lunes, 16 de diciembre de 2019

Cambio Climático

Hoy me he despertado cuando Iñaki Gabilondo decía que la Cumbre del Clima, celebrada estos días en Madrid, ha dado a luz un ratón enclenque.

Parece ser que quien verdaderamente pone interés en el asunto es la Unión Europea; USA y Rusia defienden sus intereses y no muestran ningún agrado hacia cumbres del tres al cuarto; y paises emergentes como India, China y Brasil dicen que ellos también tienen derecho a hacer como los demás, es decir a crecer a costa de la Tierra. Y así estamos, reuniéndonos en cumbres rimbombantes con Gretas y Catamaranes, pariendo ratones enclenques.

Pero mi interés no apunta tan alto como lo que acabo de escribir, yo soy un aldeano navarro y como tal quiero ceñirme a mi entorno; dicen que si todos aportamos nuestro grano de arena, al final conseguiremos algo grande. Mi grano de arena consiste en criticar y avergonzarme de la suciedad que recogen las cunetas de las carreteras por las que circulo en bicicleta.

La N-121 es famosa por el tráfico pesado y ligero que soporta desde Behobia hasta Pamplona por ser una salida más corta que otras para el transporte que viene de Francia y lo mismo para el que hace el camino a la inversa. Pues bien, ayer cuando dejaba atrás la gasolinera de Olave, me fijé en la basura que de manera exagerada, abundante, llamativa, avergonzante y así podría seguir hasta el infinito, se amontona desde el primer metro de cuneta construída a partir de tal gasolinera. La materia que desde los camiones y, supongo, desde los automóviles se arroja, va descenciendo en volumen hasta, aproximadamente, el cruce de Zandio. ¡Todo lo que no sirve se tira! El plástico es el rey de la basura, las botellas de PVC vacías y llenas de líquido amarillo, las bandejas de comida rápida, los pañales de los bebés con contenido, los envoltorios de aluminio de los bocadillos, todo aquello que muy bien podríamos guardar para, al llegar a casa, reciclar, todo va a parar al costado de la N-121: ¡Grandioso!

¿Pero es que no nos enteramos de lo que nos dicen? ¿No vemos que antiguamente hubo una gota fría en Valencia y ahora hay cada mes una o dos? ¡Dicen los de la ribera del Arga que antiguamente sufrían una riada cada diez años y ahora les viene el cielo encima todos los años! ¡Pues eso! ¿Alguien se cree que quien llena de basura las carreteras de mi tierra tiene algo de preocupación por reciclar o por el Cambio Climático? ¡Yo no he visto gente más desconsiderada que los que practican el botellón! No les aplico ni un centímetro de comprensión.

La semana pasada estuve con un antiguo compañero de trabajo y me comentó que leía estas historias que, de vez en cuando, me da por publicar. Me animó a seguir haciéndolo pues, todo lo que se sube a la Red, todo, siempre hay algún tío que lo lee.

Tengo un amigo al que no le gustan nada las críticas cuando no van acompañadas de alguna solución; mi solución es quimérica, pues educar a esta gente es poco menos que imposible, pero de la misma manera que existe un servicio municipal de limpieza en las ciudades, podría haber otro para las carreteras que, siendo de todos, parece que fueran de nadie por la desidia que presentan.

Os animo a tener en cuenta todo lo que os digo y no olvidemos que pertenecemos a la Unión Europea, el único Organismo que ha demostrado preocupación por el asunto del Clima. Ahí lo dejo.

Hasta otra.



jueves, 10 de enero de 2019

La Diáspora


El Diario de Navarra edita una serie que trata sobre los navarros que se instalan en el extranjero por cuestión de estudios, trabajo o cualquier otra causa, se titula "La Diáspora". Con frecuencia recuerdo el caso de una chica que vivía en Dinamarca. Le preguntaron cuando volvería a casa y contestó: “cuando me encuentre a las cuatro de la madrugada en Copenague, esperando a que un semáforo se ponga en verde, pensaré que la hora de regresar se aproxima”.

Los que utilizamos la salida de Pamplona hacia Erro o Urroz, conocemos de sobra la travesía de Mendillorri hasta desembocar en la rotonda de Sarriguren. ¿Cuantos semáforos han plantado a lo largo de la avenida? ¡Venga, aventuremos! ¿Seis, diez, doce? En cualquier caso muchos. Da lo mismo que la fortuna te sonría y cojas una tanda en color verde, no te apures, todavía queda suficiente número de ellos para que toque parar hasta la próxima.

Este bosque de semáforos está dotado de botones para que los peatones los pulsen y faciliten el paso cuando se requiera; pues bien, alguien mandó inutilizarlos y solo obedecen a la orden del temporizador que, con machaconería germana, dirige el tráfico a la voz del minutero. No importa que los viandantes no existan, tampoco que los automóviles abunden, ¡no! los árboles inanimados provistos de colores siguen su marcha impertérritos: rojo, verde,  tic-tac, rojo, verde, tic-tac.

Por si alguien no se ha dado cuenta, yo ando en bicicleta y, por qué no decirlo, según el día que toca, a veces respeto el color rojo y otros no, no seamos hipócritas, actúo como una buena mayoría de ciclistas. El día que paro, me toca compartir espacio con el automovilista de mi izquierda que se ha preocupado de disputar mi sitio, ambos miramos con anhelo que el rojo deje paso al verde y podamos llegar sin contratiempos hasta la próxima estación.

Como humano tengo mis momentos de flaqueza y me asalta el síndrome de Estocolmo, ese que, pasado un tiempo de secuestro, te incita a comprender a tu secuestrador y terminas siendo cómplice de él en tu cautiverio. ¡Sí! Comienzo a pensar que alguna razón habrá para que algo tan incomprensible sea verdaderamente conveniente y hasta tan imprescindible como para dejar en mano de un reloj el control del tráfico.

No vivo en Copenague, estoy en mi pueblo, en Pamplona, no puedo regresar a mi casa porque estoy en ella, entonces ¿qué hago esperando muchas veces con mis ojos fijados en el color rojo? Me gustaría regresar a otros tiempos más sensatos y así no transgredir las normas del tráfico: parar cuando corresponda y proseguir cuando me lo permitan, pero no quedarme quieto sin poder regresar: ¡estoy!

Hasta otra.

Bs.