lunes, 14 de diciembre de 2015

¡Qué difícil se ha puesto esto de la bicicleta!



¿Alguien se acuerda de un torero que se apodaba “El Litri”?  Yo, que no entiendo de toros ni toreros, lo recuerdo únicamente porque acostumbraba a dar “pases” mirando al tendido. Me imagino que era un verdadero maestro en el arte de mirar de reojo.


Para evitar problemas con el tráfico, de un tiempo a esta parte, acostumbro a acercarme hasta “la chimenea” dando un rodeo por las afueras de Pamplona, utilizando cuantos más “carriles-bici” mejor. El caso es que este asunto se está poniendo cada día peor: ahora sustituyo las malas caras de los automovilistas por la de los viandantes y hasta de algún ciclista que otro. 


El caso es que me he incorporado al “carril” de la calle Abejeras y, a la altura del antiguo asador “Inaxio”, me ha parecido adivinar a un admirador de “El Litri” que quería atravesar la calzada como su maestro: mirando al tendido. El chirrido de las pastillas de los frenos de disco, sustituto perfecto de los timbres, le han avisado y se ha parado mientras iniciaba un “pase de pecho”; -“pasa, pasa”- me ha ordenado y ha dejado para otro día el “perdona, ando más despistado que un torero al otro lado del telón de acero”.


Bajaba hacia la Universidad Pública, sí la que está enfrente del Sadar, y me he cruzado con algún que otro trabajador que terminaba de repasar su programa diario mientras miraba distraídamente el color rojizo de otro “carril”. Cuando dejaba atrás la University me las he visto canutas con dos estudiantes que habían oído por la radio lo bueno que resulta para el asunto de la polución atmosférica desplazarse en bicicleta. Lo malo es que llegaban tarde a clase y han tomado uno de los “carriles” del Soto de Lezkairu recortando la trazada por mi sitio. ¡Nada! Todo lo han resuelto con una cierta mirada de desprecio mientras pensaban: -“imbécil”-


Todo esto sirve para que me olvide del frío que estoy pasando y del color “panza burro” que tiene mi pueblo durante estos últimos meses y llegue a la famosa “chimenea” echando humo.


Cada vez entiendo menos a los que se arriesgan a circular por mi ciudad en bicicleta. Quien más quien menos ha tenido algún rifirrafe con los de las “villavesas”, los taxistas, los madres de los niños que estudian, los repartidores y los trabajadores que van a… trabajar. ¡Pues bien! Si huyes de toda esa jauría y te refugias en los “carriles-bici”, no estarás a salvo de toreros, pensadores y estudiantes con retraso ¡no! Sencillamente cambiarás a enero por febrero; correrás otra serie de peligros, tal vez más livianos que los anteriores, pero que te harán poner a prueba tu pericia para no visitar el tan temido suelo de color gris.


Ahora que lo pienso, este mundo es un lugar plagado de incomprendidos. No tenemos más que leer la sección de “cartas al director” o ver algún reportaje en la televisión para comprobar que los culpables somos nosotros, los de la bicicleta. Todo el mundo nos pone a parir y, claro, nosotros, que tenemos toda la razón del mundo, creemos todo lo contrario. 


¡En fin! ¿Quién arregla este bochinche? Mientras alguien aporte alguna solución, vuelvo a insistir en que no nos fiemos de nadie: si se aproxima un automóvil a una rotonda, no la crucemos hasta que tengamos la completa seguridad de que nos ha visto y va a cedernos el paso; echemos mano de prendas vistosas “fosforitas” olvidándonos de las favorecedoras de color negro (algún equipo profesional ha sustituido su tradicional negritud por maillots de color azul claro para salir a entrenar); lo mejor que nos puede suceder en las rotondas es no frecuentarlas, es algo parecido a lo de la comida: la única que no engorda es la que se queda en el plato.

Desde hace tres meses no tengo el menor inconveniente en salir hacia la carretera por los poco “profesionales” “bide-gorri” que encuentro a mi paso; ya sé que eso no es propio de un “madelmán” que se precie, mas me da lo mismo, prefiero los peligros de esta mañana que enfrentarme con los bichos de cuatro ruedas.


