Acabo de regresar de Santiago de
Compostela después de realizar el Camino de Santiago en bicicleta. Han sido 9
días en los que nos hemos ido acostumbrado el uno al otro: tan pesada al
principio y tan normal al final.
No tuvo un buen presagio el
comienzo de la peregrinación. Acababa de dejar atrás Lerma, solamente llevaba
24 kilómetros recorridos y mi sospecha se hizo realidad: la rueda trasera
culeaba por culpa del primer pinchazo. Eché mano de la hermana “estadística” y
calculé que todavía me restaban unos 30 más. El futuro era negro pero no se
consigue nada con las lamentaciones, así que manos a la obra: descargué las
mochilas de la parrilla y desmonté la rueda. La cubierta y la cámara salieron
con facilidad. Un perro de una granja cercana se empeñó en alegrarme la
operación con sus ladridos. Ahora quedaba lo peor: hinchar la cámara con una de
esas bombas pequeñitas y bonitas. Todavía arrastraba los restos de una pasada
lumbalgia y no me gustaba nada la perspectiva de tener que darle al manubrio
entre 500 y 1000 veces para levantar del suelo el neumático. ¡Allá vamos!
¡Calla perro! Unos cuantos kilómetros más allá paré para vigilar la presión y
aproveché a darle el arreón definitivo al motivo de mis desdichas.
No recuerdo cuanto tiempo tardé
en llegar a Castrojeriz, es lo de menos, de lo que si me acuerdo es de la
alegría que tuve al ver el Castillo allá en lo alto y confundirme con los
primeros peregrinos de la mañana. Hacía calor. Tres franceses y un nacional
fueron mis compañeros de comedor; cada uno a lo suyo. Para algunos el Camino no
significa confraternizar. Todavía tenía que llegar a Frómista y el Teso de
Mostelares me puso a prueba. Se trata de un repechón de más de un kilómetro de
largo y con desnivel medio del 12%. Sin duda lo mejor para hacer la digestión.
Lo malo vino a la noche con el partido de fútbol. Los holandeses se sacaron la
espina de la final del mundial de Sudáfrica y nos metieron la goleada del
campeonato.
Las jornadas se fueron repitiendo
una tras otra y todas tenían su característica que las diferenciaba de su común
monotonía. A punto de llegar a Carrión de los Condes, alcancé a Fabio, italiano,
iba a pie y llevaba su Specialized en su
costado derecho. La rueda de 29” en el suelo. Le pregunté si necesitaba ayuda y
me dijo que si. ¡Joder ayuda! Ayuda es poco; necesitaba un camión de ayuda: No
sabía sacar la cámara de la cubierta; no llevaba bomba para hinchar la cámara;
detecté que los “cierres” le servían de soporte para la parrilla; no sabía
montar la rueda trasera. Sabía tanto de una bicicleta como yo de una nave
espacial: nada. La diferencia estaba en que a mí no se me ocurriría nunca ir a
la Luna y él viajaba rumbo a Santiago en
bicicleta.
He procurado ser atento con los “andantes”,
les avisaba con el “timbre” y siempre se
asustaban; los más avispados siempre se cruzaban de lado a lado del camino
cuando estaba próximo a rebasarles. Un día me puse a adivinar la procedencia de
los peregrinos: los más característicos son los orientales; no importa que
vayan cubiertos de los pies a la cabeza, tienen una fisonomía única. Los
italianos se dejan notar, los holandeses parecen gambas cocidas. Hay gente que ha
rebuscado en los viejos baúles del desván para ponerse la ropa ciclista más
estrafalaria del mundo: cuanto peor, mejor.
La despedida de León guarda una
dificultad para llegar a Lugo. Se trata de la subida consecutiva de O Cebreiro
y San Roque. En cuanto se abandona Villafranca del Bierzo, comienza la subida
de El Cebreiro; en total son 28 kilómetros y los primeros 22 son casi llanos;
pequeños repechos sin dificultad pero siempre con la cara hacia arriba. Como
diría aquél: “falsos llanos”. Los últimos 6 tienen lo suyo pero engañan, no
aparentan nada del otro mundo pero lo son. Luego viene el Alto de San Roque que
no está nada mal.
Poco a poco me doy cuenta de que
reconozco a muchos peregrinos: aquellos primeros franceses que coincidieron
conmigo en Frómista los veo muchas veces. Con Fabio he coincidido en tres
ocasiones y nunca nos hemos hablado. Hay un matrimonio holandés que lleva las
bicicletas en la parte trasera de su coche y siempre están cercanos a mí. ¡La
vida!
Sin querer me estoy a cercando a
Santiago. Los días amanecen con niebla y es algo que se agradece. La última
etapa la hago feliz. El paisaje es agradable y se barrunta que detrás de
aquella cuesta… no, tal vez la siguiente, se verán las torres de la Catedral de
Santiago.
La maldita “estadística” se ha
roto: no he vuelto a pinchar nunca más; lo malo ha sido que siempre la he
llevado en la cabeza y pensaba –“dentro
de poco pincharé”-
A los que vienen detrás de mí:
Buen Camino.
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