Todo en esta vida es relativo. Lo que para unos es mucho, para otros es
poco; hay gente que no se conforma con tener miles de millones de dólares y
sigue buscando para tener más y más; en cambio, otros viven felices pescando en
una barca cuatro peces que sirven para su subsistencia.
Al admirado Perico Delgado la cuestecilla que lleva hasta el Santuario de
San Miguel de Aralar no le pareció que tenía la dureza necesaria o esperada por
él. Comprendo que se trata de un comentario teniendo en cuenta a los
protagonistas que en la próxima Vuelta a España subirán por las rampas que hoy
cuatro integrantes del Grupo Chimeneas se han propuesto investigar.
Sopla viento sur por la Barranca y es una incógnita si será bueno o malo
para nuestra próxima tarea. Llaneamos por el territorio del Río Araquil y poco
a poco, sin darnos cuenta, llegamos a Huarte. Como una vulgar Puerta de Alcalá -“ahí está, ahí está…” la curva a la
derecha con la carretera llenita de cemento rayado. El Polar señala que llevo
40,3 kilómetros y sueño con verlo convertido en 51,3 ¡quién pudiera!
Mi propósito es evadirme lo máximo que pueda de anhelos imposibles y pensar
en cosas agradables. No quiero mirar al futuro para no asustarme al ver lo que
me falta para terminar el primer kilómetro. Ricardo se queda y Juanjo e Iñaki
no vienen detrás. Falta un poco para el 42,3 y llego a un descansillo;
bienvenido pero no me engañas. Poco a poco voy recordando el paisaje y sé en
todo momento en donde me encuentro. Dentro de nada llegaré a un breve zigzag en
sentido descendente que me llevará a una gran recta monótona y dura, tan
pertinaz cuan verano entero sin gota de agua. Acabo de mirar de reojo al
cuentakilómetros y dejo atrás el 45,3.
¿Cuándo giraré hacia la izquierda? ¡Pronto! La voz de Juanjo me saca del
letargo y junto con Iñaki atacamos la última y criminal “gran recta monótona y dura, tan pertinaz cuan verano entero sin gota
de agua”. No, no estoy distraído; no estoy repitiendo las cosas; me estoy
refiriendo a otra recta en cuesta más dura que la anterior pero de similares
características. Tengo la impresión de que a la carretera le ha salido una
chepa unos cuantos cientos de metros más adelante, tal vez se trate de una
ilusión óptica mía. Juanjo e Iñaki se enzarzan en una batalla sin sentido y veo
que trepan a chepazo limpio por la chepa. De pronto Iñaki se baja de la
bicicleta, se sienta en el cemento y prepara su Smartphone para inmortalizarme.
Mi primitivo anhelo de ver en la rendija del Polar una cifra cercana al
51,3 se está cumpliendo: ando por el 49 y llegamos al 50. Paramos en el cruce
con la carretera que sube de Baráibar y decidimos encarar hacia Lecumberri. Los
goterones de sudor no son privativos de nadie; todo el mundo que llega saluda con
el cariño propio del que ha dejado atrás una cuesta dura, pestosa y larga. No
sé los porcentajes del “pericopuerto”; tampoco sé si a los cabecillas de la
próxima Vuelta a España les parecerá una tontería la llegada de la etapa a mi
tierra. Sólo sé que la ascensión por la pista de cemento que lleva desde Huarte
Araquil al Santuario de San Miguel de Aralar es dura, dura de cojones y el que
diga lo contrario miente.
Hasta pronto. Bs.