sábado, 20 de septiembre de 2014

Las subidas de un Culogorden

Donde esté una buena recta con su correspondiente repecho, que se quite un puerto. Con esto no quiero decir que sea alérgico a las subidas, pero casi. 

En esta tierra que me ha tocado vivir, resulta fácil contentar a todos los gustos; estamos rodeados de puertos amables y, salvo el corajudo Echauri, Artesiaga en su parte final de ambas vertientes y las arribadas desde el norte, los demás son tachuelitas puestas para dar gusto al personal y hacernos creer que hasta los culogordos podemos alardear en las cuestas arriba.

Con estos antecedentes digo bien alto que vivo en un lugar privilegiado para practicar el ciclismo pese a los contínuos sobresaltos que nos da el tráfico. 

Este año he tenido la voluntad muy débil; me he dejado convencer demasiadas veces y he abandonado mis preferencias a costa de sufrir. Comprendo que todo en esta vida resulta relativo y lo que para mí es un suplicio para otros es una delicia. Cuestión muy curiosa: "el humano y sus preferencias".

A principios de temporada me enredé probando mi nueva bicicleta y no opuse resistencia alguna para acudir a Artesiaga. Un poco más tarde quise manchar la bici mientras escalaba Sorogáin. Animado por el resultado, bajé al Baztán y subí desde Santesteban a Saldías. Con Echauri intenté llevarme bien, pero sólo le hice alguna visita. Resulta conveniente y hasta imprescindible no olvidarse de los buenos amigos y es por eso que nunca abandoné los alrededores de casa: Markaláin, Imotz, Basaburua, Ultzama, Egozkue, Urkiaga, Oskia, Madoz, Beruete, Erro, Lumbier, Mezquíriz, Loiti, Tafalla, Puente, Artazu, etc., etc., etc. En definitiva, ese imaginario círculo de 50 kilómetros a la redonda de Pamplona que la hacen tan atractiva.

Dicen que "no sólo de pan vive el hombre", así que hice una breve escapada a Burgos y monté en la bicicleta de monte. Ya se sabe: subida va, subida viene, camino de polvo, camino de piedra y, claro, tarde o temprano tenía que llegar una cuesta de las de verdad; y llegó. Menospeciamos todo lo anterior y nos fuimos hacia el repetidor de Tejada. ¡Subida importante, sí señor!

El amigo Pedro Delgado nos picó la curiosidad y caímos en la tentación de redescubrir la subida al Santuario de San Miguel de Aralar. El reto cumbre de mi temporada consistió en recordar la Larra-Larrau: mejor olvidarla. Me pareció que seguía siendo durísima.

Esta semana, en compañía de mi amigo Ignacio, volvimos a Aizarotz. Preguntamos por el camino que lleva a Beruete y, siguiendo las instrucciones de un incrédulo aldeano, subimos 1.500 metros de apretada musculatura. En tan poco recorrido apenas se baja del 10% de desnivel. Diría que la subida tiene tres tramos que se diferencian unos de otros muy poco. Los tres se ven llegar sin contemplaciones; la pista de cemento está rayada con profundas hendiduras (tal vez para aliviar el desagüe) que dificultan el ascenso. Durante nuestra escalada los dígitos subieron sin contemplaciones y alcanzaron el 20%, salvo en el tercer tramo  que, quizás por haberse roto el Polar, los porcentajes subieron sin piedad hasta que se cansaron en el 24%. 

Bajada espectacular hasta Beruete y, con bochorno de cara, vuelta a casa.

Ėstas son las subidas que he realizado este año.  Para un culogorden como yo, considero que no está nada mal y además,  ¡qué carajo!, si no me gusta subir; si lo mío es sacar brillo al 52 con el 11.

Hasta pronto. Bs.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Reencuentro con UCN y vuelta al tajo.



La llamada de la sangre es muy fuerte. Por muy grande que sea el despecho, el grupo está enraizado y no se olvida fácilmente. ¡Jajaja!


