sábado, 16 de abril de 2016

El Camino de Santiago y mi orgullo de fotógrafo herido.



Sabes que una idea se ha instalado en tu cabeza, todavía no le das importancia pero está ahí. Dejo de oír las tentaciones de los “Chimeneas” y definitivamente marco como día propicio el miércoles. 


¡Mala suerte! La rueda trasera la encuentro pinchada y traiciono a la Cannondale; saco del cajón de los recuerdos a la GT y me voy tranquilamente hacia el Camino de Santiago.

Dejo atrás la Universidad y la acera de color rojo es propiedad de los peregrinos. La mayoría, al oírme, se asusta y se atropella a un lado del camino. Todos pertenecen a determinados grupos perfectamente reconocibles: los solitarios imperturbables ante las dificultades; los que forman parte de una mísera pareja; los que participan de un grupo; los que regresan sobre sus pasos asustados ante las dificultades… los que subimos en bicicleta hasta el Monte de El Perdón.


Extraño mi bicicleta, se me hace pesada. Desde la balsa de Guendulain hasta Zariquiegui el camino me parece difícil: está húmedo, las piedras que sobresalen de la tierra me zarandean y tan pronto estoy en el lado derecho como me encuentro en el izquierdo de la estrecha senda. 


Por fin las piedras dejan de existir y dejan paso a medio kilómetro de exigente “cuesta arriba”. Los peregrinos tienden a recuperarse del duro trecho al llegar a Zariquiegui y dan rienda suelta a sus instintos: se descalzan; se desprenden de sus camisetas sudadas y las cuelgan de los bastones; buscan unas monedas para beber agua de la máquina; otros beben de la fuente; según el grupo al que pertenezcan, hablan con sus congéneres o confraternizan con los de otras tribus, tal vez solos. Esto no es lo mío, así que prosigo.


Me dirijo decidido hacia la próxima dificultad y dejo atrás a un peregrino que camina a buen paso agarrado a su bastón de buena altura. Las piedras me descabalgan y vuelvo a montarme en la vieja bicicleta azul. La selección anterior ha dejado el camino libre de peregrinos y continúo con mi “Vía Crucis” particular: tal vez sería buena idea deshinchar un poco las ruedas y así dejaría de botar como un vulgar cowboy agarrado a su vaca en cualquier exhibición de rodeo americano.


¡No es posible! ¡Pues sí! El peregrino solitario, agarrado a su cayado, sube a buen paso y, sin duda, tiene una única idea en su peluda cabeza: ¡voy a por ti y voy a arrancarte las maltrechas pegatinas de tu vulgar bicicleta! Reacciono rápidamente y antes de la fuente de la Virgen de Erreniega he dejado las cosas en su sitio. El tío tiene ganas de guerra y me grita: -“El primero paga”- No me asusta y, arrogante, llego a la arista del Monte de El Perdón. 


Esto parece un día cualquiera de “sanfermines” en la Plaza del Castillo. Los hay que sacan fotos; los que miran el paisaje; los que se vuelven a descalzar; los que piden su bebida en el “puesto” que lleva acampado desde la madrugada; los que esperan a los de atrás;… y yo!


No hay remedio, hacia cualquier dirección que mire, la vista es preciosa, los colores son rotundos: azul de cielo por arriba y verde de cereal por abajo. No puedo perder esta oportunidad y me apunto al grupo “de los que sacan fotos”. Voy por aquí y por allá; busco aquello que más me gusta y… lo encuentro. Subo y bajo mientras mi bicicleta, llena de barro, me espera abandonada apoyada en el muro de piedra.


Parece que todas mis maniobras no han pasado desapercibidas para un tío con pintas de alemán y me pregunta (en alemán) si puedo sacarle una fotografía con el fondo de los peregrinos esculpidos en “acero corten”. Yo, que entiendo el alemán perfectamente, le contesto en español que “sí”. El tío tiene un smartpfone del tamaño de mi cartera de escolar cuando la llevaba colgada de la espalda camino de las escuelas de San Francisco.
 



El asunto no tiene más truco que apretar un botón que aparece plasmado en su kilométrica pantalla y… ¡voila! el alemán, las imágenes esculpidas en “acero corten”, el fondo verde del cereal y el azul del cielo azul quedarán para siempre reflejados y recordados en cualquier sala de estar de Berlín… ¡pues no! Aquello no funciona. El puto botón no me ha hecho ni caso y saco una segunda fotografía, una tercera y… hasta que el alemán de los cojones, harto de semejante ineptitud, deja de apoyarse en los “peregrinos” y viene un tanto mosqueado para darme unas lecciones de cómo apretar el botón de los “c……s”. Lo hace varias veces con suma facilidad mientras fotografía el suelo y me devuelve la cámara con gesto desconfiado. Estoy seguro de haber aprendido la lección y yo vuelvo a repetir la operación… sin éxito. El puto botón no reconoce a mi dedo ibérico y, antes de que lo haga el teutón, decido ser yo quien lo mande a hacer puñetas. ¡Vete a Santiago!


Por la antigua carretera de Estella bajo el Puerto de El Perdón y la fuerza centrífuga se encarga de despedir sin contemplaciones el barro adquirido en la reciente subida: los tormones de tierra húmeda salen hacia mi cara, mi viejo culotte, el casco, las gafas. Llevo la bicicleta hecha unos zorros y mi próxima visita tendrá que ser cualquier gasolinera con servicio de limpieza de automóviles.


¡Oye, lo he pasado bien!




Hasta pronto. Bs.