Pensaba que lo llevaría peor
pero, por ahora, no es para tanto. No me subo por las paredes, apenas miro por
la ventana y tengo un mono que no es
tal, diría que se trata de un moniko.
En los años 90 Miguel Induráin
tuvo un hueso duro para roer, se trataba de Tony Rominger. En más de una
ocasión el suizo le puso las cosas muy tiesas al bueno de Miguel. Pues bien, no
se trata de recordar ahora las batallitas que mantuvieron ambos ni tampoco las
veces que uno ganó al otro; ahora sólo me gustaría recordar un comentario que
hizo Tony en una entrevista después de retirarse del profesionalismo: -“A
partir de ahora, nunca más saldré a entrenar con lluvia”-
Si alguien sabe del ciclismo, sin
duda, son los ciclistas. Si un tipo que nació en Dinamarca y tenía la nacionalidad
suiza lo dijo, habrá que tenerlo en cuenta. La verdad es que para aprender
todo esto no es necesario haber nacido en ningún país nórdico, con hacerlo en
Navarra es suficiente pero, entre una cosa y otra, entre Rominger y Ancarrana,
he llegado al pleno convencimiento de que mucho tiene que mejorar el tiempo
para que mi querida Look comience a ensuciarse.
Ha habido abundantes presiones
por parte de “El Escalador” para convencernos a Ignacio y a mí de que, según
Maldonado o cualquier otro maldito predictor
del tiempo, en la franja horaria que va desde las 10 a la una, apenas iba a
llover. ¡Mira chaval, déjate de monsergas! en este tiempo lo normal es que
llueva, nieve y que nos refugiemos en los gimnasios o salgamos a menear las
piernas bajo un chubasquero, armados con gorra y calzados con zapatillas
maratonianas. Tampoco estaría de más que nos laváramos abundantemente en las
piscinas cubiertas que, a más de uno, nos hace falta.
Como decía al principio, el
moniko es muy fácil de dominar y resulta placentero discurrir por Pamplona a
pie, unas veces solo y otras acompañado por los “castellanos”. La garganta se
resiente de tanto y tanto hablar. No hay pausa durante las tres horas de
nuestra caminata y así seguiremos hasta que nuestro monito vaya creciendo y se
convierta en el Fantasma de la calle
Morgue. Un gorila de cerca de tres metros de ancho que haga imposible
llevarlo en brazos.
En nuestra cabeza bulle la idea
de mantenernos en esta línea de no quebrantarnos mirando a través de
los visillos como viejas alcagüetas. Cuando amanezca un día de pleno verano en
los meses de noviembre o diciembre, con veintitantos grados a la sombra,
apareceré por la autoescuela con la bicicleta reluciente y las Zipp dejándose
oir. Así nos plantaremos en el mes de enero y, con el año nuevo, entonces sí,
el gorila será todo un señor con un síndrome de abstinencia tal que seremos
capaces de mandar al carajo los pensamientos de Tony Rominger y nos
convertiremos en feroces madelmanes devoradores de vueltas a Erro y vueltas a
la montaña, subidores de Madoz rumbo a Lecumberri, merodeadores de Basaburua,
llaneadores de la Ribera, inventores de rutas extrañas, descubridores de
Benabarre y tal, y tal, y tal, etc.
No desesperemos y sigamos
alimentando al primate. Bs.
A ese monito, ostias hasta que aprenda el catecismo.
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