¿Qué podría decir de nuevo de una vuelta que hemos dado mil veces? Estoy
seguro de que, si sacáramos a relucir nuestros recuerdos cuando enfilamos hacia
Urroz, a todos nos fastidiarían los mismos repechos, los mismos tochos de barro
que dejan los aldeanos al salir del campo con el tractor; nos acordaríamos de
que en la cuesta de Lérruz se le rompió la biela a Andrés; de un día que… ¡en
fin, batallitas! batallitas que hacen más soportables las rectas que llevan
hasta Erro.
El día lo habían pintado los “hombres y mujeres del tiempo” de color negro,
con lluvia y viento. Nos la jugamos metiéndonos por un hueco que se divisaba
desde la Chimenea y la apuesta nos
salió bien; quitando algún que otro pinchazo, no hubo más inconvenientes para
llegar a Viscarret. El bar, pequeño, estaba lleno y, al llegar nosotros, todos
se fueron, pero seguía siendo pequeño: 11 cafés y un carajillo.
Por el camino de vuelta, mientras jugábamos a bajar como los profesionales,
decidimos que sería bueno regresar por el mismo camino que a la ida. Formamos
dos hileras y cada uno de nosotros teníamos nuestro compañero: a mí me tocó
Javi y a él yo.
De vez en cuando miraba hacia adelante y siempre veía el grupo de la misma
manera, no cambiaba. Cada una de las parejas contaba sus cosas y José se había
vuelto a casa harto de tanto pinchazo.
Así discurría el último cuarto de la mañana cuando levanté la cabeza
alarmado por el ruido de los cuerpos y de las bicis al caer. No importa
que los cuadros sean de acero, aluminio o carbono, las bicicletas suenan de
manera estrepitosa mientras arañan el asfalto y los cuerpos rebotan como si de
sacos de patatas se trataran. En las siguientes décimas de segundo comienza a
trabajar el instinto de conservación y todo el afán del resto se centra en no
hacer lo mismo que los anteriores: no caerse.
El recuerdo es muy confuso: yo me acercaba muy rápido a un cuerpo que
estaba en el suelo, justo delante de mí y en las siguientes milésimas de
segundo supe que no me iba a caer. Poco a poco la caída se transformó en
gritos: Juanjo se quejaba de cada una de las partes de su cuerpo y Pedro
callaba. Apartamos las bicicletas de la carretera y los dos seguían en el mismo
sitio. Todos ayudábamos en una situación angustiosa. Ignacio no encontraba cobertura
telefónica y nos apañábamos como buenamente podíamos. Al cabo de unos minutos,
aunque el dolor persistía, todo fue tomando un tono de asunción de la realidad
de tal manera que, magullados, sangrantes y con la ropa destrozada terminaron
el camino de regreso a casa.
Las caídas son “el pan nuestro de
cada día” en nuestro deporte pero, pese a eso, es algo a lo que nunca
llegaremos a acostumbrarnos. Quien no haya tenido estas experiencias, quizás no
logre entenderlo y yo me alegraré muchísimo de que nunca tenga la ocasión de
comprobar la angustia que se vive en esos breves instantes en los que se lucha
para salvarse.
Parece que están bien.
Hasta pronto. Bs.

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