martes, 3 de febrero de 2015

Siento admiración por las cosas sencillas



Desde que nací y hasta que se fue, admiré a mi cuñado Maxi. Conviví con él de una manera natural. No pasé por el trámite de conocerlo, cuando vine al mundo él ya formaba parte de mi familia.

En su juventud había sido ciclista y, alternando con el trabajo de camarero, entrenaba antes de comenzar a laborar, inmediatamente antes o después de comer y, si el sol lo permitía, cuando salía del trabajo. Disputaba todas las carreras que podía en los fines de semana y su figura de deportista encandilaba a mi hermana Charo.


En el año 1976 retomó su afición por el ciclismo y, juntos, comenzamos a engordar una afición que todavía hoy perdura. En nuestras salidas me contaba sus batallitas y, entre todas ellas, recuerdo un par de hechos que me hicieron pensar que, a su nivel de humilde ciclista aficionado, había algo por lo que seguir admirándolo: La primera fue cuando el recordado José Luis Oreja, presidente de Unión Ciclista Navarra, al verlo en las oficinas del Club, se levantó y le saludó con sincera efusividad, justificando el acto por haber participado en alguna ocasión en el Circuito de Pamplona con corredores profesionales de la época. Otro día recordaba con orgullo cuando logró resistir a Jesús Galdeano toda la subida del puerto de Erro. Galdeano fue un corredor profesional navarro con una contrastada categoría en el pelotón nacional e internacional y que siempre estuvo arropando a las figuras de entonces en equipos que todavía hoy recordamos: Faema (España, con Bahamontes y Loroño; Italia, y Bélgica), Ignis de Miguel Poblet, Selección Española en el Tour de Francia y un buen número de sucesivas formaciones. ¡Pues sí! mi cuñado Maxi era un fenómeno: lo mismo alternaba con lo granado del ciclismo navarro que, sin esfuerzo, dejaba sin caracoles las faldas de la Higa de Monreal; solucionaba la superpoblación de cangrejos en el río Araquil; arreglaba un automóvil; rehacía una cocina entera o atendía, con maneras pausadas, la conversación de turno. ¡Un verdadero fenómeno!

Este sentimiento de admiración no se ha terminado con el que sentía por mi cuñado Maxi. A lo largo de mi vida siempre me he fijado en pequeños detalles que, sin aparente importancia, me han dejado con la boca abierta. Ahora que parece que en Finlandia andan pensando en suprimir la caligrafía, siempre me han maravillado la cantidad de compañeros de trabajo que me hacían disfrutar con su letra ágil, elegante, armoniosa. La destreza con la que, el primer profesor de autoescuela que tuve, sacaba el automóvil del garaje con una sola mano (era manco). Los futbolistas que desplazan el balón con un sutil “toque” y marcan gol desde su propio campo. Admiro a Vladimir Salnikov, el primer nadador que consiguió bajar de los 15 minutos en la prueba de los 1500 libres. ¿Alguien se ha puesto a nadar, en serio, 100 metros en una piscina? ¡Por favor, probad! Y así 15 veces. Me asombran los pelotaris que son capaces de mandar la pelota con la mano hasta el rebote. Me gustaría poder rodar un instante con un ciclista de los buenos a ritmo de… Miguel Induráin, por ejemplo, en plena escapada ¡imposible!

Me maravillan las madres que hacen algo de lo más natural en esta vida: dar a luz a una nena o a un nene, alimentarlo, vivir en función del recién llegado y quererlo sin remedio.

Todo esto y muchas cosas más me maravillan. Esto lo enmarco de manera positiva y, por desgracia, me asombra todo lo malo que es capaz de hacer el ser humano en su vertiente más negra ¡una pena! 

Hasta pronto. Bs.