domingo, 23 de noviembre de 2014

"Malos tiempos para la lírica"



Cada uno tenemos nuestro gusto por las cosas. La pintura, la fotografía, las canciones, el cine, la arquitectura, etc. Cualquier rama de las artes está sometida a nuestro particular gusto y lo que para uno es extraordinario, para otro puede que no lo sea. 

Allá por los ochenta existió un grupo musical que se llamó “Golpes Bajos”. Su cantante, Germán Coppini, era malo hasta decir basta, pero eso no quita para que tuvieran un gran número de fans que les siguieron como grupo de culto y que, a la muerte de Germán, llenaran de comentarios compungidos las redes sociales. Una de sus canciones más oídas se titula Malos tiempos para la lírica.

Este título musical se podría copiar para los tiempos que nos están tocando vivir. Para los profesionales que salimos a entrenar todos los días de la semana, resulta fatigoso despegarnos de la pereza y convencernos de que tal vez no sea tan malo vestirse de torero y lucir tipo de bailarina por las calles de Pamplona. 

Cuando suena el despertador, el cielo todavía está cerrado por defunción. Apenas se distinguen los contornos de las nubes y las baldosas de las aceras brillan con su traidora humedad. El desayuno se hace largo con la esperanza de que algo cambie, que todo sea producto de la noche y que el día traiga algo de calor, poco aire y que no llueva.

Casi todo ha sido en vano. Son las nueve y media, el cielo ha transigido y ahora tiene color gris, gris panzaburro, tenemos 12º de temperatura y el futuro está negro, negro como el ombligo de un sumidero de tenebrosa fregadera. El Oeste no presagia nada bueno; el Norte parecido; el Este es una mala copia de su hermano Oeste y el Sur… ¡sí! el Sur parece que tiene un tufillo de esperanza. Nos colamos por esa rendija y, a cada viraje, vemos que lo que se queda atrás parece decir: “ya volveréis”.

Salimos hacia Tajonar y en Noain viramos por la antigua carretera de Sangüesa. El viento pega de cara; se le nota que todavía no ha terminado de despertarse y deja que trajinemos con cierta soltura mientras nos metemos en su panza. Nos alcanzan los del grupo de Egüesibar y decidimos no alardear, al fin y al cabo son ellos los que nos han pillado y se supone que andan más que nosotros. Trepamos por la cuesta ¡cabrona cuesta del Bosque del Sengáriz! y ponemos los bronquios a punto. Lo que viene después hasta el Alto de Loiti se me empieza a atragantar. Sudo como un maratoniano por el Sahara. El ropaje de invierno me estorba; el viento sureste comienza a dejar de tratarnos con cariño y suben los grados de temperatura; me gustaría bajarme los manguitos pero, ¡no llevo! en su lugar me palpo una camiseta térmica y las mangas del etxeondo con su wind stopper infernal. Vamos camino del café de Lumbier y el viento nos zarandea en la bajada del puerto. No tenemos ganas de insistir.


El Irubide y los ciclistas. Dúo inseparable. Café con leche, zumo de frutas y piss, eso es todo. Confiamos en que nuestras esperanzas de llevar el viento en el culo se conviertan en realidad y volvemos por donde hemos venido.

¡Bingo! Todo resulta mucho más fácil: las pedaladas producen; el calor se soporta mejor y los kilómetros se dejan atrás con facilidad. Estamos subiendo Loiti y el mojón del 20 llega pronto. Nos relajamos en el pedaleo y aprovechamos para hablar de lo que no habíamos tenido ocasión. De pronto caigo en la cuenta de que no se deben dejar pasar las oportunidades: ¡estamos en la mejor de la mañana y nosotros hablando! El viento en los bolsillos; los repechos se salvan sin problema; cuando terminan los llanos hay una ligera tendencia hacia abajo… ¡Lo siento, se acabó lo bueno!

Llevo los ojos llenitos de lágrimas, no veo muy bien lo que indica la rendija de la “velocidad” del Garmin. Adivino que vamos a 56 kms/hora y subiendo. Se acercan las rotondas de Salinas y las salvo sin protección en las rodillas. A lo lejos está Monreal y entremedio una larga recta con ganas de comerla a zapatazos. Solamente por eso ha merecido la pena pasar las penurias de la ida. 

Aunque todas las circunstancias sean favorables, circular a tal velocidad produce mucho desgaste; que nadie piense que esto cae regalado del cielo ¡no! Cuesta y mucho, así que en el cruce de Urroz decidimos pausar el ritmo y descubrir poco a poco si vamos a ensuciar o no la bicicleta: por hoy hemos tenido suerte; el cielo sigue exactamente igual que a primera hora de la mañana pero no llueve. 

