domingo, 24 de noviembre de 2013

Club Ciclista Villavés


Pues sí, eran las 9 y cuarto de ayer a la noche cuando el impaciente de Ignacio me recordaba que estaba “abajo” esperando. Lo sé perfectamente porque fue entonces cuando el Madrid comenzó a meter goles en la portería del Almería. Lo siento, no vi ninguno.

Atravesamos Pamplona con los semáforos en verde “por poco” y nos sumergimos en Ezcaba para llegar a Oricáin a tiempo. Había mucho movimiento en los alrededores del restaurante, se notaba que iba a pasar algo importante en el Ezcabarte. Nos recibió un señor de pelo blanco al que llamaban Pepe y se apellidaba Barruso. Dominaba la situación: mantenía una sonrisa continua en el semblante y saludaba a todos nosotros por el nombre.

Aquello tenía todas las pintas de ser un acontecimiento social  de alto copete. Todas las mesas y sus comensales fueron fotografiados por los reporteros gráficos. No venía a cuento preguntarlo y no lo hicimos; nos quedamos sin saber en cuantas revistas de tirada nacional, tanto de las del “cuore” como de las que se dedican estrictamente al cotilleo ciclista iban a publicar la entrega de los famosos premios y recuerdos que anualmente el Club Ciclista Villavés reparte entre su gente.

¡Y comenzó la cena! Aquello no fue un menú al uso actual, más bien parecía un banquete de boda de las de antaño con primeros, segundos y terceros, postres y licores. ¡Jodé, que no quiero engordar! Además, no conviene comer mucho a la noche. ¡Nada, ni caso! Ande o no ande, caballo grande.

Nos tocó compartir mesa con gente que no conocíamos de nada. No importó, la relación fue sencilla y para nada violenta. Giraba la cabeza y me encontraba con Miguel Induráin, un poco más allá estaba Xabier Zandio y enfrente Koldo Gil. Un poco más allá Javier Iriberri. Gente del mundo empresarial navarro, deportistas del club villavés, presidentes de otros clubes… ¡Alta sociedad navarra!

Además hubo un apartado que consistió en el sorteo de innumerables regalos entre los asistentes. Pepe y los suyos prepararon el tinglado y en un “santiamén” todos los comensales, como vulgares jugadores de bingo, nos encontrábamos mirando ansiosos nuestro número respectivo esperando llevarnos cualquiera de los premios.

El locutor del evento dijo que íbamos a asistir al sorteo más dirigido y apañado del mundo y doy fe de que tenía toda la razón del universo. El premio gordo era una bicicleta Conor de montaña ¡nada! Le “tocó” a un jicho al que le hacía falta. Múltiples lotes de café para los más cafeteros (de Villava), aparatos de limpieza para los más “sucios”, camisetas de Osasuna y de Aspe para los “otros deportistas”. ¡En fin! ¿Para qué seguir? ¿Cómo es posible que a nosotros no nos tocara nada? Antes del sorteo procuramos tocar las teclas más influyentes pero se conoce que habíamos llegado tarde, todos los premios estaban comprometidos. Otra vez será.

Si alguno de nosotros albergaba la más mínima esperanza de andar hoy en bicicleta, al salir hacia el aparcamiento se nos quitó de repente. Rumbo hacia Pamplona, poco a poco, se fue quitando la tiritera. Mientras, en un semáforo de la Baja Navarra, una chica lamía un trozo de hielo con forma de botella que no la bebía.

Hasta otra, Bs.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Lluvia, sudor y... recuerdos.


No hay duda, estoy seguro de que “con la que está cayendo” no tendremos restricciones  el próximo año; además esto no tiene pinta de parar y, si para, vendrán nuevas avenidas que situarán los niveles en donde corresponda.

Por si alguien no se ha dado cuenta, me refiero a la lluvia que cae y cae, no hablo de política, esa también cae pero, como dicen por ahí, ahora no toca.

El programa de hoy lo teníamos previsto desde ayer, la maldita Vuelta a Aranguren “a pie” fue la elegida. ¡Por favor! Una pregunta: ¿a alguien en su sano juicio le gusta esa “vuelta” para darla en bicicleta? Una cosa es que no tengamos tiempo para otra más larga, pero la susodicha es una pestosilla que no sé cómo se las arregla para tener un trazado, en cualquiera de las dos direcciones, siempre cuesta arriba. Si resulta que alguno está leyendo esto y no opina como yo, por favor, que no se cabree.