Sí, apenas me acordaba del club, de UCN. Tras dos breves escarceos, hoy he acudido a la cita de los domingos y, poco a poco, hemos ido apareciendo. No cambiamos aún cuando los años hayan hecho mella en la cara de todos nosotros desde hace mucho tiempo.


Atravesamos las calles de Pamplona a ritmo de “marcha neutralizada”. Las avenidas son largas y están despejadas; los semáforos, uno tras otro, se empeñan en hacernos la salida más larga que cuando no éramos civilizados. Por fin alcanzamos el Seminario y animamos el pedaleo.

Me cobijo en los lugares de mis marchas diarias y enfilamos, como en un día de entre semana cualquiera, hacia Urroz. No tardamos en avivar la respiración mientras paso revista a las bicicletas que rodean a la mía: reconozco a todas pese a la larga ausencia en el pelotón. 


La Vuelta Ciclista a España comienza a hacer estragos y la subida de Unciti se la tomamos prestada a los de la “tele”. Como suele suceder al coronar las cuestas, se tiende a aplacar el ritmo, algo a lo que no estoy dispuesto, así que bajo unos cuantos piñones y alegro la vida al personal. Alcanzamos el túnel de Cemboráin y, poco después, atravesamos la vieja carretera de Sangüesa como en las “clásicas de primavera”. Javi, Ignacio, Toño y yo nos vamos y gozamos del juego hasta que “inútil ya, descangallada, sin servir ni pal fregón ni pa los besos” nos damos cuenta de la conveniencia de tranquilizarnos y esperar al “grueso del pelotón” so pena de excomunión.


Hace un rato que hemos tomado el cruce de Puente la Reina, no sé a ciencia cierta si el viento nos ayuda o no, la verdad es que bajamos la cuesta del Carrascal hacia Enériz a 72 kms/hora y que en el llano no resulta raro divisar los cincuenta y tantos en el Polar. Como decía aquel –es conveniente y hasta imprescindible tener a mano una bicicleta. El cielo raso se convierte en cielo y es una gloria no ser inocente- 


Estamos ya en Garés y hay fiesta; la carretera general la han convertido en “meta” de una carrera de patinaje y los energúmenos llegan a velocidad impropia desde Pamplona. 


¿Qué queréis que cuente? ¿Que se ha acabado lo bueno? ¿Que todo lo demás es una añadidura de todo lo anterior y que no merece la pena gastar tiempo en decirlo? ¡Pues sí! El ritmo se ha roto, las ganas han desaparecido y por culpa del evento del patinaje decidimos subir el amigo Perdón tomando prestada la etapa final del Tour de Francia.


Cuatro alardes sin chicha, cuatro anécdotas y me encuentro en la avenida de Pio XII tomando una jarra de cerveza. 


Sí, definitivamente es  bueno el reencuentro familiar. Llevaba mucho tiempo, demasiado, sin veros. Hago propósito de la enmienda y procuraré volver al redil.


Hasta pronto. Bs.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Vuelta Ciclista a España. Pamplona-Santuario de San Miguel de Aralar



Ayer fue un día especial. Me levanté a la hora de costumbre, desayuné como es lógico, me acerqué hasta la Plaza del Castillo y todo tenía el tufillo de las grandes ocasiones.

Otra vez la Vuelta Ciclista a España ha llegado a mi pueblo, Pamplona. No hay ninguna duda de que el ciclismo profesional gusta aquí. Observo que, como si de un río a punto de nacer se tratara, pequeños hilos de desocupados se dirigen hacia el centro. Desde aquí, dentro de unas pocas horas, saldrá la etapa de “la Vuelta”.

Todavía falta un rato para que los amigos lleguen a la sequoia y el helado de limón de la Nalia me encanta. Por San Ignacio baja la gente hacia la Plaza del Castillo; unos van de traje azul y corbata, “se les nota que sospechan que sé cuánto saben ellos”; otros aparentan dominar el terreno que pisan; aquellos van a misa y estos salen de rezar. Van a dar las 12 y José Antonio aparece despreocupado; allí está sentado Carlos y detrás de Juanjo sonríe Ignacio. Estamos todos.