Lo dicho, corren malos tiempos para la bicicleta, pero es lo que tenemos por aquí ¡qué le vamos a hacer!

Hasta pronto. Bs.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Quiero algo de sinceridad



Hay días en los que Juanjo me sorprende con algún comentario al subir tal o cual cuesta. El chaval tiene buenas facultades y un pundonor fuera de toda duda, así que si unimos esas dos cualidades, resulta difícil competir con él. Pues sí, de vez en cuando se descuelga con un: -“¡joder, qué asco me da esta cuesta!”- 

Estas cosas me elevan el maltrecho espíritu,  pues nadie mejor que yo sabe el asco que me dan todas las cuestas del mundo. En medio de mi egoísmo he llegado a pensar que era único en este asunto pero no, nada de nada; todos somos hijos de padre y madre y a todos nos suele doler en los mismos lugares, por ejemplo en las cuestas.

Estoy convencido de que si hiciéramos un sondeo de los repechos que tenemos atravesados en la garganta cuando disfrutamos de nuestro deporte (por si no lo sabéis, aquí se escribe de ciclismo), nos sorprendería comprobar que a todos nos fastidian los mismos lugares. A unos más y a otros menos. Unos los subirán en plato grande y otros con el pequeño. Induráin sentado y la mayoría de pie limpiando los bronquios. A veces nos sentiremos buenos y otras, normalmente, unos sacos de patatas.

Bueno, ya basta de palabrería y vamos a poner algunos ejemplos para aclarar al personal y hacer examen de conciencia, espero que nadie peque de soberbia y diga “¿eso? ¡eso lo subo yo con una pierna”  y sea lo suficientemente sincero como para reconocerlo “¡joder, cuánta razón tiene el jodido!”

¿A quién no le martiriza la cuesta de Añézcar? Y ¿la de los túneles de Irurzun? ¡Por favor, sed sinceros! Quiero veros a todos diciendo que “si”, que son dos cuestecillas bien jodidas. Sigamos: ¿verdad que la cuesta de Anoz y la siguiente que salva la vía del tren en Atondo, son asquerosillas? Vamos a cambiar un poco de ruta: No sé qué es peor, si la cuesta de Ibero y su hermana de Ciriza o el Puerto de Echauri. ¿Cuántas veces habremos maldecido la idea de ir a Sangüesa al subir el Bosquecillo de Sengariz? Hay otra que se toma con mucha alegría y todo el mundo anda en los metros finales estirando el cuello, como si finalista de los 100 metros lisos se tratara, mintiéndose a sí mismo en su afán de terminarla, se trata de la que nos lleva a Lumbier y está cercana al cruce de la carretera de Elcoaz. ¿Y el túnel de Eugui? ¡otra! ¿Alguien ha dicho algo de Mendigorría o era Larraga? Pues a mí me producen pavor las dos vertientes de Villaveta. ¡Ah! tengo otra que, no sé el motivo, pero me suele preocupar: la de Barasoain en sentido hacia Pamplona. Creo que por ahí pasa la curvatura de la Tierra y, claro, esa no tiene fin.

Así podríamos pasar el día entero; los de la zona de Pamplona sacaríamos nuestra colección de repechos atragantadores y los de Estella se reirían de nosotros. Éstos viven en un lugar que no sé si diferirá mucho del nuestro pero, eso sí, está plagado de cuestas. Y aquellos de Tafalla que levantan el dedo y gritan: ¿!la que está inmediatamente antes de San Martín de Unx!?

No domino en asuntos ciclistas La Ribera, así que no me atrevo a aventurar, pero seguro que tendrán las suyas; por ejemplo, siempre que me he acercado al cruce de Cadreita desde Caparroso he tenido que trabajar de lo lindo para salvar un tramo que no me atrevo a catalogarlo de puertecillo pestoso o repecho asqueroso.

Las incursiones que he hecho por la zona norte de Navarra siempre han sido por trazados, digamos, generales, así que no tengo elementos suficientes para detallarlos aquí. Pido perdón.

En fin, en este escrito no he querido hablar de puertos, no, sólo de aquellas elevaciones del terreno que cuando vamos en coche no se aprecian y que, sin embargo, existen. ¡Vaya que existen! Las sufrimos en silencio procurando que no se noten demasiado, sacamos pecho y a por otra. Ocurre que, en momentos de flaqueza, de sinceridad repentina, alguien a nuestro lado, pongamos que se trate de Juanjo, nos dice –“¡joder, qué asco me da esta cuesta!”-

Hasta pronto. Bs.