Uno a uno, todos los miembros de “Los Tres de Castilla” han llamado para plantear las excusas más pegrinas y librarse de la lluvia que caía con garbo. ¡Allá cada cual! Si seguimos así no vamos a pintar nada en el pelotón navarro y, mucho menos, en el internacional. He maniobrado rápidamente y se me ha ocurrido amortizar el recibo de las instalaciones de Amaya.

A las 10 en punto el primer olorcillo a sudor venía a saludarme. No sabría decir cuántos maromos y titis habían tenido la misma idea que yo ¡muchos! De no haber pasado el carnet de socio por los detectores, hubiera pensado que me había equivocado de recinto. Todo era nuevo: “estáticas” para ciclistas, los del spinning pedaleaban sin cesar, los remeros a lo suyo, los del músculo al músculo, los raros con las máquinas extrañas, los exquisitos se estiraban, los clásicos llevaban meyba, los boludos camisetas sin mangas, los tatuajes asomaban por doquier, los de toda la vida iban como siempre, había “modernas” que leían en su iPad algún libro que tenían en el iBooks… y el olor a sudategui dominaba el ambiente.

Desde mi entrada hasta mi salida han transcurrido cerca de tres horas y entre ejercicio y ejercicio, paseo de descanso y lectura de las instrucciones de los aparatos, me he encontrado relajado, a gusto, con ganas de repetir y más si el acopio de reservas para el año que viene sigue como parece.

Antes de regresar al coche, no he podido resistir a la llamada de la piscina y he recordado que hace muchos años nadaba con cierto estilo. Sólo han sido 250 metros pero mañana tal vez sean 500, ya veré.

Subiendo la cuesta de Beloso me ha venido a la memoria que ayer cambié los antiguos frenos de la Flash por otros nuevos, relucientes y más precisos que los otros. Además, también he recordado que arriba en el trastero, limpia, negra y reluciente está la Look. Tranquila, todo llegará.

 

Hasta pronto. Bs.

martes, 19 de noviembre de 2013

Entre Tony Rominger y King Kong


Pensaba que lo llevaría peor pero, por ahora, no es para tanto. No me subo por las paredes, apenas miro por la ventana y tengo un mono que no es tal, diría que se trata de un moniko.

En los años 90 Miguel Induráin tuvo un hueso duro para roer, se trataba de Tony Rominger. En más de una ocasión el suizo le puso las cosas muy tiesas al bueno de Miguel. Pues bien, no se trata de recordar ahora las batallitas que mantuvieron ambos ni tampoco las veces que uno ganó al otro; ahora sólo me gustaría recordar un comentario que hizo Tony en una entrevista después de retirarse del profesionalismo: -“A partir de ahora, nunca más saldré a entrenar con lluvia”-

Si alguien sabe del ciclismo, sin duda, son los ciclistas. Si un tipo que nació en Dinamarca y tenía la nacionalidad suiza lo dijo, habrá que tenerlo en cuenta. La verdad es que para aprender todo esto no es necesario haber nacido en ningún país nórdico, con hacerlo en Navarra es suficiente pero, entre una cosa y otra, entre Rominger y Ancarrana, he llegado al pleno convencimiento de que mucho tiene que mejorar el tiempo para que mi querida Look comience a ensuciarse.

Ha habido abundantes presiones por parte de “El Escalador” para convencernos a Ignacio y a mí de que, según Maldonado o cualquier otro maldito predictor del tiempo, en la franja horaria que va desde las 10 a la una, apenas iba a llover. ¡Mira chaval, déjate de monsergas! en este tiempo lo normal es que llueva, nieve y que nos refugiemos en los gimnasios o salgamos a menear las piernas bajo un chubasquero, armados con gorra y calzados con zapatillas maratonianas. Tampoco estaría de más que nos laváramos abundantemente en las piscinas cubiertas que, a más de uno, nos hace falta.

Como decía al principio, el moniko es muy fácil de dominar y resulta placentero discurrir por Pamplona a pie, unas veces solo y otras acompañado por los “castellanos”. La garganta se resiente de tanto y tanto hablar. No hay pausa durante las tres horas de nuestra caminata y así seguiremos hasta que nuestro monito vaya creciendo y se convierta en el Fantasma de la calle Morgue. Un gorila de cerca de tres metros de ancho que haga imposible llevarlo en brazos.

