jueves, 18 de diciembre de 2014

La Rossin, XABIGO y yo.



Ya está aquí. Desde hace una semana está dándome la murga. El chaval está creciendo y, como todos los años, se hace “grande” a ojos vista.


Por si alguien no se ha dado cuenta, estoy hablando de un mono: de King-Kong. ¡Sí! Coincidiendo con el mal tiempo perpetuo del invierno de mi pueblo, y pese a las escapadas al Paseo Fluvial y al gimnasio, mi primate favorito engorda todos los días un plátano, por lo menos, y se convierte en un auténtico pelmazo. Así que, ante el menor atisbo de sol o algo por el estilo, hoy he sacado a pasear al moniko.


La vuelta ciclista que hemos dado no tiene nada de particular. Ya se sabe: Urroz, Campanas, Puente, Artazu, las bodegas de Otazu y hemos llegado a casa pasando por Cizur. La clásica vuelta de 95 kilómetros escapando de las amenazantes nubes y con el viento por compañero. Nada de particular. Como dice el amigo Ignacio, se trata de ir cogiendo “volumen”, de congraciarse con el sillín, de acostumbrar a las muñecas a no quejarse después de agarrar el manillar durante cuatro horas y tal y tal.


Lo verdaderamente importante de la tourné ha sido que, después de los 16 años desde su compra, hoy he vuelto a estrenar mi bicicleta Rossin. Con el paso del tiempo la pobre había quedado un tanto arrinconada; ya se sabe, las modas cambian y las compañías son nefastas pues,  día tras día, se empeñan en tenerte al corriente de todas las novedades del mercado ciclista y eso termina siendo una tentación en la que, tarde o temprano, caes sin remedio. 


El caso es que apenas he utilizado estos últimos años mi bicicleta blanca con motivos en color rojo sobre el fondo negro de ruedas y manillar; sólo la he usado en alguna que otra salida ciclista para salvaguardar la Look y la HaiBike. Había pensado en regalarla a alguna ONG o ¡véte a saber qué! cuando el otro día decidí que una buena idea podía ser actualizarla, darle un poco de lustre, llevarla a la peluquería y, como ella sigue siendo una buenísima máquina, volver a recordar quién fue  y…  quién es.


Dicho y hecho. Para estas cuestiones de reparar bicicletas en lugar de sustituir sus elementos, el sitio ideal, sin menospreciar a otros, resulta el taller de Javier, Xabigo. En su bajera del Soto de Lezkairu el tiempo se ha estancado en otra época. Allí no hay lugar para exquisiteces, no encontraremos derroche de luz ni vestuarios con espejos favorecedores a nuestra estampa. Tampoco existen expositores con bicicletas de marcas americanas ni belgas; no hay italianas, no busquéis españolas. En todo caso habrá algunas de su marca XABIGO y una cantidad interminable de bicis de toda marca y condición,  reparadas como Dios manda. Como la mía que, sin disponer de un robot japonés de ocho agujas, Javier es capaz de recomponer la maneta del cambio con la punta de un radio. ¡Qué fenómeno! En cuando comienzas a explicarle algo, a la vuelta de 10 segundos ya sabe del asunto más que tú. 


Lo dicho, ha dejado mi Rossin hecha una chavala y, según dice el maestro, si no fuera por el asunto de las modas pasajeras, considera esta bicicleta tan buena o mejor que cualquiera de las actuales. ¡A callar!




Hasta pronto. Bs.

martes, 9 de diciembre de 2014

En todas partes cuecen habas (Y tú más II)



¡No hombre, no! Mi medio de locomoción no es la bicicleta, al menos no es el único; la bici la empleo en mi profesión de ciclista y, alguna vez, para hacer “recados”. 

Hoy no estaba el día para echar cohetes de contento, así que, sin ningún remordimiento, me he montado en mi automóvil y me he dirigido a Amaya. 

