las que miran hacia abajo a “tutta la oxtia” ¿d’acord?

De esta manera hemos alcanzado el Cruce de Monreal y ha sonado la hora de Russell. El cabronazo del escocés ha sentido la llamada de su instinto celta y nos ha llevado rumbo a Campanas a velocidades más propias de las primeras etapas de nuestra “gran prueba” que de la última. Ignacio gritaba: -“¡no le déis el relevo!” ¡jajaja! ¡Toma, un relevo y otro, y otro, y otro! Así hasta el Carrascal.

Si alguien quería ir despacio, sin duda, se ha equivocado de día. Además la ruta de Obanos, camino de Eunate, todos sabemos que no es muy aconsejable tomarla a ritmo cansino, ¡no se puede, es imposible! Nos encontramos en otro de los famosos lugares magnéticos de los que tantas veces os hablo. Estos círculos atraen irremediablemente hacia abajo, la fuerza de la gravedad se multiplica y los platos grandes se alían con las coronas pekeñikas haciendo que el tiempo se acorte y lo que normalmente se tarda en recorrer una hora, ahora resulte suficiente con media. ¡Qué curioso resulta esto de la física!

Se me ha ocurrido que podía ser una buena ocasión para comprobar cuánto tiempo sacaba al pelotón si tomaba un atajo. Se trata de un tramo que forma parte de lo que Ignacio llama “la vuelta de las Tres Cimas del Lavaredo”. Así que, en lugar de enfilar hacia Puente, he seguido rumbo a Muruzábal subiendo una cuestika que el GARMIN ha señalado con el 20%.

Los perros del pueblo se han sorprendido al verme aparecer por la retaguardia, lo mismo les ha ocurrido a las buenas personas que iban a misa de 11. En esas estaba cuando he desembocado en la carretera que conduce a Uterga: ¿qué es aquello? ¡La furgoneta! ¡Joder, si van delante de mí! ¡Menudo atajo he tomado! En fin, que vayan preparando la mesa.
 

 

La fatiga de la mañana ha desaparecido de manera rápida, las sonrisas afloraban fácilmente y la única botella de clarete que había encima de la mesa era la mía ¡buen provecho!

Desde aquí en adelante, después del parón del almuerzo de confraternización, no tiene grandes cosas para relatar. La subida del Perdón, siempre arisca, hoy me ha dado lo mismo, no le he hecho ni caso. Para que lo sepáis, la he realizado hablando con Joaquín desde la ventanilla de su bólido. Me ha dejado en la cima del puerto y pronto ha llegado el final de esta temporada ciclista. Con ésta he logrado completar la número 37 desde que allá, por el año 77 (siglo XX), comencé a conocer gente pirada por el ciclismo, sin duda ¡buena gente!

Hasta pronto. Bs.

 


jueves, 17 de octubre de 2013

¿Qué fue de aquellos...?


Todos sabemos que el ciclismo es un deporte muy celoso. No le gusta compartir protagonismo con ninguna otra actividad deportiva y, a lo sumo, ha permitido que lo anuncien en el mismo cartel junto con la natación y el pedrestrismo, hablo del triatlón. He querido retar a mi deporte jugando a albañil y lo he pagado caro: me encuentro más encorvado que el Jorobado de Notre Dame.

Entre papeleta y papeleta de antiinflamatorio, periódicos y tablets, he caído en un pensamiento recurrente: el ciclismo vintage. No sé a vosotros, pero ¿os dáis cuenta  que, de una manera natural, aquellos ciclistas que durante años leemos sus nombres en los diarios, los oímos nombrar en la TV y, algo menos, en las emisoras de radio, de repente se esfuman y los olvidamos? La pescadilla comienza a rodar y a morderse la cola; conforme desaparecen unos,  van apareciendo otros y estos, a su vez… ¡en fin! El ciclo de la vida.

Sucede que, un día, haciendo sitio en el trastero, decidimos tirar al contenedor de “papel y cartón” unos cuantos metros cúbicos de antiguos Miroir de Cyclisme y los más actuales ejemplares de Ciclismo a Fondo. El remordimiento se apodera de nosotros y, con el fin de descargar la conciencia, antes de arrojarlos al ciclo de la pasta de papel, echamos una última ojeada a nuestro olvidado tesoro ciclista. Nos damos cuenta de la evolución que han  tenido los componentes de las bicicletas, lo delgaditas que eran entonces y lo gordas que se han puesto ahora. Casi nadie llevaba casco, a lo sumo chichonera de cuero. Todos los ciclistas tenían su propia fisonomía, ¡ya no! ahora presumen de cara uniformada, encuadrada por el casco y sus agresivas gafas. Me viene un pasaje de una canción de Franco Battiato que dice: 
     -“Hay quien se pone unas gafas de sol por tener más carisma y sintomático misterio”-

En esas estaba cuando he cogido un montón de ejemplares de los años 93 y 94 (siglo XX). El número uno del ciclismo mundial era un muchacho que nació en mi tierra, en Navarra. Tengo la impresión de que no le hubiera importado demasiado haber nacido en cualquier otro lugar del mundo pero, sus características personales y su educación, son inequívocamente de aquí; se nota que su entorno familiar y geográfico es de Navarra. Hablo de Miguel Induráin.

Por aquella época había un buen número de ciclistas rusos y, entre tantos, lo lógico era que saliera algún sargento, teniente o capitán del ejército soviético dispuesto a ponerle las cosas tiesas al bueno de Miguel. Me acuerdo de Ugrumov y de los locutores de la SER rezando en directo para que Piotre no se pusiera de líder en el Giro del 93 desbancando al de Villava. Al año siguiente le tocó el turno a Eugeny Berzyn, se llevó el Giro de calle y truncó la racha de mi paisano en Italia. Por cierto, en los foros de internet a los más osados les gusta preguntarse cuando le tocará a Miguel Induráin aparecer en algún escándalo de doping. Son gente ruin, cainitas los llamo yo, personas con el colmillo retorcido y perteneciente a la familia de los suidos (cerdos). No nos desviemos del tema, Berzyn; ¿dónde estás Eugenio? ¿qué tomaste aquel año? ¿se acabó la pócima? ¡pobre!

Hubo más exsoviéticos por aquellas fechas: Konyshev, Tchemil, Poulnikov. ¿Qué fue de ellos? La inexorable pescadilla seguía rodando y poco a poco fueron engullidos por su propia boca.

Todo eso ha venido a mi memoria cuando hoy hacia sitio en las estanterías del trastero.

Hasta pronto. Bs.