El día no tenía nada de especial, era uno más de una serie que amanecía
tarde, muy tarde; frío, muy frío. Las chimeneas de enfrente colaboraban con el
panorama y echaban sus bocanadas de humo mañanero. Los del grupo del WhatsApp tenían sus dudas y no sé quién
ganó: yo no acudí.
Eché mano del plan “B” y fui uno de los madrugadores que atravesaban
Pamplona buscando refugio en el gimnasio. A punto de cumplir las dos horas de
trajín, decidí que ya era hora de abandonar tanto ejercicio en conserva y, como
si de un autómata se tratara, vi que me dirigía por el “tontódromo” rumbo a
Zubiri.
Me encontraba a gusto dentro de mi coche, no me estorbaba el plumífero, la
temperatura en el exterior era de 3º y el primer pelotón de ciclistas lo tenía
al alcance de la mano. Era una gloria ser automovilista y respetar lo que dice
el Código de Circulación sobre cómo hay que adelantar a mis compañeros de la
bici. ¡Ahí voy! Me aseguro de que no viene nadie de frente, doy al intermitente
izquierdo, me adentro en el carril contrario pisando la raya continua y
adelanto al grupo dejando 1,5 metros ó más de distancia entre ellos y yo. Esto
está chupado, ¡venga, el siguiente!
Unas veces el pelotón era grueso, otras
tenía un solo elemento, dos, tres, cuatro,… había de todo. Reconozco que no
tuve ningún problema con mis congéneres, es más, creo que no se enteraron de
que les pasó un automóvil deportivo de color azul; ellos iban hablando,
contándose sus mentiras y sus proyectos para la próxima temporada; alguno
estrenaba su bicicleta mientras que otros, para no manchar la “buena”, salían
con una antigua que, más tarde, convertirían en “fixie”. Eso es lo que tiene el
deporte de la bicicleta: te mantiene en forma, ayuda a la cuestión social,
moviliza el dinero comprando nuevos modelos de bicicletas o adecentando la “de
siempre” y, en ocasiones, hace que te sientas el rey del mambo mientras piensas
que, en esos momentos, Fabian Cancellara y tú, sois la misma cosa.
Pues bien, mientras todo esto sucedía ayer por la mañana en la carretera de
Zubiri, no tuve más remedio que ponerme en el otro lado del mostrador y caer en
la cuenta de que no todos los automovilistas andamos en bicicleta; que no todos
pueden mostrarse comprensivos con esos grupos que abandonaban una formación regular
y longilinea compuesta por sucesivas parejas, para construir una especie de
rombo que se ensanchaba en su parte central porque ahí se circulaba de tres en
tres o de cuatro en cuatro. Recordé los pitidos de los coches con los que, en
más de una ocasión, nos afean nuestras “costumbres” los automovilistas y el “dialogo”
que mantenemos con esos listos que no saben nada de nada del Código de
Circulación.
¡En fin! Esto fue lo que me ocurrió ayer por la N-135 mientras me dirigía
al Gau-Txori a tomar un café,
envuelto en la niebla y, en esos momentos, a 0º.
Hasta pronto. Bs.
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