Si la “flaca” tiene su cosilla cuando compite con el tráfico y los peatones de Pamplona, el coche también tiene su morbo. Sospecho que esto no será privativo de mi pueblo y que, en mayor o menor medida, en todos los lugares “cocerán habas”. 

El primer sobresalto lo he tenido en cuanto he salido a la calle: ya se sabe, el célebre despistado que, circulando por el carril izquierdo, señala con su intermitente que quiere dirigirse por el cruce de la izquierda y ¡no! ¡No y mil veces no! Lo que en realidad quería era cruzar de lado a lado de la calzada y salir por la derecha. ¡Es natural!

En cuanto a las rotondas prefiero no hablar; todo el mundo tiene razón y lo curioso es que ¡todo el mundo tiene razón!

Por fin he llegado al aparcamiento del club y he salido de mi “popó” sin problemas. Después de unas dos horas, al regresar, me he encontrado con la sorpresa de que no podía entrar al coche, al mío. Tanto el vecino de la izquierda como el de la derecha se habían arrimado a mi “deportivo” de tal manera que he echado de menos no tener un descapotable. 



¿Quién no ha circulado alguna vez detrás de lo que podíamos llamar un tocahuevos? ¿No sabéis qué es un tocahuevos? ¡Bueno, tal vez podríamos llamarlo huevón! ¡Sí! El que no tiene prisa para salir cuando el semáforo se ha puesto en “verde” hace ya 10 segundos. De esos he visto hoy varios ¡Lo prometo!



¡Hombre! Voy a adelantar a un ciclista. No poblemo: doy al intermitente izquierdo y me separo de él cuanto puedo ¿1,5 metros, 2, 3? Los que sean, no cuesta nada. 

Circulo por la variante este, el límite está en 100 kms/hora y voy a alcanzar a un cacharrillo lleno de leña; por el espejo retrovisor se acerca a tutta la oxtia el célebre transpaquetero con cara del que sabe. Tengo dos opciones: frenar contra la trasera del “leñero” o acelerar y dejar al hijo de fruta oliéndome el trasero. Opto por lo segundo.

Estoy por los alrededores del complejo comercial  “La Morea” y, poco a poco, me fijo en que el coche que me precede, un Mercedes plateado, debe tener los “intermitentes” averiados, no le funcionan en ninguna de las múltiples desviaciones que hemos ido tomando. 

Voy hacia el parking de “Forum” y, la primera en la frente, los coches circulan en la dirección que se les pone en los cojones: la flecha señala “por aquí”, pues los susodichos en sentido contrario. Me paro, les miro y ponen cara de personas avergonzadas.

Las plazas de aparcamiento reservadas a los minusválidos tienen unas dimensiones muy superiores a las normales, las destinadas al resto de los mortales; ¡pues bien! ¿Os acordáis del Mercedes plateado del que he hablado un poco más arriba? ¿Sí? Pues estaba aparcado en una de ellas y sobresalía de su espacio lo correspondiente a su abultado culo ¡perdón! Maletero, entorpeciendo el carril de circulación.

Al cabo de un rato, por los alrededores de El Sadar (bonito campo de fútbol para disputar partidos en 2B ¡como antaño!) otra vez estoy a la altura de un Mercedes. Ahora se trata de un automóvil en toda regla: grande, color granate, la matrícula es de las nuevas, lo conduce una elegante señora de unos 60 años de edad, pelo blanco y ondulado; también tiene cara de saber lo que hace ¡no hay duda! No estoy seguro de si fue ella o su esposo quien se empeñó en comprar semejante utilitario. ¡Bien! A lo nuestro: otro que tenía los intermitentes fundidos, aunque ¿igual resulta que la casa Mercedes ha decidido no instalar en sus modelos semejante antigualla? ¡Igual!

Ahora me dirijo a mi barrio, a Iturrama. En la rotonda de Abejeras señalo que voy a incorporarme a la calle del mismo nombre y una muchacha interpreta que no tiene ningún obstáculo delante de ella para acceder a la “rotondita” y comienza a andar. Me ve y empieza a gesticular ¡por dios! ¿Qué hago yo delante de ella? ¿Seré bobo? Me aberroncho y… la pobre se da cuenta de su desatino y se avergüeza. ¡Cuántas ganas tengo de aparcar este jodido coche!

