Ayer me puse a rebuscar en mi cabeza qué marcha estaba programada para
hoy. Al rato caí en la cuenta de que se trataba de una ruta más propia de fin
que de principio de temporada.
El día ha amanecido frío, oscuro,
panzaburro. Con mucha pereza me he encaminado
hacia la “autoescuela” y poco a poco hemos ido apareciendo los protagonistas de
“Mad Max 3”. El camino hacia las afueras del pueblo tiene un color negro
metálico y las quejas se oyen sin cesar maldiciendo el invierno navarro.
La vieja carretera de Bilbao no
me gusta para andar en bicicleta. A pocos kilómetros de la salida aguarda el
repecho de Añézcar que está diseñado para alborotar el corazón y enfriar los
bronquios. Unos se me escapan mientras otros se me quedan; estoy entre dos aguas
y calculo con desesperación los míseros 100 metros que restan para terminar.
Enseguida llegamos a la cuesta de la gasolinera y, con ella, el segundo
calentón de la mañana. No se trata de que haya mejorado con respecto a la
cuesta anterior, simplemente es algo menos dura y logro arribar con los
gallitos. Estoy harto de estirar el cuello y jadear para cada necesidad
perentoria de respiración.
Desde ayer venía maquinando un
plan “b” y, a la vista de las circunstancias, he decidido ponerlo en práctica.
Justo en el momento en el que atacamos las estribaciones de la cuesta de
Aizcorbe, he sentido unas ganas irrefrenables de visitar los alrededores del Centro Budista y buscar con ahínco Cía y
el valle de Imoz. La sorpresa agradable del día me la he llevado de la mano,
nunca mejor dicho, de “El Cárnicas”, alias alikates.
El bueno de Carlos estaba hasta
los “mismísimos” de aguantar las miserias que acabo de relatar y también andaba
rumiando dejar para más adelante el trajinar de los “madelmanes” del club y
dedicarse a otros menesteres mucho más placenteros.
El verde de la zona no es
gratuito, requiere de abundante riego o, a falta de lluvia, humedad sin
contemplaciones. La carretera, fina como ella sola, estaba cubierta de una capa
de agua esparcida con mimo con frascos de “spray” y nos ensuciaba con cariño
los cuadros de las bicicletas.
La charla nos ha distraído y, sin
darnos cuenta después de atravesar Echalecu, nos ha alcanzado un tropel de
profesionales del Orkuci. Enseguida hemos visto que un grupo de “jefes de fila”
estaba disputando la etapa del día y que, esparcidos por el valle, todos los
que habían ayudado a los “gallitos” pugnaban por no perder muchos minutos en la
meta de Jaunsarás. Les hemos acompañado tomando un café mientras ellos se
impacientaban con almuerzos más consistentes.
Dejando atrás Basaburua
nos hemos adentrado en Ulzama. Las tentaciones de aumentar el ritmo han sido
constantes y nuestra cordura se ha impuesto a la sinrazón dominguera.
A la altura de Sorauren un
“hermano perro” ha salido con alegría a saludarnos por el arcén de la general y
nosotros, llenos de piedad perruna,
le hemos ayudado a buscar el camino de casa.
La lluvia era escasa pero
constante y, aprovechando la coyuntura, el frío se ha colado en nuestras
prendas de invierno sin miramiento. Hacía tiempo que no tiritaba y esto lo ha
conseguido sin esfuerzo esa fina lluvia que ¡tontos de nosotros! somos tan
tercos como para no ponernos los chubasqueros que venden en las tiendas del
ramo para guarecernos de la… lluvia.
El amigo “Cárnicas” me ha
recordado varias veces mientras atravesábamos Pamplona que -“no esperaba haberlo pasado tan bien
desde que, al principio de la mañana, plagados de frío, jadeantes y maldiciendo
la ocurrencia de acudir a la cita semanal, nos habíamos puesto a pedalear”-
Yo
tampoco.
Hasta pronto. Bs.
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