Conforme voy cumpliendo años los
retos normales se convierten en extraordinarios. Cuando un deportista está en
plena forma física, en su plenitud en cuanto al descaro para afrontar cualquier
problema “del resto de la humanidad”, no tiene tiempo para entender qué es lo
que puede significar para un veterano ser parte integrante del resto de la
humanidad.
Corría el año 1992 cuando ascendí
por primera vez el puerto de Larrau. Lo hice en compañía de mi buen amigo
Carlos y de mi sobrino Josemi. Fuimos en coche hasta Roncesvalles y proseguimos
la ruta en bicicleta; contamos con la ayuda inestimable de mi amigo Josetxo en
plan director deportivo. El pequeño alto de Ibañeta por su parte sur nunca lo
comentamos en nuestras charlas ciclistas. Después ascendimos en
Burdinkurutxeta, más tarde Orgambideska y por fin Larrau. Después llegamos a
Ochagavía y fin de la historia. Fue una buena vuelta y punto.
Años más tarde repetí la experiencia
con nuevos amigos: José Antonio, Alfonso, Iñigo, Ignacio, Miguel… Ya no fue lo
mismo, me bajé varias veces. En 2006 participé en la clásica “Larra-Larrau” y, un cicloturista de Lodosa y yo, juramos no
volver nunca más a volver a aparecer por esos lugares. Así corrió la vida hasta
encontrarnos en el día 21 de agosto del 2014. Fue al bueno de Iñaki a quien se
le ocurrió la idea de proponer acudir a Isaba para volver, otra vez, a dar caña
al mono.
Y aquí estamos, todos sonrientes,
ignorantes de lo que nos espera. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza
dos veces en la misma piedra. Yo diría que tropieza tantas veces como pasa por
el mismo lugar; el animal más inteligente de la naturaleza es tonto por
naturaleza: ¡imbécil!
Son las 7 de la mañana y acudimos
con exactitud navarra a la gasolinera de Noain. Justamente el nuevo trazado de
la autovía nos deja ver las aguas de Yesa y al llegar a Venta Carrica torcemos
a la izquierda. No es fácil la carretera del Roncal; en una curva nos para la
guardia civil y sólo quiere entendérselas con “los de la furgoneta”, los demás
pueden seguir. Hemos perdido 20 minutos.
Ya estamos en Isaba; solamente
tenemos que quitarnos los pantalones y el jersey para ser ciclistas. En el
hotel nos advierten de que nos esperarán hasta las 3,30 para comer: ese es
nuestro tope.
Día gris y frío. El cartel avisa
de que la frontera está a 26 kilómetros y empezamos. Bla, bla, bla y llegamos
al primer problema del día: giramos a la izquierda y comienza puerto. Yo creía
que era el único que andaba mal pero Juanjo me tranquiliza: ¡Joder con Belagua!
Los primeros momentos de la ascensión poco a poco los vamos solucionando y
comenzamos a divisar futuros más abiertos. Recuerdo que no falta gran cosa para
terminar con la cuestecilla de los c…..s, además el Polar me dice que ya hemos
superado los 26 kilómetros, así que esto está al caer.
La vertiente francesa tiene mucha
más luz que la española. El sol alumbra alegre en la cima y un manto espeso de nubes,
allá abajo, nos indica que no dudemos en ponernos el chubasquero, tendremos que
meternos sin remedio en la niebla de Aquitania. El descenso hacia Santa
Engracia es complicado. El suelo, aunque nuevo, está muy ondulado y la
pendiente es de las “de mucho preocupar”. Nos cruzamos con varios cicloturistas veteranos que suben
sin problemas aparentes en sus bicicletas cargadas con alforjas. Por fin
acabamos la bajada y, poco a poco, llegamos hasta la gran meta del día: Larrau.
Recuerdo perfectamente cada uno
de los parajes con los que me encuentro, sólo hace falta acercarme a todos
ellos para que me asalte una anécdota pasada. Obeko retrocede en el pueblo y
decide hacerme compañía. Cada poco miro al Polar y calculo cuanto nos falta
para coronar Erroimendi. Se trata de un pequeño engaño al que le someto al
cerebro, pues todo el mundo sabe que el puerto continúa varios kilómetros más
hasta alcanzar el Pico de Ori. ¡En fin! Nos está esperando Carlos y, lleno de
sinceridad, promete no volver a subir nunca más semejante suplicio.
Ya estamos arriba; nos sacamos
fotografías para la posteridad y sonreímos al “pajarito” como si nada hubiera
pasado. Bajada con la tapa de la tumba abierta y comenzamos con Laza. Son los
últimos tres kilómetros del día cuesta arriba. También se agarran, la velocidad
es baja, apenas llegamos a los 12 kms/hora, pero la tunda que llevamos es
gorda. A cada curva que pasa miro con esperanza baldía que sea la última y que
me deje divisar las casas de Isaba. Al final todo llega y –“ahí está, ahí está”- : Isaba.
Nos ha sobrado una hora para el “cierre
de control”. Los del hotel se alegran cuando nos ven y nosotros también.
Esta ha sido nuestra pequeña gran
hazaña del día. Hemos hecho nuestra particular “Larra-Larrau” un día cualquiera
del mes de agosto de 2014. Hemos ido siete chavales que atienden por los
nombres de: Obeko, Ignacio, Iñaki, Fernando, Juanjo, Carlos y Víctor. Director
deportivo José Antonio.
Hasta pronto. Bs.