miércoles, 20 de agosto de 2014

Santiago de Compostela y el deporte



Definitivamente mi profesión es la de ciclista. Humildemente confieso que, desde que tenía 14 años, he procurado trabajar en las dos únicas empresas en las que he “laburado” lo mejor que he podido y también confieso que se me ha reconocido.

Suelo andar en bicicleta una media de 4 ó 5 días a la semana. A veces siento que soy un integrante del equipo Movistar y otras, misterios de la naturaleza, a la vista de la vulgaridad de la pedalada, la idea de que formo parte de un humilde saco de patatas recolectado en el Valle de Salazar se apodera de todo mi ser.

Durante este mes de agosto he trajinado en bicicleta de monte por la provincia de Burgos y, una vez en mi tierra, he cogido “la de carretera” y no la he dejado quieta. En Castilla me integré en una grupeta de Covarrubias y no hay en el mundo un grupo de enanos que haya gozado tanto como nosotros. Por aquí ando con “los Chimeneas” o con “los Tres de Castilla+1”; reconozco que hay muy poca diferencia entre unos y otros, casi somos los mismos integrantes. Nos insultamos, nos alabamos, nos reímos, sonreímos, nos picamos, nos ayudamos, llaneamos a velocidades más propias de los profesionales de los de verdad y escalamos a ritmo vergonzoso. Para mañana tenemos proyectado hacer una “Larra-Larrau” sin programación oficial. Saldremos de Isaba a las 9 de la mañana y llegaremos a Isaba ¡qué cosas! justo cuando acabemos de dar la vuelta. En nuestro ánimo está la idea de hacerlo lo mejor que podamos, no hay sitio para las pachangas. Como contaba el extremo izquierdo del Real Madrid Paco Gento, hablando de Alfredo Di Stefano, -“este equipo es muy serio, aquí no se ríe nadie”-


 
Esta es mi profesión desde hace cuatro años: ciclista.

Tengo que confesar que soy seguidor del blog “El mirador de Luisgui”. Como todo en esta vida, a veces me gusta y otras no, es natural. Recuerdo, mientras asoman en los laterales de mis ojos las arrugas propias de la sonrisa, un post (creo que se dice así) en el que hablaba de sus vecinas las “ruskys” que tenían la insana costumbre de abrir las puertas de su casa a cualquier hora del día y de la noche para intercambiarse “apuntes” con la clientela. Sé de su costumbre de entrenarse muy duramente para correr la QH todos los años con Butini. También sospecho que le gusta el deporte de la pelota y que todas sus entrevistas mantienen un respetuoso trato con sus entrevistados. Pues bien, una vez dicho esto, quiero hablar un poco del último escrito que realizó acerca de la “peregrinación” de Míkel Azparren a Santiago de Compostela.





Todas las penurias que el mencionado Míkel sufrió el pasado fin de semana me parecen propias de cualquier deportista que se marca semejantes metas tan descomunales, tan inhumanas. Yo ni le adoro por sus gestas ni le detesto. He oído comentarios sobre su actividad deportiva en los que no queda muy bien parado, pero, ante el desconocimiento del tema, me callo. No me extraña lo más mínimo que haya tenido que retirarse a falta de 95 kilómetros para llegar a Santiago. Estaría bueno que yo tarde 10 días en completar semejante “javierada” y el giputxi pretenda hacerlo en 24 horas y no esté contento porque el año pasado lo hizo en 25. Eso es lo que no comprendo ni comparto.

Admito que mi manera de pensar no sea muy frecuente y que la gesta de Míkel sea alabada por un gran número de “madelmanes”. Una peregrinación a Santiago de Compostela tiene unos fundamentos, una tradición que se adentra en el siglo IX y que se ha mantenido hasta nuestros días. Ahora cualquier pelamingas se atreve a proponerse retos cada vez más llamativos y “peregrina” en tiempo record hasta Galicia. Mis diez días se miran con cara de conmiseración porque el contertulio la hizo en siete. Ahora viene otro que la realizó, contra viento y marea, en cuatro. Javier en treinta y tantas horas y mi amigo Josetxo en seis horas en su coche, eso sí, parándose a comer en El Burgo Ranero porque ya no podía más de ganas de mear.

¿Por qué no elegís otro destino para pavonearos de vuestras gestas deportivas? ¿Por qué no dejáis a los peregrinos que utilicen sus reglamentarios 30 días para llegar al Obradoiro o a Fisterra?  ¿Por qué no os vais al velódromo de Tafalla y dais un millón de vueltas al anillo en un día? 

¡Pues eso!

Hasta pronto. Bs.

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