Hasta pronto. Bs.


domingo, 7 de diciembre de 2014

Primera salida invernal. ¡Frío sin descanso!



No es extraordinario lo que veo, pero hace un año que no nevaba por aquí. Desde mi ventana se divisa perfectamente el monte del Puerto de Egozcue y, a estas horas, todavía tiene rastros de la pequeña nevada que nos ha visitado.

Me pongo a callejear camino de “la chimenea” y el viento tiene prisa en ponerme en orden. Son las nueve de la mañana, apenas hay gente por la Vuelta del Castillo; me subo al “carril-bici” y por el rabillo del ojo advierto que llevo ahí abajo a un futuro “sansilvestre entrenando con ahínco; se nota que quiere medirse conmigo mientras aprieta el culo con garbo. Me introduzco en la Plaza de los Fueros y le pierdo de vista. No hay “pasos de cebra” que se me resistan ni tampoco semáforos en rojo que me molesten. ¡Si antes lo digo!... Un madrugador se planta en mitad de la calle mientras enciende un cigarrillo y me mira con sorpresa; espero que sea el último.

Todavía no son  “y media”; el Garmin señala 2º y pienso que estaría muy a gusto en la piltra, tal vez mejor que esperando en la cuesta de Mendillorri. Ya estamos todos, somos cuatro, dos de rojo y otros dos de azul, igual que Osasuna. 

Para llegar a Ororbia hay que cruzar la City: semáforos, carril-bus, ariscas avenidas, la desapacible cuesta abajo de San Jorge y los alrededores malolientes de “la Protectora”.

Sarbil, Goñi y Andía tienen el aspecto preciso para servir de fondo a cualquier película tenebrosamente invernal. El viento pega de costado y, pronto, de cara; refugio la vista en el negro de la carretera y tengo muchísimas ganas de llegar a Irurzun; espero que el desasosiego amaine en cuanto nos introduzcamos en el túnel. 

En estos días no entiendo que nos empecinemos en salir a andar en bicicleta; últimamente tengo la misma necesidad de hacerlo que, pongamos por caso, participar en la travesía a nado del puerto de Barcelona en las próximas navidades, es decir, ¡ninguna!

¡Esto está mucho mejor! Parece que la puerta del norte se ha cerrado y nos acercamos a Urriza; subimos hacia Udabe y llegamos a Jaunsarás usando el plato grande. Llegamos justo cuando los de UCN se van. Hay trasiego en la tienda del pueblo: ciclistas que vienen y se van; gente con ganas de husmear en internet; también se puede hacer la compra diaria o almorzar ¡de todo!

Por fin ha llegado nuestra hora. Sabemos perfectamente el lugar por el que nos movemos; hasta donde podemos porfiar en las cuestas para no sucumbir en el intento; está perfectamente comprobado que con el 52 y el 11, 12 ó 13  se puede atravesar Auza y aventurarse por la recta de Larrainzar sin que el trayecto se haga imposible. Los bultos lejanos, poco a poco, van tomando forma de ciclista y los engullimos sin piedad. En el Campo de Golf, atentos a los agujeros de la carretera, nos adelanta un tractor de los modernos, de los gigantescos con remolque y ternero incorporado. El muy cenutrio circula sin problema a 50 kms/hora y nos enganchamos a su empeño; hay que agradecerle que nos haya apeado en el cruce de Ciaurriz sin desgaste alguno.

Hoy es domingo y se nota en el tráfico de la N-121. La carretera no está tan congestionada como entre semana y nos aventuramos a rodar a favor del viento mientras jugamos a ser profesionales de los buenos, de los de verdad, de los que próximamente empezarán a entrenar para, a principios de año, comenzar una temporada más que nos hará disfrutar a los humildes jugadores de ciclista.

Hasta pronto. Bs.