Viene bien la sombra del Banco de España para cobijar al autobús del Movistar. Abrimos la boca al comprobar que el bus azul tiene “de todo” y que dentro, aunque nada lo delate, están todos: Quintana, Balaverde, Izaguirre, Herrada, Castroviejo… todos menos uno, Imanol Erviti. El pobre está atrapado debajo de Los Fueros por el paisanaje. Sonríe con cara de buena persona y se nota que le gusta estar con los que le rodeamos. Está flaco, estrecho como una pared y grande como él solo. 



Por los pequeños huecos van goteando ciclistas con cara de rusos y otros parecen belgas. ¿Quién es ese tan gordiko? Se llama Betancur. Ese del Lotto fue escapado el otro día, recuerdo su cara perfectamente. ¿Sabes quién es ese que está detrás de ti? ¡Campagnolo! ¡Sí, el Sr. Campagnolo existe! No se trata de un “grupo” o de una marca, que también, es un señor que desde Italia ha llegado para ver la Vuelta en mi ciudad. ¡Sin duda tiene buen gusto! Algún profesional alardea de su dominio de la bicicleta y, sin pedalear, avanza entre nosotros con ligeros movimientos de su cuerpo. Los del Caja Rural van hacia allá mientras todos vienen hacia aquí, no lo entiendo. Aparecen riadas de conocidos cicloturistas. Ahora son los del Tinkoff y detrás Arrieta con su impecable  monovolumen azul. Los periodistas van y vienen con sus micrófonos y preguntan. Otros se valen de los “enchufes” para conseguir un autógrafo de Nairo que sigue refugiado en el interior del autobús. Eusebio Unzué luce impecable su camisa de manga larga. Nosotros seguimos a lo nuestro: miramos y admiramos las Canyon y a todo lo que se menea. 



La hora de la salida está próxima y decidimos acercarnos a la Plaza de Toros. Por Juan de Labrit baja un pelotón agradablemente cansado, numeroso y asombrado de que la gente de mi pueblo aplauda sin descanso. Nos montamos en los coches y sin prisa vamos hacia las faldas de San Miguel. Juanjo conoce los alrededores de Irañeta para escaquearnos de la mara. Desde la fuente de agua batueca, girando a la izquierda, llegaremos pronto a la pista del Santuario, justo a falta de 7 kilómetros de la meta. Hace calor y en una ladera, a la sombra de los robles, comemos, reímos y sesteamos hasta que un “runrún” avisa de que estamos a punto de disfrutar como niños, aplaudir hasta a los que se quedan y vitorear a los primeros. ¡Esto es la leche! No hemos pagado ni un euro y estamos en primera línea del “mayor espectáculo del mundo”. No tengo la menor duda de cuanto digo. ¿Qué más se puede pedir? Estoy rodeado de amigos, he comido, bebido, reído, dormido y, por delante de mí, pasan unos jichos que conozco por su nombre y apellidos: Contador, Froome, Valverde, Nieve,  Cancellara, Herrada, Anacona, Aru, Evans, Sánchez, Rodríguez… están todos los que veo en TV menos dos, Nairo y Morabito ¡Qué pena! Se han caído y, como dicen en el fútbol, se han roto ¡Qué pena!  Tal vez vosotros no lo queráis, pero de buena gana os abrazaría ¡Qué pena!


Me dais mucha envidia cuando veo que subís a una velocidad insultante, no es justo que seáis capaces de superarme en San Miguel cuando yo subo Erro. Estoy a punto de abandonar pero os aplaudo. Animo desde el primero hasta el último. Pertenecéis al mayor y mejor espectáculo del mundo. Podemos madrugar para ver vuestros autobuses, admirar vuestra maestría mientras sorteáis a los curiosos, envidiar vuestras facultades y cercanía. 

¡Me canta el ciclismo y los ciclistas!

¡Ojalá volváis pronto por aquí! Si no iré a veros.

Hasta pronto. Bs.