En nuestra cabeza bulle la idea de mantenernos en esta línea de no quebrantarnos mirando a través de los visillos como viejas alcagüetas. Cuando amanezca un día de pleno verano en los meses de noviembre o diciembre, con veintitantos grados a la sombra, apareceré por la autoescuela con la bicicleta reluciente y las Zipp dejándose oir. Así nos plantaremos en el mes de enero y, con el año nuevo, entonces sí, el gorila será todo un señor con un síndrome de abstinencia tal que seremos capaces de mandar al carajo los pensamientos de Tony Rominger y nos convertiremos en feroces madelmanes devoradores de vueltas a Erro y vueltas a la montaña, subidores de Madoz rumbo a Lecumberri, merodeadores de Basaburua, llaneadores de la Ribera, inventores de rutas extrañas, descubridores de Benabarre y tal, y tal, y tal, etc.

No desesperemos y sigamos alimentando al primate. Bs.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Desde la óptica del ciclista urbano.


Llevamos mucho tiempo con la misma monserga; raro es el día que, desde alguna de las secciones de “cartas al director”, no aparezca algún escrito poniendo en mal lugar a los ciclistas. Normalmente las críticas se vierten hacia los urbanos, aún cuando también molestamos en la carretera.

Esto  no quiere decir que el ciclismo sea una diana preferida por los escritores, simplemente es… otra diana. Existen grandes motivos para escribir a los diarios: la porquería acumulada en las calles y ríos, los políticos y la política, el gran abanico de posibilidades que dan los perros, consejos “a quien corresponda” para mejorar tal o cual cosa, temas de actualidad, agradecimientos por las atenciones recibidas en el Complejo Hospitalario de Navarra, críticas a los que están al frente de los servicios públicos por su mal hacer, etc.

Hoy Los Tres de Castilla nos hemos integrado en el grupo de “Orvina” y, lógicamente, he tenido que atravesar Pamplona para situarme en la Chantrea. Nada más poner la Look en la calle ha empezado la lucha por el sitio. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, todo consiste en situarse al otro “lado del mostrador” de los peatones, automovilistas, repartidores y “villaveseros” para tener una óptica radicalmente opuesta a lo que se lee en los periódicos sobre nosotros.

Si partimos de que la mayoría de los carril-bici no tienen un destino o, por lo menos, un final lógico, tarde o temprano tendremos que circular por las aceras. Los peatones, por mucho cuidado que se tenga, al percatarse de nuestra presencia nos mirarán con cara de asustados y retirarán a su pareja para que no la atropellemos. Creo que sólo se trata de la cara que se tiene a eso de las 9 de la mañana, pero nos miran con desconfianza y cierto rictus de asco. Por fin bajaremos a la calzada y habrá que hacer equilibrios entre los vehículos que te han adelantado como si no existiéramos: si se llega a un semáforo, son capaces de ponerse a tu lado ocupando tu lugar o aproximándose demasiado, cuestión que no harían si, verdaderamente, fuésemos un vehículo como dicen.

Espantado de lo que he contado, atravesando el Paseo de Sarasate, me he plantado en Carlos III y, aprovechando que los semáforos estaban en rojo, he logrado situarme detrás de una “villavesa” y me ha abierto el camino hasta la bajada del Labrit. Ningún automóvil se ha atrevido a adelantarme y tenía su cosilla bajar a 50 kms/hora sabiendo que llevaba un currela o una mamá pegada a mi culo, igual que en las grandes carreras ciclistas pero en peor. Camino de la Magdalena he tenido un momento de respiro pues los semáforos estaban todos de mi parte y los “directores de equipo” me habían abandonado hacía rato.

La Chantrea no tiene nada que envidiar a otros barrios de la ciudad en cuestión de llevar a los niños al colegio. Conforme me acercaba a la Avda. de Villava de todas las calles salían papás llevando a los nenes a clase y yo, con “cara del que sabe”, imponiendo mi criterio.

Por fin he terminado de andar mis primeros 4 kilómetros del día. Han resultado intensos y difíciles. Hay que rebuscar en el zurrón de la experiencia para salir triunfante de semejante fauna. ¡Ah! Si hubiera sido un fiel fiel observante de la legalidad: circular como Dios manda, unas veces por el carril-bici, otras por las aceras, parar en los semáforos, no adelantar a los muermos… ¡en fin! Un angelico, todavía estaría por el centro de la ciudad. Yo, que queréis que os diga, considero que es muy difícil andar en bicicleta en solitario. Me viene a la memoria una frase de Paco Martínez Soria que decía: -“La ciudad no es pa mí, ¡quita, quita!”-

Esta es la visión que tengo de la circulación cuando me visto de profesional, soy un verdadero estorbo y vosotros… también.

