En el país de Mordor habían apagado las pocas luces que quedaban
encendidas. El color gris sucedía al negro de la noche y se prestaba a ser el
dueño del rácano día.
Elegí la nueva, la Wilier. La introduje con sumo cuidado entre los asientos
del auto y, sin hacer ruido, dentro del plumífero invernal, fui hacia el Sur.
Me resultó agradable el viaje; seguramente era uno de los pocos usuarios de la
autopista que no tenía otra finalidad que acercarse hasta el velódromo de
Tafalla para ver de qué iba el asunto.
De reojo vi una matrícula y supe que mi amigo Ignacio aparcaba un momento
antes que yo. Los trámites de entrada
fueron rápidos y sencillos, adornados con la sonrisa de la recepcionista que
nos atendió. Después de un pequeño laberinto, nos introdujimos en la pelouse del velódromo.
¡Pues sí! ya estamos dentro. Hace frío, ha sido un acierto vestirnos de
“invierno”. Tenemos muy presentes las obligaciones del uso de la pista y somos
fieles observadores de todas las recomendaciones que nos han dado.
La pista es pequeña: todavía no he acabado con el anterior peralte y ya se
acerca el siguiente. Tengo dudas de pasar a otro desocupado y, por fin, me
decido a hacerlo en la recta de contra meta. Aquí no hay viento de cara, pero
sopla. El suelo es de cemento y la bicicleta, a su manera, salta más de lo que
me gustaría. Recuerdo las normas de uso: no tengo que “dejar de pedalear”, ni tengo que subir “más arriba de la línea roja”.
En esas estábamos cuando apareció un ciclista vestido con el uniforme del
Movistar. Se imponía una revisión del sujeto y que fuera lo más discreta
posible. Lo mismo podía tratarse de un vulgar cicloturista, como nosotros, que
un profesional del mejor equipo del mundo. El tío tenía trazas de ser bueno;
era menudo y bien proporcionado; montaba una “cabra de contrarreloj” con rueda
lenticular trasera; sus manos eran casi tan negras como mis guantes y, pronto,
Ignacio me aclaró que se trataba de Quintana, Nairo Quintana. “-¡Ah, Nairo! El colombiano residente en
Pamplona desde hace tantos años-” “-¡No! Ahora es residente (por asuntos
fiscales) en Mónaco-“.
Pues nada, a callar. Nunca sabré que hubiera hecho yo de verme en su
situación: si hubiera seguido cotizando en mi, de siempre, Comunidad Navarra o
me hubiese ido con mis trastos al Principado de Estefanía y compañía. ¡Una
pena!
Perdón por esta pequeña interferencia, habrán sido las ondas extrañas.
Estábamos en que circulábamos por el suelo ondulado del velódromo de Tafalla y
que, poco a poco, habíamos aumentado el número de ciclistas: ya no éramos
cuatro (un tafallés, Nairo, Ignacio y yo) ahora sumábamos siete, dos de
Pamplona y un ribero, Juan Peralta, componente del equipo olímpico de España en
las recientes Olimpiadas de Río de Janeiro.
Cada uno de nosotros íbamos a lo nuestro: el de Tafalla no se metía con
nadie; los de Pamplona corrían bastante; Nairo trepaba por los peraltes, bajaba
sin contemplaciones y nos pasaba en las rectas sin apenas mover otra cosa que
las piernas ¡daba gusto verle!; Peralta y su hermano se dedicaban a afinar su
enorme máquina (el muchacho puede jugar de ala-pivot en cualquier equipo de
baloncesto); nosotros aprendiendo y viendo las dos horas pasar a buena
velocidad.
¿Fue bonita la experiencia? ¿La repetiríamos? Esa fueron las dudas que, al
terminar, teníamos en la cabeza. Conforme pasan los días, recuerdo la mañana
del pasado martes con agrado. ¡Sí! creo que repetiré.
Hasta pronto, bs.
Buena crónica pistard!!
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