Hasta pronto. Bs.




miércoles, 2 de diciembre de 2015

Me siento indefenso



Ayer, después de una semana sin subirme a la bicicleta y de haber pasado unos días muy chungo, me lancé al frío del portal de mi casa que era un adelanto de lo que me esperaba en la calle. Cuando hace uno o dos grados bajo cero y de ahí para abajo y se decide andar en bicicleta, se sabe de antemano que se va a pasar frío. Tendré la esperanza de quitármelo pronto de encima, por ejemplo en cuanto termine de bajar la cuesta de la Fuente del Hierro y comience a subir la de Cizur Menor; ¡sí! pero hasta entonces habré maldecido la idea de asombrar a mis paisanos con bufanda y gorra. 

Lo cierto es que, entre una cosa y otra, terminé la vuelta bastante “tocado”, así que decidí tomarme hoy como jornada de recuperación: paseo por los alrededores de mi pueblo (Pamplona), café con leche y palmera glaseada en la Rochapea y subida al barrio de Iturrama, lo de siempre. Por el camino hay tiempo de escuchar música, de dar vuelta a las cosas y buscar la solución. 

De un tiempo a esta parte, he comprobado que uno de mis problemas me los ocasiona una empresa que se dedica a la telefonía y que patrocina a uno de los mejores equipos de ciclismo del mundo, si no el mejor. No quiero detallar en esta crónica la cronología de las conversaciones que he mantenido con los empleados de esta empresa porque me llevaría varios folios y no estoy seguro de saber exponer tanta y cuanta incidencia ni de que los lectores aguantasen semejante ristra de insensateces en favor de salvaguardar la economía de la empresa telefónica, no la mía.

Cuento esto porque hoy, un momento antes de salir a “descansar” de mis andanzas ciclistas de ayer, he pretendido solucionar una vez más mis problemas con la mencionada súper multinacional española y no he podido; y lo que es peor: ¡me rindo! no tengo fuerzas para seguir peleando con gente que se escuda en el “atroz hilo telefónico” para hacerme perder el tiempo, la paciencia y la salud. He decidido que se guarden su verborrea y mis 170€ mientras yo me recupero en mi paseo.

Pues bien, en esas estoy cuando me entero de que a un buen amigo mío, Juan Cruz, el pasado viernes un conductor que “tampoco le vio” le atropelló con su 4x4 en la rotonda de Tajonar; y van… Mi cabreo ha ido en aumento conforme me contaba lo que le sucedió hasta llegar a la mala oxtia que se produce al comprobar que el seguro que lleva consigo la licencia de cicloturista expedida por la Federación Española de Ciclismo es una verdadera mierda. Desconozco el grado de mierdez y el lugar que ocupa en el ranking de licencias expedidas por las múltiples disciplinas deportivas de España; me da lo mismo. Lo cierto es que la tramitación de los “partes”, el nivel de atención sanitaria y la sensación de desamparo que ha tenido Juan Cruz con motivo de este accidente, hace que me replantee la necesidad de tal seguro.

Y otra vez vuelvo a relacionarlo con lo de la famosa empresa de telefonía: la mayoría de la publicidad con la que nos bombardean a diario por los medios de comunicación es engañosa, en el momento de contratar un producto todo es sencillo y maravilloso. A la hora de reclamar o de darse de baja del mismo, todo es complicado o imposible. No sé por qué me estoy acordando del tema de las “preferentes”: otra gran estafa vendida en la mayoría de las ocasiones como un producto tradicional en la banca (una imposición a plazo fijo o algo similar) cuando en realidad era una captación de capital con posibilidad, en la práctica, casi nula de volver a recuperarla. 

¡Pues sí! En esto estoy pasando el día. Y yo que pensaba que tenía todo solucionado saliendo a pasear y, al regresar a casa, me encuentro con que no: las grandes empresas se hacen ricas por muchos cauces y muchos de ellos no son nada éticos, más bien diría que son, lisa y llanamente mediante la vieja y famosa artimaña del robo.

Hasta pronto. Bs.