Hasta pronto. Bs.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Ciclismo del bueno ¡puro goce!


El domingo es el día soñado por los profesionales del ciclismo. La mayoría de nosotros dejamos nuestros grupúsculos y desde todos los puntos de la ciudad, como hormiguitas obedientes a la llamada, acudimos a la “autoescuela” para integrarnos en el grupo de UCN, el nuestro, no queremos otro. Con nuestras rarezas, nuestros alardes milimétricos, nuestras cabezonerías, nuestra buena gente, el nuestro, Unión Ciclista Navarra.

Alguien tuvo la buena idea de organizar un calendario de marchas para el invierno y hoy tocaba ir a la Valdorba. Me parece un recorrido estupendo y además no es frecuente acudir por esos lugares. Mientras pretendo escribir de ciclismo, comienzo a recordar con insistencia la primera vez que llegué hasta Sabaiza, así que, para calmar el pensamiento recurrente, lo voy a contar:

Entonces estaban de moda Los Bravos, habían actuado en Pamplona, seguramente en el Club Natación, y todos habíamos cantado el “Black is Black”. A mí no me gustaba nada la canción pero era lo que se llevaba. Al día siguiente toda mi cuadrilla de amigos montamos en un autobús y, mientras leíamos el “Diario”, nos subió los 15 kilómetros que separan Barasoain de Sabaiza. La familia de mis amigos Javier y Luis era originaria de la Valdorba y una vez al año tenían por costumbre reunirse en el Valle de Orba junto con una gran cantidad de gente como ellos. De aquel día recuerdo el susto que nos entró a todos los amigos cuando descubrimos que estábamos nadando en una charca en la que nosotros éramos minoría frente a un ejército de culebras.

Calculo que en bicicleta me habré acercado hasta la verja que cierra el paso a la finca una decena de veces. El recorrido lo tenía totalmente olvidado y reconozco que hoy tenía un cierto grado de canguelo ante el hecho de subir por una carretera que señala arriba el kilómetro 15.

El viento pegaba a favor, venía de arriba y nosotros íbamos hacia abajo ¡buena cosa, si señor! No ha sido difícil acercarnos y subir la cuestecilla de El Carrascal, rodar con garbo y ascender el repecho de Mendívil. Hemos bajado la curvatura de la Tierra y nos hemos plantado en Barasoain.

Cuando llevábamos recorridos un par de kilómetros, supongo que habremos dejado a nuestra derecha la Ermita del Santo Cristo de Cataláin, yo no la he visto pero sé que ahí se enclava la Ermita que digo, monumento emblemático del románico del Valle. Hoy no tenía tiempo para visitas turísticas y culturales, mis miras las tenía puestas en otras metas más prosaicas y, a veces, más placenteras: no soltar al grupo, ese grupo tan nuestro y que tanto se esforzaba en dejarme.

De vez en cuando la cuesta se empinaba algo más de lo conveniente y, detrás del bosque de cullottes de invierno, veía con agradable frecuencia como las cifras en los mojones de los kilómetros iban aumentando: 4, me quedan 11; 6, me quedan 9; ¡jodé! 10, me quedan 5. No recuerdo el nombre del pueblo donde he visto que la cuestecilla era más pendiente de lo que empezaba a ser costumbre y me he acojonado. Lo cierto es que se ha acabado la susodicha y habían desaparecido del mapa Andrés y Carlos. Yo ahí seguía y los goterones de sudor caían del casco de forma parecida a cuando comienza una tormenta; 12, me quedan 3 y 14, me queda 1. En realidad el destino de la marcha era Uzquita pero ha habido división de pareceres: unos a la izquierda (repechón de Sabaiza) otros a la derecha (¿repechón de Uzquita? No lo sé, no he ido nunca). El nuevo manillar ha girado hacia la izquierda y, socavón tras socavón, he llegado a donde quería: ¡arriba! Mi camiseta térmica parecía recién lavada, presta para tender ¡qué barbaridad, qué aguazón llevaba encima!

La bajada hacia Barasoain ha sido para enmarcar, puro goce, velocidad mínima 45 kms/hora en los llanos y de ahí para arriba en las cuestas abajo. Carlos me ha llamado kamikaze. ¡Puro goce!

Reagrupamiento, cafés y… vuelta al tajo. Ligeros aceleramientos contra el viento y cada vez más cerca de casa. El GARMIN me ha dicho que había hecho una vueltita de 96 kilómetros y que la gente estaba contenta.

Hasta pronto. Bs.